Mi barrio

De vez en cuando me gusta darme una vuelta por mi barrio. No lo suelo hacer muy a menudo porque, a pesar de que no vivo demasiado lejos del centro, mi vida suele implicar coger el coche para casi todo. Hace años me gustaba mucho pasear, pero es algo que dejé de hacer.

Hoy he ido a comprar unas cosas por el centro después de trabajar. La tarde se ha convertido en noche ya. La calidez del sol deja paso al frío del invierno. Me alejo del centro y me acerco a mi barrio en lugar de volver directamente a casa por el camino más corto. No se porqué lo hago, porque el frío que hace no invita a pasear. O quizá sea eso, que necesito enfriar las ideas. A medida que voy caminando me voy acercando a los lugares que me resultan familiares. La esquina en la que nos comíamos los bocadillos de tortilla de patata de la cantina del instituto. El local que era una droguería (¿existen todavía las droguerías?) y ahora no es más que una persiana metálica oxidada. El bar de la esquina donde el conserje del instituto se tomaba los carajillos. La acera junto al colegio donde mi abuelo esperaba a que yo le viera, porque él no me podía distinguir entre la marabunta de niños por las cataratas que tenía. El kiosco de la esquina que cerró siendo yo pequeño y ahora vuelve a estar abierto. El patio de mi colegio, con ese manchurrón de hormigón en el medio que recuerda que una vez chicos y chicas tenían patios separados. El semáforo que crucé por primera vez sólo para volver a casa un día que mi madre llegó tarde a recogerme. El jardín, ahora hormigón, en el que jugaba de pequeño a las canicas. El hogar del que una vez me fui y que, ahora mismo, no se si es mi pasado o mi futuro. El árbol bajo el cual le dí el último beso.

Por un tiempo quise huir de todo esto. Nunca he pensado que me sintiera atado a nada de aquí. Y cuando más cerca he estado de abandonarlo, he descubierto lo mucho que lo hubiera echado en falta. No sé porqué. Supongo que toda mi vida la he pasado aquí, así que en cierta forma, parte de mi vida es este lugar. O quizá no.

El principio y el fin de todo

Dicen que la gente se mimetiza con su entorno. Los perros se parecen a sus amos, y de tal palo, tal astilla. Dios los cría y ellos se juntan. Lo que está claro es que terminamos buscando el lugar en el que nos sentimos a gusto, o quizá modelamos los lugares en los que vivimos para que nos gusten. De la misma forma buscamos la compañía de gente con la que sentimos afinidad. Aunque la gente no la podemos moldear como moldeamos los lugares, y así a veces tenemos problemas porque la gente no nos es todo lo afín que desearíamos.

Si alguien analizara esto y viera el lugar la habitación, la casa en la que vivo, diría que es un desastre. Papeles, unos con anotaciones y otros en blanco, por todas partes. Bolsas de basura a medio llenar esperando a que “recojo cuatro trastos más y la tiro”. CD y DVD que han caído al suelo por los rincones y nunca me he molestado en recoger. Ropa dejada por los sitios porque “me la voy a poner mañana”. Una aspiradora que ve acumularse el polvo a su alrededor. Caos. Descontrol. Mierda por todas partes. Así es mi habitación. Y así es mi vida.
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La historia de Eduardo

El último año de colegio conocí a un chaval, llamémosle Eduardo. Sus padres eran amigos de los padres de un buen amigo mío. Tenía dos, o quizá tres, años menos que nosotros y, en aquellas edades, eso se nota bastante. Se veía que le faltaba un hervor y eso, viniendo de quien viene, era faltarle mucho.

Eduardo vivía dos calles detrás de mí. A pesar de eso, apenas nos vimos, sólo quedamos los tres unas cuantas veces durante los siguientes años. Los últimos años de instituto empezamos a vernos más, básicamente porque nosotros teníamos un grupo de amigos formado y el no conocía a nadie. Siempre que aparecía nos daba alguna sorpresa, del estilo de hacer o decir alguna cosa inesperada o inapropiada para el momento. Siempre dió la impresión de que le seguía faltando un hervor, lo cual en ocasiones llegaba a hacerse notablemente incómodo para nosotros. Muchas veces no le llamabamos para quedar porque no nos sentiamos cómodos con él, pero normalmente no teníamos estómago para decirle que no.
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¿De segundo, que va a tomar?

