De vuelta a la uni (Some fast love, is all that I've got on my mind)

Banda sonora del post: Fastlove, de George Michael.

Bajé del coche con un cosquilleo extraño. Tras haber subido esa rampa innumerables veces corriendo porque llegaba tarde a clase, se me hacía raro no tener ninguna prisa. Todo a mi alrededor estaba más o menos igual, los árboles un poco más grandes, los setos un poco más secos, los coches igual de mal aparcados. El sol todavía pegaba a pesar de ser rondando las cuatro de la tarde, pero el fresco de primeros de febrero contrarrestaba su calor.

Subí la rampa con tranquilidad, observándolo todo como si fuera la primera vez. Giré, atravesando la entrada, y me detuve esperando a que mis ojos se acostumbraran a la luz del interior. El interior permanecía inmutable, tal y como yo lo recordaba. Poco había cambiado de cuatro años a esta parte. Avancé pausadamente observando los pasillos, las caras desconocidas. Giré un recodo y algo llamó mi atención. Allí estaba Raquel, en medio del pasillo. Igual que siempre. O diferente. Hacía cuatro años que no la veía, muy poco tiempo para olvidar. Durante mucho tiempo fuimos compañeros de clase, amigos, confesores. Por aquella época, ella tenía problemas con su pareja, con la que llevaba un año y medio saliendo. Estuvimos una buena temporada haciéndonos de psicólogos, contándonos nuestros problemas, buscando consejo y comprensión. Luego llegó el verano, las vacaciones. Después la universidad se terminó y nuestros caminos se separaron. El contacto se perdió y sólo tuve noticias de ella por terceras personas.

Y allí estaba ella, en el mismo lugar de siempre, como si nada hubiera cambiado. Me quedé observándola mientras ella seguía charlando con la gente. Raquel era unos diez centímetros más bajita que yo, con el pelo moreno, ondulado, que le caía hasta los hombros. Tenía un cuerpo muy bien proporcionado, un pecho generoso, delgada, pero no demasiado. Mirándole la cintura estaba seguro de que le podría dar un buen pellizco en la chicha. Las gafas la hacían parecer un poco más mayor. Bueno, realmente era más mayor, ahora debía tener unos veintiocho. Cuando la vi no pude evitar pensar que seguía conservando la frescura de siempre. Se despidió de las personas con las que estaba hablando y se giró para marcharse, y ahí nos encontramos de cara. Por un instante pensé que no me reconocería, más mayor, más delgado, más maltratado por la vida. Pero no fue así.
—¡Eh! ¿Qué haces tu por aquí? ¿Te has perdido?
Le contesté la primera tontería que se me ocurrió. Se rió como si le hubiera contado el mejor chiste del mundo. Si, definitivamente conservaba la misma frescura de siempre. Sólo unas ligeras arruguitas alrededor de los ojos evidenciaban que habían pasado varios años. Nos fuimos a tomar un café en la cantina. Casi había olvidado lo repugnante que era el café que servían allí. Charlamos alegremente. Reímos. Y cuando me dí cuenta, habíamos quedado para el día siguiente.

Al día siguiente quedamos por la noche. Era martes y la calle estaba prácticamente desierta. A pesar de que el día había sido cálido, con la caída de la noche la temperatura había bajado y no apetecía estar vagando por ahí. Acudí al encuentro confiado, pero un poco alterado por la experiencia del día anterior. Con todo lo que nos habíamos dicho cuando habíamos sido confesores años atrás, el encuentro del día anterior había sido como si fuéramos dos personas completamente diferentes. Supongo que muchas cosas habían cambiado en los últimos años. Cuando llegó la vi diferente, confirmándome la impresión que tenía del día anterior. Era como si algo hubiera cambiado. En mi. En ella. En los dos. Como si en lugar de estar viéndola a ella, estuviera viendo a una hipotética hermana gemela suya. Tan parecida, y a la vez tan diferente. Raquel venía cubierta por un anorak blanco, largo. Debajo de él una blusa roja con un escote cruzado y pantalones negros. Un cosquilleo me recorrió la barriga.

Entramos en la cervecería y nos sentamos en un rincón solitario. Nos tomamos una Kwak. Y luego otra. Luego llegó una Chimay Azul. Reímos un montón. Hablamos de mil cosas. Nos contamos mutuamente peripecias ocurridas en los últimos años, que obviamente desconocíamos. A cada minuto que pasaba me iba perdiendo más y más en sus grandes ojos verdes. Cuando nos dimos cuenta habían pasado 3 horas y el local estaba a punto de cerrar. Y nosotros estábamos sólos y demasiado animados.

