Parid, parid, malditos

Parid.

Parid, malditos.

Parid. Porque sois vosotros los que tenéis que levantar el país.

Olvidaros de estudiar. Formad una familia. Casaros. Y parid.

Trabajad duro para criar lo que habéis parido. Trabajad duro hasta que no os queden fuerzas. Recordad que el trabajo dignifica. Y el bebé no se va a criar sólo. Tenéis que comprar un piso, un lugar formar un hogar. Pero sobretodo parid, parid malditos.

Parid, porque con vuestro esfuerzo se paga la universidad de mis hijos, y los masters con los que harán curriculum para tomar los puestos de poder, desde los cuales os dirigirán en vuestros repulsivos puestos de trabajo.

Parid, porque sois vosotros y vuestros hijos los que con vuestro trabajo pagáis mis caprichos.

Parid, parid, malditos.

30 de febrero de 2010 (Parte 1)

Día 28 de febrero de 2010.

Me despierto con la cabeza revuelta. La habitación está en penumbra. No soy capaz de discernir que hora del día es. Tampoco me importa. Me siento en el borde del colchón. Me duelen todas las articulaciones. Oigo a Catherine moverse en la cama junto a mí. Siseante, se acerca por la espalda. Pasa su cabeza por encima de mi pierna y baja hasta el suelo. El roce de su piel, fría y escamosa, me estremece. La observo mientras su cola llega al suelo, serpenteante. ¿Cuanto debe de medir ya, tres, cuatro metros? Me incorporo lentamente. Avanzo hacia lo que queda de aseo con paso torpe. Palpo la pared hasta encontrar el interruptor y enciendo la insignificante bombilla de 40W que da luz a la estancia, la única que me atrevo a encender, de vez en cuando. Me planto frente al espejo partido en dos. Abro el grifo del agua fría mientras una cucaracha rodea el lavabo huyendo de lo que me queda de humanidad. Cojo un poco de agua y me la lanzo sobre la cara. Me quedo mirando las manos, huesudas, arrugadas, esqueléticas. Como el resto de mi cuerpo. Miro hacia abajo y veo esa broma que una vez fue un cuerpo humano. Las costillas se marcan de forma brutal. El abdomen, hundido hacia dentro, da muestras de la falta de alimentación. El pene arrugado es una sombra de lo que fue. Las piernas, que no son más que un pedazo de músculo que apenas rodea al fémur, me sostienen, temblorosas. Mis pies han perdido toda sensibilidad por el contacto con el frío suelo. Tampoco siento las gotas de agua que caen desde mi cara directamente sobre el empeine del pie. Levanto la cabeza y me miro en lo que queda de espejo. A duras penas acierto a reconocerme. Los ojos, hundidos sobre las cuencas, han perdido su brillo. La mandíbula marca el contorno de una cara triste, demacrada. Unos cuantos mechones de pelo asoman sobre mi cabeza. Me toco los vacíos en la barba, restos del stress del pasado.

Vuelvo hacia la habitación con paso dubitativo, apoyándome en las paredes. El sonido de la televisión del apartamento de al lado rompe el silencio. Una sirena de policía lejana le acompaña desde la ventana de la calle. Me acerco a la ventana y aparto ligeramente la raída cortina. Parece que justo acaba de anochecer. Desde la ventana de mi apartamento en la Calle 143 puedo ver el cruce con Broadway y el tráfico intenso que circula por ella. Suelto la cortina, disgustado por este breve contacto con la humanidad. Oigo a Catherine sisear detrás de mí. Me giro y la veo reptando por el suelo, acercándose a mis piernas. Pasa por en medio de ellias y se gira, retorciéndose sobre mi tobillo. La aparto y me siento sobre la cama otra vez. Estoy cansado. Muy cansado. Creo que necesito…

Estoy tumbado en la cama. Siento una opresión en el pecho, un peso que me aplasta, una mano invisible que me retiene. Intento agitarme, liberarme, soltarme, pero no tengo fuerzas. Poco a poco la opresión se marcha. Intento centrarme. Apoyo mis manos para incorporarme y tocan algo frío y húmedo. Estoy en el suelo. Me pongo en pie confuso, perdido. Miro alrededor. Me encuentro en un pasillo estrecho, angosto, que se extiende en dos direcciones y del cual no puedo ver el final. Una extraña luz, tenue, que parece proceder de ningún sitio, ilumina débilmente el suelo. Siento que me falta la respiración, agobiado todavía por la opresión que sentía antes. El lugar tiene un olor intenso, amargo, ocre. Me acerco a la pared para sostenerme. Mis manos se apoyan sobre una sustancia fría, húmeda, viscosa. Su contacto hace que un escalofrío recorra mi espina dorsal. Me miro las manos bajo la escasa luz. Están manchadas. De sangre. Un trago de bilis amarga me sube por el esófago. Avanzo por el pasillo buscando una salida, arrastrando los pies sobre el húmedo suelo. Al avanzar me doy cuenta que las pareces no son rectas, si no que tienen un relieve extraño, casi orgánico. Sigo avanzando intentando ignorar el hedor que cada vez se hace más fuerte. Un sonido grave, débil, casi como un rumor, llega hasta mis oídos. Me acerco a la pared intentado buscar el origen. Entre la penumbra veo como parece rezumar algún tipo de liquido de la pared. Sigo avanzando. Los pies pisan cada vez más líquido. Las paredes se vuelven más irregulares. Por un instante parece que se mueven, que palpitan. Sigo avanzando. La vista se me nubla. Sigo avanzando. Me cuesta respirar. Sigo…

Domingo calentito

Hoy es domingo. Hace frío. Estoy resfriado. Así que he decidido aprovechar mi nueva faceta de escamoteador de lo ajeno para aprovechar una de las cosas que aprendí de la última niña con la que estuve, hacer chocolate a la taza. Pero como uno está en fase expansiva creativa, no podía más que meterle mano a la receta y darle un toque personal. Así que le he añadido una cucharadita de miel. ¿Está más bueno así? Ni puta idea, oiga, porque como tengo la lengua de alpargata de esparto, no lo distingo. Pero mi irritada garganta dice que sí, y ella es la que manda. Qué tarde de domingo más ideal para acompañarla de un batín, una estufa o gatofactor, una peli y un tazón de chocolate caliente.