Terminé el último saquito de pasta relleno. La salsa estaba muy poco espesa, pero el relleno de pera estaba delicioso. Me limpié los labios con la servilleta. Mientras hacía tiempo a que viniera el camarero observé el resto del restaurante. Dos mesas más allá una pareja que rondaba los veintimuchos charlaba desapasionadamente.
La conversación no parecía muy interesante y así al poco tiempo la chica me miró con interés. Durante unos segundos nuestras miradas se cruzaron. Había algo en su mirada, pero inmediatamente volvió a mirar a su acompañante. A pesar de lo aburrida que aparentaba ser la conversación, ella le miraba con los ojos muy abiertos, se notaba que le gustaba. Evidentemente yo no tenía nada que hacer.
La voz del camarero interrumpió mis pensamientos.
—¿Ha terminado ya el señor?
—Sí, sí…
—¿De segundo, que va a tomar?
—Un José Luis, poco hecho, por favor.
Me costó unos segundos darme cuenta de lo que había dicho. El camarero me observaba con una ceja enarcada.
—Eeeeh… Emperador, por favor.

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Reenganchándome a CSI

“You know, the thing that makes a fantasy great is the possibility that it might come true. And when you lose that possibility, it just kind of sucks.” — Catherine Willows, CSI Las Vegas – 6×01, “Bodies in motion”.

En el capítulo anterior (el finale de la quinta temporada, dirigido por Tarantino) Nick es secuestrado y enterrado vivo. Warrick, afectado por el hecho de que se jugaron a suertes quién ir a la escena, y que por tanto podría haber sido él la víctima, comprende que la vida es más corta de lo que queremos creer. Por ese motivo le pide matrimonio a su novia, Tina, y se casan en un drive-through. Cuando Warrick se lo explica a Catherine, ésta no parece estar feliz por él. Catherine le explica: “Sabes, lo que hace grande una fantasía es la posibilidad de que pueda hacerse realidad. Y cuando pierdes esa posibilidad, es una mierda.”

Y lo es. Vaya que si lo es.

La navidad es una chupapollas

Hoy es el día en que todo el mundo se desea feliz navidad. Hoy es el día de “Que bello es vivir” y demás películas ñoñas que nos hacen sentir mejor durante un instante pensando que el mundo es mejor de lo que podría ser o de lo que en realidad es. No comparto esa idea. No me gusta la navidad. Y no me gusta el mundo en el que vivimos.

De pequeño estuve en un grupo scout. A su fundador, Baden-Powell, se le atribuye una frase, una máxima, con una enorme carga moral: “Dejar el mundo en mejores condiciones de lo que lo encontraste”. Es lo que siempre he intentado hacer, no por ser scout, sino porque creo que es mi deber como ser humano.

No entiendo a la gente que se queja de la precariedad de su situación económica o laboral pero vive sumergida en un consumismo voraz, estimulando la precariedad en la que viven. No entiendo a la gente que se queja de los radares de tráfico pero se echan las manos a la cabeza cuando algún irresponsable detrás de un volante sesga la vida de un inocente. No entiendo a la gente que te confiesan al oído “no sabes cuanto tiempo llevaba esperando esto” para después inexplicablemente dejar de dirigirte la palabra. No entiendo a toda esa gente en general, que esperan un mundo más humano, más agradable, pero no mueven un puto dedo por mejorar su mundo o el de los que le rodean.

Pero el año que viene yo seguiré aquí, repitiendo los mismos herrores del pasado, con mi puta disociación cognitiva y mi manía de hacer lo que me dice la cabeza, en lugar de lo que me pide el corazón, e intentando que mi mundo, y el de los que me rodean, sea un poco mejor de como me lo encontré el 1 de enero.

Feliz Navidad para todos y que la navidad os chupe la parte del cuerpo que prefiráis.

P.S.: Este post se publica a las 22:00 del 24 de Diciembre automáticamente, así que no me busqueis delante del ordenador a esas horas.

Como gato buscando el calor del sol

Antes de ir a trabajar he bajado a comprar algo para comer al Mercadona. Es un día fresco, aunque tampoco hace excesivo frío, lo habitual en estas fechas. La gente camina tapada hasta las orejas con bufandas y pañuelos, pero creo que exageran. Yo voy con un jersey y la americana y no tengo frío. Al salir del súper giro la esquina y la luz del sol me golpea en la cara. El sol está muy bajo y la luz me molesta en los ojos. Pero no me importa. El calor del sol me acaricia. Me mece. Me arropa. Me gusta el calor.

De camino a casa paso por el lado de un parque. La luz del sol se cuela entre los árboles formando una silueta sobre un trozo de hierba de unos cuatro metros cuadrados. En él, una docena de palomas están sentadas, quietas, adormiladas, recibiendo el calor del sol. Les gusta el calor.

Llego a casa y veo a Iris subida en la repisa de la ventana. Le gusta subirse ahí porque esa ventana da al sur y pega el sol durante todo el día. El sol le hace entrecerrar los ojos. Me acerco y la acaricio. Su piel es suave y cálida. A Iris le gusta el calor.

Mi gata Iris, mirando por la ventana Continue reading

Tres dedicatorias

Por necesidades del destino me veo obligado a marcharme virtualmente por una temporada a buscar a place where I belong. Así que, como pseudo-despedida pongo tres canciones que hoy me quiero dedicar a mi mismo. Egoísta que es uno.

