Hoy ha sido día de comida familiar. Es poco habitual porque, aun siendo una familia muy pequeña, nos solemos reunir muy pocas veces. La ocasión era especial porque ha venido mi primo que vive en Japón. A la ocasión anterior no pude acudir (gracias, liberalización de los horarios comerciales) y, desde esa, hacía más de dos años que no nos veíamos.

Nunca me he llevado mucho con mi familia. No es que nos llevemos mal, ni mucho menos, es simplemente que nos vemos muy poco. A mi hermano, que vive en mi misma acera, lo veo una vez cada dos meses. A mi hermana, que vive un poco más lejos, la suelo ver más a menudo, una vez cada dos semanas. A los primos y demás, de año en año; los mayores viven en Borriol (no es excusa) y la mayoría de los pequeños estudian o trabajan fuera (tampoco es excusa). Al único que veo al cabo del día es a mi padre, y tampoco demasiado. Tiene 76 años y está jubilado (obviamente) así que tenemos incompatibilidades. Gustos incompatibles, horarios incompatibles, dietas incompatibles. Al final nos terminamos viendo poco, porque normalmente cuando él se acuesta yo ni siquiera he llegado a casa; también sucede algo parecido si trabajo de mañanas.

No suelo tener necesidad de estar con mi familia, básicamente porque no suelo tener necesidad de estar acompañado. Con el paso de los años, sin embargo, he aprendido a valorar a la familia. Las parejas vienen y se van (bastante rápido, en algunos casos), los amigos vienen (más despacio) y se van (más despacio también), pero se siguen yendo. Sólo la familia permanece ahí, inmutable, o mutando, pero permanece a pesar del paso del tiempo. Y en estos tiempos de incertidumbre se agradece tener alguna verdad a la que agarrarse: Que la familia está (mas o menos) ahí (casi) siempre.

Me he levantado perezoso (llevaba toda la semana sin dormir en condiciones) y sin ganas de acudir, porque las reuniones sociales familiares me suelen aburrir. No es que me aburra la gente, sino que me aburren las convenciones sociales. Me repatea que yo, que soy poco cotilla, que tengo poco aprecio por la crónica social, tenga que estar preguntando a unos y a otros detalles de su vida que, en la mayoría de los casos, me aburre que me pregunten a mí. Sin embargo, no se porqué, he decidido hacerlo. He decidido dejar de ser una parte anónima de la mesa, ajeno a conversaciones y discusiones, y preguntar a diestro y siniestro. La ocasión ha sido ideal: a mi izquierda, mis sobrinos (son edad de ser mis primos) a los que veo de año en año. Delante de mi, mi primo segundo, el afincado en Sendai. Basta decir que he aprendido más de Japón en esta visita que en ninguna de las anteriores desde los 18 años que lleva viviendo allí. Al final de todo:

  • he preguntado mucho,
  • he aprendido mucho,
  • he hablado mucho,
  • nadie me ha preguntado por la carrera.

Así , el balance al final ha sido muy positivo.

Por último, despedida y promesa de no tardar tanto en volver a encontrarnos. Me gustaría pensar que es verdad. Al menos me llevo un pequeño regalo: mi primo ha aprovechado mi cámara para hacer una foto a mi padre, algo que quería hacer desde hace tiempo pero a lo que no me atrevo. El resultado, inmejorable.