Relatos

Otros relatos no pertenecientes a la saga “Hablando con Eva”

Las autoestopistas

Era la última semana de junio. Compañeros de trabajo, algunos amigos, un restaurante chino, una cena, charlas, bebida, risas. La noche pintaba bien, pero no demasiado. La vida aprieta y a las dos de la noche todo el mundo había desaparecido. Me senté en el coche junto a la puerta del chino y reflexione por un segundo. No sabía que hacer, pero lo que sí sabía es que no quería volver a casa. No a las dos de la madrugada de una espléndida noche de junio. En ese momento eché de menos que no estuvieras en el asiento del acompañante, a ti seguro que se te habría ocurrido algo.

Arranqué y me puse en marcha en dirección a Benicassim. A pesar del paso de los años y de la decadencia que las normativas municipales habían producido en la vida nocturna de la población, Benicassim seguía teniendo algo especial. Todavía quedaba un regusto a las noches de la sala Bohio de los 70, con la Jet-Set viendo a Julio Iglesias actuar; a las noches de juerga en K’Sim en los 80, con el olor de los árboles que le rodean; a esas cenas de sobaquillo con botellón incluido en el Torreón; a las fiestas de la espuma de finales de los 90; a los fines de semana abarrotados de FIBers en la última década. Seguía sin saber que hacer, pero para mí la juerga más cercana estaba allí.

Mientras me dirigía a Benicassim, Roger Daltrey berreaba por los altavoces del coche.

Pick up my guitar and play
Just like yesterday
Then I’ll get on my knees and pray
We don’t get fooled again

El Hammond hacía piruetas arriba y abajo mientras entraba en la población. La verdad es que no recordaba ni cuando era la última vez que salí de marcha por allí. La ciudad estaba medio desierta. Algunas parejas caminaban por la calle. Los locales de siempre parecían haber desaparecido. Escasos grupos de personas ocupaban algunas de las mesas de las innumerables terrazas que ocupaban parte de la acera. Cuando estaba llegando al final del pueblo, dispuesto a volver a casa con el rabo entre las piernas, las vi. Eran tres chicas, jóvenes, vestidas para matar. Estaban en medio de la calle hablando, bailando, dando vueltas. Tres ángeles como caídos del cielo. Reduje la velocidad, entre otras cosas, porque no tenía intención de atropellarlas. Cuando me vieron llegar se apartaron al carril contrario y una de ellas se puso a hacer la universal señal del autoestopista mientras las otras dos se miraban y se reían a carcajadas. La autoestopista tenía el pelo moreno, ondulado y una carita preciosa de no más de 20 años. Vestía una blusa blanca con mucho vuelo y un pantaloncito corto. Al ver que reducía la velocidad casi por completo se acercó con decisión a la ventanilla.
—¡Eh! ¿Nos llevas?
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Microrelato 2

Sí. —Me dijo. Y sonreí.

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Banda sonora del post: Fastlove, de George Michael.

Bajé del coche con un cosquilleo extraño. Tras haber subido esa rampa innumerables veces corriendo porque llegaba tarde a clase, se me hacía raro no tener ninguna prisa. Todo a mi alrededor estaba más o menos igual, los árboles un poco más grandes, los setos un poco más secos, los coches igual de mal aparcados. El sol todavía pegaba a pesar de ser rondando las cuatro de la tarde, pero el fresco de primeros de febrero contrarrestaba su calor.

Subí la rampa con tranquilidad, observándolo todo como si fuera la primera vez. Giré, atravesando la entrada, y me detuve esperando a que mis ojos se acostumbraran a la luz del interior. El interior permanecía inmutable, tal y como yo lo recordaba. Poco había cambiado de cuatro años a esta parte. Avancé pausadamente observando los pasillos, las caras desconocidas. Giré un recodo y algo llamó mi atención. Allí estaba Raquel, en medio del pasillo. Igual que siempre. O diferente. Hacía cuatro años que no la veía, muy poco tiempo para olvidar. Durante mucho tiempo fuimos compañeros de clase, amigos, confesores. Por aquella época, ella tenía problemas con su pareja, con la que llevaba un año y medio saliendo. Estuvimos una buena temporada haciéndonos de psicólogos, contándonos nuestros problemas, buscando consejo y comprensión. Luego llegó el verano, las vacaciones. Después la universidad se terminó y nuestros caminos se separaron. El contacto se perdió y sólo tuve noticias de ella por terceras personas.
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Fruta prohibida

Me desperté con las sabanas pegadas al cuerpo. Por más que hubiera dormido desnudo, la compañía de Susana en la cama y el calor sofocante del mes de Julio habían hecho imposible mantener los ojos cerrados durante más de una hora seguida. La noche anterior nos habíamos quedado en casa viendo unas películas, un plan ideal para un sábado noche si no fuera porque ese plan también incluía a mi novia. Después de una velada apasionante, nos acostamos a eso de las 3 y tardé un buen rato en dormirme. A eso de las 5 llegó su hermana y me desperté con el ruido de la puerta. Desde entonces estuve abriendo y cerrando los ojos, dándole vueltas a mi situación.

Hacía tres meses que la cosa con Susana iba de mal en peor. La verdad es que en los ocho meses que llevamos juntos no nos hemos llegado a llevar bien, pero desde Mayo todo se había complicado bastante. A mi habitual apatía hacía las normas y convenciones sociales de la pareja se sumaba que Susana estaba en estado de quasi-histeria por culpa de las oposiciones. Ciertos días estaba realmente intratable y yo, harto de tanto nerviosismo, terminaba por no hacerle caso, lo que le hacía ponerse más nerviosa todavía. Ahora ella estaba ya de vacaciones, esperando los resultados, pero nuestra relación no había mejorado lo más mínimo. Sinceramente, no creía que pudiera aguantar 15 días más con ella.
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Microrelato 1

“Llueve”

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