El principio y el fin de todo

Dicen que la gente se mimetiza con su entorno. Los perros se parecen a sus amos, y de tal palo, tal astilla. Dios los cría y ellos se juntan. Lo que está claro es que terminamos buscando el lugar en el que nos sentimos a gusto, o quizá modelamos los lugares en los que vivimos para que nos gusten. De la misma forma buscamos la compañía de gente con la que sentimos afinidad. Aunque la gente no la podemos moldear como moldeamos los lugares, y así a veces tenemos problemas porque la gente no nos es todo lo afín que desearíamos.

Si alguien analizara esto y viera el lugar la habitación, la casa en la que vivo, diría que es un desastre. Papeles, unos con anotaciones y otros en blanco, por todas partes. Bolsas de basura a medio llenar esperando a que “recojo cuatro trastos más y la tiro”. CD y DVD que han caído al suelo por los rincones y nunca me he molestado en recoger. Ropa dejada por los sitios porque “me la voy a poner mañana”. Una aspiradora que ve acumularse el polvo a su alrededor. Caos. Descontrol. Mierda por todas partes. Así es mi habitación. Y así es mi vida.
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La historia de Eduardo

El último año de colegio conocí a un chaval, llamémosle Eduardo. Sus padres eran amigos de los padres de un buen amigo mío. Tenía dos, o quizá tres, años menos que nosotros y, en aquellas edades, eso se nota bastante. Se veía que le faltaba un hervor y eso, viniendo de quien viene, era faltarle mucho.

Eduardo vivía dos calles detrás de mí. A pesar de eso, apenas nos vimos, sólo quedamos los tres unas cuantas veces durante los siguientes años. Los últimos años de instituto empezamos a vernos más, básicamente porque nosotros teníamos un grupo de amigos formado y el no conocía a nadie. Siempre que aparecía nos daba alguna sorpresa, del estilo de hacer o decir alguna cosa inesperada o inapropiada para el momento. Siempre dió la impresión de que le seguía faltando un hervor, lo cual en ocasiones llegaba a hacerse notablemente incómodo para nosotros. Muchas veces no le llamabamos para quedar porque no nos sentiamos cómodos con él, pero normalmente no teníamos estómago para decirle que no.
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¿De segundo, que va a tomar?

Terminé el último saquito de pasta relleno. La salsa estaba muy poco espesa, pero el relleno de pera estaba delicioso. Me limpié los labios con la servilleta. Mientras hacía tiempo a que viniera el camarero observé el resto del restaurante. Dos mesas más allá una pareja que rondaba los veintimuchos charlaba desapasionadamente.
La conversación no parecía muy interesante y así al poco tiempo la chica me miró con interés. Durante unos segundos nuestras miradas se cruzaron. Había algo en su mirada, pero inmediatamente volvió a mirar a su acompañante. A pesar de lo aburrida que aparentaba ser la conversación, ella le miraba con los ojos muy abiertos, se notaba que le gustaba. Evidentemente yo no tenía nada que hacer.
La voz del camarero interrumpió mis pensamientos.
—¿Ha terminado ya el señor?
—Sí, sí…
—¿De segundo, que va a tomar?
—Un José Luis, poco hecho, por favor.
Me costó unos segundos darme cuenta de lo que había dicho. El camarero me observaba con una ceja enarcada.
—Eeeeh… Emperador, por favor.

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Hablando con Eva, hablando de Eva

Eva, dicen que la necesidad crea extrañas amistades.

Últimamente la necesidad me ha hecho hacerme amigo mio. Necesitaba hablar con alguien, pero no había nadie que me pudiera escuchar. Así que no me ha quedado más solución, bendita necesidad, que hacerme amigo mio y así poder hablarme, poder escucharme, poder pedirme consejo y apoyarme cuando lo necesito.

No es algo nuevo, Eva, he pasado toda mi vida así. Siempre he tenido más necesidad de hablar con los demás que gente dispuesta a escucharme. Y así ha sido que siempre he terminado contándote los problemas a ti, que estabas sentada a mi lado. Y tú me escuchabas y me hacías reflexionar. Y repetíamos las conversaciones una y otra vez hasta que conseguía sacar algo en claro. Pero últimamente no he hablado mucho contigo. Sabes que he estado hablando con otra persona. Necesitaba hablar con ella, necesitaba analizar lo que ha pasado. Necesitaba pedirle explicaciones. Necesitaba entenderlo. Y después de haberle dado mil vueltas, después de haber imaginado todas las charlas posibles con ella, sigo sin entenderlo.
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Reenganchándome a CSI

“You know, the thing that makes a fantasy great is the possibility that it might come true. And when you lose that possibility, it just kind of sucks.” — Catherine Willows, CSI Las Vegas – 6×01, “Bodies in motion”.

En el capítulo anterior (el finale de la quinta temporada, dirigido por Tarantino) Nick es secuestrado y enterrado vivo. Warrick, afectado por el hecho de que se jugaron a suertes quién ir a la escena, y que por tanto podría haber sido él la víctima, comprende que la vida es más corta de lo que queremos creer. Por ese motivo le pide matrimonio a su novia, Tina, y se casan en un drive-through. Cuando Warrick se lo explica a Catherine, ésta no parece estar feliz por él. Catherine le explica: “Sabes, lo que hace grande una fantasía es la posibilidad de que pueda hacerse realidad. Y cuando pierdes esa posibilidad, es una mierda.”

Y lo es. Vaya que si lo es.