Nos veremos cuando el viento amaine.

Un abrazo a todos.

Si no conoceis las letras, pulsar a continuación para verlas. Valen la pena todas ellas, de verdad.
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La percepción de la calidad o el síndrome de Estocolmo

En 1973 se produjo un robo en el Kreditbanken de Estocolmo. Los delincuentes mantuvieron retenidos a los ocupantes de la institución durante 6 días. Una vez terminado el secuestro, los rehenes defendieron a los delincuentes y se negaron a participar en el juicio posterior. Desde entonces, al estado psicológico en que una persona retenida desarrolla una complicidad con su secuestrador se le llama Síndrome de Estocolmo.

Desde que trabajo de cara al público he observado que gran parte de la gente sufre una especie de síndrome de Estocolmo hacia las empresas con las que tienen contratados servicios. Un ejemplo claro son los clientes de Telefónica tanto en su versión doméstica (fijo y ADSL) como en su versión móvil (Movistar). La mayoría de los clientes de dicha compañía se queja de sus elevados precios, los más caros del mercado tanto en ADSL como en móvil. Se quejan de sus políticas quasi-monopolísticas que no tienen ninguna consideración con el cliente (el ejemplo reciente de la exclusión del consumo de “Mi favorito” en el consumo mínimo me viene a la mente). Sin embargo, siguen con ellos. Los motivos que aducen son de lo más variopinto, pero básicamente se resumen en dos:

  • Percepción de una supuesta mejor calidad de servicio, como por ejemplo “mejor cobertura” o “es que cuando tengo una avería acuden enseguida”. Esto es difícil de comprobar si nunca has sido cliente de otra compañía, así que se resume en un “más vale malo conocido…”
  • Abiertamente reconocen que les da pereza el proceso de buscar un nuevo proveedor de servicios y los trámites necesarios.

Hace 3 años el mercado de las telecomunicaciones estaba bastante estancado, pero hoy en día, con la aparición del cuarto operador móvil y de los OMV es posible encontrar servicios de calidad similar a precios mucho más económicos. Por hacer una analogía, los nuevos operadores serían a la telefonía movil lo que las marcas blancas a la alimentación, para lo bueno y para lo malo.

Otro ejemplo habitual es el de los bancos. Mucha gente tiene una extraña fidelidad enfermiza por su banco “de toda la vida” que no se explica sino con el síndrome de Estocolmo. No hace mucho, hablando con un amigo de qué productos bancarios nos podían convenir más, me pregunto por las condiciones de la cuenta en la que guardo el dinero.
—¿Condiciones? ¿A que te refieres?
—A las comisiones y eso.
—¿Comisiones? ¿Comisiones de qué?
—Lo que te cobran por tener la cuenta, hacer transferencias, etc.
Me costó unos segundos entender por donde iba el asunto. Mi banco no me cobra comisiones por nada, ni por tener una cuenta, que además me da interés, ni por hacer transferencias, ni por nada. Me di cuenta de que otros bancos sí lo deben hacer, por ejemplo el “banco de toda la vida” de mi amigo, y de ahí su sorpresa cuando le afirmé que a mi no me cobraban por nada. Así, a pesar de existir bancos y productos bancarios mejores, hay mucha gente que sigue aferrada a su banco de siempre por motivos para mí desconocidos. Yo, acostumbrado a que mi banco no me cobre, me sentí ofendido por el mero pensamiento de que algún día pudieran empezar a cobrarme por “nada”, tan ofendido como si alguien me ofreciera retenerme contra mi voluntad en un zulo de dos por dos metros. Pero incomprensiblemente, parece que hay gente a la que le gusta que le secuestren. Yo tengo claro que si mi banco algún día me empieza a cobrar por servicios que deberían ser gratis, cogeré mi dinero y me iré corriendo a otro lado, faltaría más.

Es increíble la cantidad de gente que se queja continuamente de las condiciones en las que contrata servicios, pero a pesar de ello, lo hacen a sabiendas de que están regalando 10, 20, 30 euros al mes porque sí a esa compañía. Estamos hablando de 100, 200, 300 euros al año por cada compañía de la que aceptas ser rehen. Y aunque sean sólo 50 euros, son 50 euros que son tuyos, y no del banco, del híper, de la tienda de ropa o de electrónica que tiene fama de barata pero es cara como la que más. Y yo personalmente, esa extraña pasión que tienen algunos porque su pseudomonopolio de turno les encule cada vez que reciben una factura sólo lo puedo explicar con la simpatía que los secuestrados sienten con el síndrome de Estocolmo.

O eso, o es que son masocas y además de que les pongan a cuatro patas, les gusta que les roben la cartera también.

No hay otra explicación posible.