Salimos a la calle arrimados uno al otro. Un viento muy suave enfriaba un poco el ambiente. Nos arrimamos un poco más. El alcohol nos hacía seguir riéndonos de las tonterías que habíamos dicho horas antes. Paseamos por la avenida en dirección a casa. Los frondosos árboles que cubrían la acera parecían querer darnos un poco de intimidad. Llegamos al cruce donde debíamos despedirnos y nos paramos debajo del último árbol de la acera. Era evidente que ninguno de los dos queríamos irnos a casa. Se giró y me miró, con los ojos brillantes.
—¿Bueno, y ahora que hacemos?— Me dijo con su voz dulce, permanentemente bajita.
Algo dentro de mi se encendió al ver esos ojos.
—Se me ocurren unas cuantas cosas.— le dije, con un descaro totalmente impropio en mí.
Me acerqué a ella, lentamente, rodeándola con mis brazos, en un intento de abrazo. Acerqué mi mejilla a la suya de forma que sintiera mi respiración cálida en su cuello. Se rió un poco, no se si porque le hacía cosquillas, porque le gustaba o por el alcohol. Quise suponer que un poco por todo. Su risa fue señal de que no se iba a apartar. Me sentí aliviado, lo más difícil ya había pasado. Acerqué mis labios a su cuello, rozándolo ligeramente con ellos mientras iba subiendo hacia su boca. Raquel no pudo esperar a que terminara, se giró y me besó. Una ola de calor me subía por el torso. Cogí la cremallera de su anorak y lo abrí. Mis manos entraron dentro de él hasta llegar a su cintura. La empujé con delicadeza hacia atrás para que se apoyara en el árbol que nos daba el anonimato, y me arrimé a ella para cerrar el hueco que dejaba abierto el anorak. Mis manos se fundieron con su cuerpo y las suyas con el mio. No podía aguantar más. Me acerqué y le susurré al oído:
—Ven a mi casa.
Hoy parecía que era otro el que hablaba por mí, el que me dictaba las palabras, como un Cyrano del siglo XXI. Raquel no me dijo nada. En ese momento supe que iba a pasar algo. La cogí de la mano y nos fuimos a mi casa, que estaba sólo a dos manzanas. Hicimos todo el camino agarrados de la cintura, intentando evitar el frío que nos daba en la cara y disimular el andar torpe del alcohol. Entramos en el portal y subimos al ascensor, que estaba esperándonos en la planta baja. Tal y como se cerraron las puertas, me encendí. La apoyé contra el espejo y empecé a besarla apasionadamente mientras mis manos recorrían todas las curvas de su cuerpo. Su respiración se empezó a acelerar. Abrí la puerta de casa haciendo el mismo ruido que un barco pirata desembarcando en la taberna del puerto. Cerré la puerta y el pestillo detrás de mí. El tiempo se detuvo. La cogí por la cintura, mirándola a los ojos. Me acerqué a ella, obligándola a apoyar la espalda contra la puerta que acababa de cerrar. Nos besamos durante un momento que pareció una eternidad. Poco a poco fui abriendo más y más el edredón que llevaba por chaqueta, mientras acompañaba el movimiento con suaves besos en el cuello. Destapé sus hombros de forma que el abrigo no le dejaba mover los brazos. Mis besos fueron subiendo en intensidad mientras mis dedos recorrían su piel desde su mejilla hasta el borde de su escote. Jugué con los bordes de su blusa acariciando el canalillo. La respiración de Raquel era cada vez más fuerte. Se deshizo del anorak como pudo y acercó sus caderas hacía mí, arqueando la espalda, atrayéndome con su mano derecha. Con su mano izquierda cogió mi mano, que seguía jugando con su escote, y la llevó hasta su pecho. Sus ojos brillaban de deseo. La cogí en brazos levantándola en el aire y, sin dejar de besarnos, la llevé hasta la habitación. La dejé sobre la cama y torpemente nos quitamos los zapatos. Nos quedamos los dos allí, de rodillas sobre la cama, uno enfrente del otro, mirándonos a los ojos, yo cogiéndola por las caderas y ella con una mano sobre mi pecho, con ganas de decir algo pero sin ocurrírsenos nada. Al final fue ella la que rompió el silencio.
—No sabes cuanto tiempo llevaba esperando esto.
Me fundí como un helado de chocolate dejado a pleno sol en el mes de agosto. Durante un instante no supe reaccionar. Me reí, lleno de una oleada de felicidad que me inundaba desde el interior. Ella vio en mis ojos el brillo del deseo, y se quitó la blusa sin siquiera pedírselo. El sujetador voló por la habitación, pero no cayó encima de ninguna lámpara de mesita, como en la tele. Inconvenientes de no tener una, supongo. Yo me quité la camisa por encima de la cabeza para no tener que desabrocharla. Empezamos a acariciarnos como si nunca hubiéramos tocado piel ajena. Comencé a mordisquearle los hombros. La empujé con mi cuerpo para obligarla a tumbarse. Poco a poco fui bajando por su piel en dirección a su pecho, centímetro a centímetro, tan despacio que parecía que quisiera hacerla sufrir. La acaricié con las yemas de los dedos mientras mi lengua rodeaba el contorno de sus pechos. Raquel me acariciaba la nuca queriendo traerme hacia mi. Jugué un rato más con sus pechos hasta el punto en que sus caderas no dejaban de moverse. Me desabroché el pantalón, que se me había quedado pequeño hacer rato, pero sin quitármelo. Mis besos fueron bajando hasta llegar a su ombligo mientras con las manos acariciaba sus caderas y sus muslos. Subí mis manos por el interior de sus muslos y comencé a desabrochar los botones que me separaban del paraíso. Raquel levantó las caderas facilitándome el trabajo. Sus pantalones se deslizaron suavemente dejando aparecer a esos muslos tiernos, carnosos. Me eché sobre ellos acariciándolos, besándolos, rozándolos con todo mi cuerpo. Mis manos subían y bajaban desde las rodillas hasta el pecho. Poco a poco me fui abriendo paso a besos hasta el tesoro…

Dos días después me desperté y, como todos los días, preparé mi rutina habitual antes de ir a trabajar. Café, el correo y las noticias. La noche turbulenta, llena de pesadillas, me había dejado como regalo un intenso dolor de cabeza que ni el café, ni una ducha, ni un analgésico, iban a poder mitigar. Las últimas palabras de Raquel todavía resonaban en mi mente como una pegadiza canción del verano que no puedes dejar de tararear:
—Cuando aprendas a comer un coño, me llamas.
Mientras abría las diversas pestañas del navegador, busqué la noticia en la sección de sucesos del diario local. “Joven aparece sin vida en el Parque Sur.” “El cuerpo sin vida de Raquel G. S., de 28 años y nacionalidad española, fue encontrado ayer tarde en el parque por…”

Tomé un trago saboreando el intenso sabor del café importado de Etiopía.

Y sonreí.

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