Yo creía que…

Hacía tiempo que no mantenía una conversación seria con Eva. Todo el verano había sido intenso para los dos, por diferentes motivos.
—Eva, hace tiempo que no nos ponemos serios.
—¿Por qué lo dices?
—Hay temas con los que es facil, incluso conveniente, bromear. Hay veces, sin embargo, que por la importancia de un tema parece que tengas que ponerte serio.
—Vaya… ¿de qué quieres que hablemos, entonces?
—La verdad es que no estoy de muy buen humor.
—Se te nota. ¿Que te pasa?
—Tengo uno de esos días en que todo me repatea el estomago. Ya sabes, en que no te sientes bien, todo te molesta, te incomoda, te sientes fuera de sitio en cualquier lugar y lo único que te apetece es irte a dormir y levantarte mañana con otro humor.
—¿Desde cuando estás así?
—Anoche, tuvimos la cena de navidad de la empresa.
—Anda, ¿y que tal estuvo?
—Bien, bien. La cena en sí no es el problema. Me lo pasé bastante bien. ¿Recuerdas el día que hablamos de purgar a los amigos?
—Si, ¿que pasa?
—He estado toda la semana acordándome de gente que tendría que haber purgado a estas alturas y que todavía no he hecho. Lo peor es que me han venido a la mente otras muchas cosas que tendría que haber purgado de mi vida, y tampoco lo he hecho.
—¿Por eso estás de mal humor?
—Así es. Uno pasa los días intentando mejorar, intentando cambiar las cosas de uno mismo y de su entorno que cree que no encajan. Pero a veces tomas algo de perspectiva sobre el asunto y de das cuenta de que, lo que creías haber cambiado, sigue ahí.
—¿Perspectiva?
—Sí, por ejemplo, con lo que esperas de la persona. Mira, tu eres demasiado joven para comprenderlo pero uno piensa en una relación con otra persona, tiene una idea acerca de lo que debería ser o de que requisitos debería cumplir, idealmente. Luego la realidad se encarga de poner a uno en su sitio, pero no por ello tienes que renunciar a tus aspiraciones, a tus deseos. Sabiendo, por supuesto, que esa relación ideal es imposible de conseguir, sólo podemos intentar aproximarnos.
—No veo muy bien por donde vas.
—Bueno… hace poco conocí a una mujer. Desde el primer momento hubo muy buen rollo, y tras el paso de los días me dí cuenta de que tenemos caracteres terriblemente similares. Así de coña podría decir que sería como yo mismo, si fuera una mujer. Nunca pensé que pudiera ser posible encontrar una persona con tanta afinidad. Me hizo sentir muy bien. A gusto. Recordé mis aspiraciones, y pensé que ese es el tipo de persona con la que quiero estar. El tipo de persona con la que te sientes a gusto, sin reservas, y con la que percibes que seria muy difícil llevarte mal, por más que lo intentaras.
—Bueno, ¿y que pasó con ella?
—Nada, después de unos días se marchó y no la he vuelto a ver. La cosa se quedó estancada, quizás porque ella tiene pareja. O quizás es que se me escapa algo más. El caso es que yo veía algo ahí. O quería verlo.
—Bueno, ¿y qué tiene que ver la cena de empresa con eso? ¿Estaba ella en la cena?
—No no, ella no es de la empresa, no estaba en la cena. Sencillamente el asistir a la cena fue lo que me ayudó a tomar perspectiva sobre las cosas. Cosas que han pasado. Cosas que no han pasado. Cosas que no pasarán.
—Cuando te pones tan metafísico se me hace difícil seguirte.
—Lo sé, lo sé. Es que no tengo las ideas muy claras hoy. Mejor seguimos otro día, cuando haya reflexionado un poco sobre todo ello.
—No te calientes mucho la cabeza. No sirve de nada.
—No te creas. En ocasiones, sirve de mucho. Lo importante es no quedarse en la superficie y llegar al fondo de la cuestión. Eso sí, darle vueltas porque sí, es bastante inutil.

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