El último año de colegio conocí a un chaval, llamémosle Eduardo. Sus padres eran amigos de los padres de un buen amigo mío. Tenía dos, o quizá tres, años menos que nosotros y, en aquellas edades, eso se nota bastante. Se veía que le faltaba un hervor y eso, viniendo de quien viene, era faltarle mucho.
Eduardo vivía dos calles detrás de mí. A pesar de eso, apenas nos vimos, sólo quedamos los tres unas cuantas veces durante los siguientes años. Los últimos años de instituto empezamos a vernos más, básicamente porque nosotros teníamos un grupo de amigos formado y el no conocía a nadie. Siempre que aparecía nos daba alguna sorpresa, del estilo de hacer o decir alguna cosa inesperada o inapropiada para el momento. Siempre dió la impresión de que le seguía faltando un hervor, lo cual en ocasiones llegaba a hacerse notablemente incómodo para nosotros. Muchas veces no le llamabamos para quedar porque no nos sentiamos cómodos con él, pero normalmente no teníamos estómago para decirle que no.
En plena explosión (y posterior decadencia) de la música dance, surgió la idea y la oportunidad de comprar entre los tres un equipillo de música. Dos platos Akiyama de segunda mano y una mesa de mezclas de dos pistas fue para todo lo que dió el presupuesto, pero fue el punto de partida de una afición que lleno nuestros días, y muchas noches de fin de semana. Posteriormente los padres de Eduardo le compraron un equipo para él sólo, y así continuamos quedando para pinchar juntos, intercambiando vinilos y pasando aquellas interminables tardes de lluvia encerrados en Enigma repasando el catálogo de maxis, buscando alguna novedad en la que gastar los escasos ahorros de que disponíamos.
Después, la vida adulta: universidad, otros estudios, trabajo. Nueva gente, nuevos amigos, y cada uno terminó yendo por su lado. Cuando falleció mi madre, sólo dos amigos acudieron al entierro. Uno de ellos fue Eduardo. Después de eso, tiempo sin vernos. Un tiempo después lo ingresaron en el hospital. Después de estar varios meses entrando y saliendo del hospital, murió.
Eduardo tenía leucemia. La tenía desde que era niño. Nosotros lo sabíamos, pero no le dábamos importancia en tanto que él iba haciendo una vida normal. Hasta el día que dejó de poder hacerla y no pudo hacer vida, en absoluto. Y desde entonces, cada vez que paso por delante de su casa, desventajas de ser vecinos, me pregunto si no podríamos haber hecho algo para que su vida fuera un poco más fácil, más sencilla. Y quizá sí que lo hicimos. O quizá podríamos haber hecho algo más. Quién sabe. No tiene mucho sentido a estar alturas preguntárselo. O quizá sí.
Desde entonces no puedo dejar de pensar que cuando conozco a alguien a quien la vida se lo pone más difícil, tengo que hacer un doble esfuerzo por llevarme bien. Por intentar equilibrar el karma universal, por respeto a esa persona, o a Eduardo, o a mí mismo. Y cuando te conocí pensé que tú eras una de esas personas que lo pasan mal, y que necesitaba una ración más de afecto que el resto de los mortales. Pero tú no estabas dispuesta a hacer lo mismo. Quizás me equivoqué. Quizás.
Si alguna vez conoceis a algún Eduardo, dadle un cachito más de vuestro afecto, y un poco más de margen antes de estirar la cuerda. El afecto, porque lo necesitan, y el margen para perdonar sus defectos, sus manías, su diferente sentido del humor. Porque el mundo esta lleno de Eduardos que viven y sufren sus problemas al margen de la sociedad y necesitan que, de vez en cuando, alguien les diga: “Hey, estoy aquí”.
Pues eso. Para lo que te haga falta. Estoy aquí.
Pues qué suerte que tenemos de encontrar a estos Eduardos. Necesitaríamos unos cuantos miles de repuestos más. Y lo bueno es que podemos intentarlo, ¿no? al fin y al cabo, con ser como ellos ya vale
Más bicos y de mejor gana, rei
O con intentar ser como ellos, vol dir
El problema a veces cuando los tenemos al lado y ni nos damos cuenta. O peor aún, cuando no nos la queremos dar.