La percepción de la calidad o el síndrome de Estocolmo

En 1973 se produjo un robo en el Kreditbanken de Estocolmo. Los delincuentes mantuvieron retenidos a los ocupantes de la institución durante 6 días. Una vez terminado el secuestro, los rehenes defendieron a los delincuentes y se negaron a participar en el juicio posterior. Desde entonces, al estado psicológico en que una persona retenida desarrolla una complicidad con su secuestrador se le llama Síndrome de Estocolmo.

Desde que trabajo de cara al público he observado que gran parte de la gente sufre una especie de síndrome de Estocolmo hacia las empresas con las que tienen contratados servicios. Un ejemplo claro son los clientes de Telefónica tanto en su versión doméstica (fijo y ADSL) como en su versión móvil (Movistar). La mayoría de los clientes de dicha compañía se queja de sus elevados precios, los más caros del mercado tanto en ADSL como en móvil. Se quejan de sus políticas quasi-monopolísticas que no tienen ninguna consideración con el cliente (el ejemplo reciente de la exclusión del consumo de “Mi favorito” en el consumo mínimo me viene a la mente). Sin embargo, siguen con ellos. Los motivos que aducen son de lo más variopinto, pero básicamente se resumen en dos:

  • Percepción de una supuesta mejor calidad de servicio, como por ejemplo “mejor cobertura” o “es que cuando tengo una avería acuden enseguida”. Esto es difícil de comprobar si nunca has sido cliente de otra compañía, así que se resume en un “más vale malo conocido…”
  • Abiertamente reconocen que les da pereza el proceso de buscar un nuevo proveedor de servicios y los trámites necesarios.

Hace 3 años el mercado de las telecomunicaciones estaba bastante estancado, pero hoy en día, con la aparición del cuarto operador móvil y de los OMV es posible encontrar servicios de calidad similar a precios mucho más económicos. Por hacer una analogía, los nuevos operadores serían a la telefonía movil lo que las marcas blancas a la alimentación, para lo bueno y para lo malo.

Otro ejemplo habitual es el de los bancos. Mucha gente tiene una extraña fidelidad enfermiza por su banco “de toda la vida” que no se explica sino con el síndrome de Estocolmo. No hace mucho, hablando con un amigo de qué productos bancarios nos podían convenir más, me pregunto por las condiciones de la cuenta en la que guardo el dinero.
—¿Condiciones? ¿A que te refieres?
—A las comisiones y eso.
—¿Comisiones? ¿Comisiones de qué?
—Lo que te cobran por tener la cuenta, hacer transferencias, etc.
Me costó unos segundos entender por donde iba el asunto. Mi banco no me cobra comisiones por nada, ni por tener una cuenta, que además me da interés, ni por hacer transferencias, ni por nada. Me di cuenta de que otros bancos sí lo deben hacer, por ejemplo el “banco de toda la vida” de mi amigo, y de ahí su sorpresa cuando le afirmé que a mi no me cobraban por nada. Así, a pesar de existir bancos y productos bancarios mejores, hay mucha gente que sigue aferrada a su banco de siempre por motivos para mí desconocidos. Yo, acostumbrado a que mi banco no me cobre, me sentí ofendido por el mero pensamiento de que algún día pudieran empezar a cobrarme por “nada”, tan ofendido como si alguien me ofreciera retenerme contra mi voluntad en un zulo de dos por dos metros. Pero incomprensiblemente, parece que hay gente a la que le gusta que le secuestren. Yo tengo claro que si mi banco algún día me empieza a cobrar por servicios que deberían ser gratis, cogeré mi dinero y me iré corriendo a otro lado, faltaría más.

Es increíble la cantidad de gente que se queja continuamente de las condiciones en las que contrata servicios, pero a pesar de ello, lo hacen a sabiendas de que están regalando 10, 20, 30 euros al mes porque sí a esa compañía. Estamos hablando de 100, 200, 300 euros al año por cada compañía de la que aceptas ser rehen. Y aunque sean sólo 50 euros, son 50 euros que son tuyos, y no del banco, del híper, de la tienda de ropa o de electrónica que tiene fama de barata pero es cara como la que más. Y yo personalmente, esa extraña pasión que tienen algunos porque su pseudomonopolio de turno les encule cada vez que reciben una factura sólo lo puedo explicar con la simpatía que los secuestrados sienten con el síndrome de Estocolmo.

O eso, o es que son masocas y además de que les pongan a cuatro patas, les gusta que les roben la cartera también.

No hay otra explicación posible.

Agosto

Tarde de domingo. Agosto. Paella y Coca-Cola para comer. Salgo a la terraza del apartamento. El sol ilumina la playa con una intensidad casi cegante. Algunas personas dormitan debajo de sus sombrillas. El estómago me pesa. Los párpados también. La brisa del mar me rodea y me refresca. Me relajo. Apenas se oyen ruidos, voces unas terrazas más allá, un coche que gira a lo lejos. Miro el mar azul, intenso. Una sensación plácida me invade. Es la tarde perfecta. El momento perfecto. Pero…

Algo me falta a mi lado.

Me faltas tú.

La familia

Hoy ha sido día de comida familiar. Es poco habitual porque, aun siendo una familia muy pequeña, nos solemos reunir muy pocas veces. La ocasión era especial porque ha venido mi primo que vive en Japón. A la ocasión anterior no pude acudir (gracias, liberalización de los horarios comerciales) y, desde esa, hacía más de dos años que no nos veíamos.
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La (f)utilidad de votar

utilidad.
(Del lat. utilĭtas, -ātis).
1. f. Cualidad de útil.
2. f. Provecho, conveniencia, interés o fruto que se saca de algo.

futilidad.

(Del lat. futilĭtas, -ātis).
1. f. Poca o ninguna importancia de algo.
2. f. Cosa inútil o de poca importancia.

Cuando salgo de trabajar tengo una cierta tendencia a desconectar el cerebro, básicamente porque mi trabajo, más que cansancio físico, produce un notable cansancio mental que, en momentos puntuales, puede llegar a convertirse en una fermentación de productos lácteos conocida como mala leche. Por eso cuando llego a casa no tengo muchas ganas de comerme la bola.
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Todo va bien

“La vida es eso que pasa mientras haces planes.” — John Lennon

“Lo malo es cuando echas la vista atrás y te das cuenta de que ninguno de esos planes ha salido como esperabas, y que sólo puedes agarrarte a una cosa, los recuerdos.” — Ingrid, el quinto miembro de “Gominolas” (Gominolas, episodio 4)

“El futuro no esta escrito, sólo existe el que nosotros hacemos.” — John Connor (Terminator 2)

Hoy he labrado un cachito de mi propio futuro. No ha sido un acto importante, ni relevante. Físicamente, ni me he movido. Pero, sin darme cuenta, he hecho algo muy importante para mi futuro. Un futuro mucho más agradable y esperanzador de lo que hace seis meses o un año hubiera imaginado. Los que me conocen bien, ya saben porqué. Los que no me conocen tan bien, lo sabrán a su debido tiempo. Sólo quería que supierais todos que todo va bien. Hablando con Eva cierra sus puertas hasta mañana a las diez de la mañana. Gracias por su visita y por su compra.