Hablando de lo cual… viendo la película de esta tarde, llena de personajes dubitativos entre el deber y el honor me ha venido a la mente una reflexión. ¿Cuales son los mecanismos cerebrales que nos hacen elegir entre diferentes opciones? ¿Cómo distinguimos entre una opción buena o mala? O más allá aún, ¿cómo elegimos entre el bien y el mal?

El problema es que el bien, como aquello de las opiniones y los culos, es un concepto diferente para cada persona. Creo que todos tenemos, o hemos tenido, gente a nuestro alrededor que consideramos malas, ahora mismo me vienen algunas a la mente. Pero estoy absolutamente convencido de que si le preguntara a ellas su opinión, responderían que son buenas personas, y que no hacen mal per se, más allá de cometer alguna equivocación puntual. Sin embargo, todos asumimos que tras ciertas acciones hay una voluntad expresa de hacer daño y, por tanto, de cometer el mal. Cómo se conjuga, por tanto, una cosa con la otra, queda fuera de mi comprensión.

Siempre he sido de carácter pasivo-reactivo, hasta el momento en que me vi reflejado en ojos ajenos: hay personas que no son capaces de aceptar las opiniones ajenas. Aún en cuanto ellas ni siquiera les afecten o influyan. Esto, es un serio problema de aceptación de la realidad tal y como es, y soy consciente de que hasta cierto momento del pasado, mi cabeza funcionaba así. Bendita psicología, uno descubre el maravilloso mundo de la asertividad y se da cuenta de que puede decir lo que opina y quedarse tan a gusto, oye. Y en esas estamos, aceptando el mundo tal y como es y esperando que el mundo sea capaz de reaccionar de forma asertiva y aceptarme como soy. Y si no, creo que le pueden ir dando por culo. ¿He dicho ya que me encanta la asertividad?

También me he dado cuenta durante los últimos meses que hay mucha gente que no es capaz de comprender el funcionamiento de las relaciones personales o, más bien, de la ley universal que rige todas ellas, la Ley del Karma. Vamos, que el mundo está lleno de Earls. Y uno reflexiona si, siendo tan universal dicha ley y los principios de acción y reacción que la gobiernan, la gente es tan zoquete que no es capaz de vivir de acuerdo a dichos principios. Una y otra vez me encuentro con gente con intensas deficiencias a nivel emocional, incapaces de controlar sus alteraciones de carácter, y con una pasmosa facilidad para, cuanto menos intentar, producir daño y dolor a aquellos que les rodean. Y, dejando de lado neurosis aparte, la persona que produce, por voluntad expresa o por omisión, daño a su alrededor merece ser llamada mala persona. Y punto.

Yo, personalmente, voy a seguir como el primer día, intentando dejar el mundo un poco mejor de tal y como me lo encontré, karma mediante. Por ello, a la próxima persona con la que entable contacto no le voy a hacer pagar el precio, o el desprecio, de todas mis parejas anteriores, como siempre he intentado que sea con todas las personas a las que he conocido hasta hoy. Confío en que ella será suficientemente madura para comprender tal verdad y librarme de las imperfecciones, delitos y faltas de sus amistades anteriores. Sé que va a ser así. ¿A que mola?

La rutina que deja de ser rutinaria

Estoy feliz. Hoy ha sido un día completito. Las ventas acompañan gracias al día sin el impuesto sobre el valor añadido, he estado desbordado de trabajo. Miles de marrones por resolver, contratos por tramitar, ventas por apuntar. Un día de esos en que, o sales feliz del trabajo, o le prendes fuego a todo. Y ha sido lo primero. El chiquitín funciona de lujo, cada día mejor. Estoy planificando las vacaciones del mes que viene. Y otra cosa que me traigo entre manos, pronto tendréis noticias. La rutina a la que mi vida se había visto reducida, de repente, ha dejado de serlo. Cada pequeño acto es una sorpresa. Cada encuentro es una novedad. Cada mirada, un sueño. Cabalgamos, Sancho.

Rubianes, solamente

“Vaya pedazo de hijo de la gran puta, oye. Que vayan a la mierda con el trabajo, la dignidad, la realización, se lo metan todo en la punta del nabo a ver si les cabe… ¡Bimba! Les explote y les queden los huevos colgando en los campanarios. Que vayan a engañar al coño de su abuela. El trabajo dignifica… ¡El coño de tu abuela dignifica… mamón! Con acento en la m, para joderles. Ganarás el pan con el sudor de tu frente… ¡con el sudor de tu polla lo voy a ganar!”

De esta forma tan clara, directa, y políticamente incorrecta se expresaba Pepe Rubianes, que tal día como hoy de hace un año nos dejó, huérfanos de humor y de irreverencia. Es difícil expresar lo que uno siente en momentos así, más que decir que Pepe va unido a algunos de mis mejores momentos de hace meses, años quizá. Y qué mejor forma de recordarlo que citar sus frases, sin ningún orden particular. Algunos de sus momentos más populares de los últimos años van unidos a su amigo Buenafuente:

Buenafuente: ¿Te importa si me sueno la nariz?
Rubianes: No, coño, si ya… pélatela mientras tanto, que quieres que te diga…”
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