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	<title>Hablando con Eva &#187; Benicassim</title>
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	<description>Conversaciones de un adolescente de treinta y tantos con su costilla flotante</description>
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		<title>Las autoestopistas</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Aug 2009 11:39:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis</dc:creator>
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		<category><![CDATA[autoestopistas]]></category>
		<category><![CDATA[Benicassim]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Era la última semana de junio. Compañeros de trabajo, algunos amigos, un restaurante chino, una cena, charlas, bebida, risas. La noche pintaba bien, pero no demasiado. La vida aprieta y a las dos de la noche todo el mundo había desaparecido. Me senté en el coche junto a la puerta del chino y reflexione por un segundo. No sabía que hacer, pero lo que sí sabía es que no quería volver a casa. No a las dos de la madrugada de una espléndida noche de junio. En ese momento eché de menos que no estuvieras en el asiento del acompañante, a ti seguro que se te habría ocurrido algo.</p>
<p>Arranqué y me puse en marcha en dirección a Benicassim. A pesar del paso de los años y de la decadencia que las normativas municipales habían producido en la vida nocturna de la población, Benicassim seguía teniendo algo especial. Todavía quedaba un regusto a las noches de la sala Bohio de los 70, con la Jet-Set viendo a Julio Iglesias actuar; a las noches de juerga en K&#8217;Sim en los 80, con el olor de los árboles que le rodean; a esas cenas de sobaquillo con botellón incluido en el Torreón; a las fiestas de la espuma de finales de los 90; a los fines de semana abarrotados de FIBers en la última década. Seguía sin saber que hacer, pero para mí la juerga más cercana estaba allí.</p>
<p>Mientras me dirigía a Benicassim, Roger Daltrey berreaba por los altavoces del coche.</p>
<blockquote><p>Pick up my guitar and play<br />
Just like yesterday<br />
Then I&#8217;ll get on my knees and pray<br />
We don&#8217;t get fooled again</p></blockquote>
<p>El Hammond hacía piruetas arriba y abajo mientras entraba en la población. La verdad es que no recordaba ni cuando era la última vez que salí de marcha por allí. La ciudad estaba medio desierta. Algunas parejas caminaban por la calle. Los locales de siempre parecían haber desaparecido. Escasos grupos de personas ocupaban algunas de las mesas de las innumerables terrazas que ocupaban parte de la acera. Cuando estaba llegando al final del pueblo, dispuesto a volver a casa con el rabo entre las piernas, las vi. Eran tres chicas, jóvenes, vestidas para matar. Estaban en medio de la calle hablando, bailando, dando vueltas. Tres ángeles como caídos del cielo. Reduje la velocidad, entre otras cosas, porque no tenía intención de atropellarlas. Cuando me vieron llegar se apartaron al carril contrario y una de ellas se puso a hacer la universal señal del autoestopista mientras las otras dos se miraban y se reían a carcajadas. La autoestopista tenía el pelo moreno, ondulado y una carita preciosa de no más de 20 años. Vestía una blusa blanca con mucho vuelo y un pantaloncito corto. Al ver que reducía la velocidad casi por completo se acercó con decisión a la ventanilla.<br />
—¡Eh! ¿Nos llevas?<br />
<span id="more-689"></span><br />
Sus dos amigas me miraban riéndose. Estaba claro que todavía les duraba la fiesta en el cuerpo.<br />
—¿Llevaros, yo? ¿Adonde?<br />
—¡A casa! Nos vamos a casa.— Respondió la autoestopista &#8220;jefa&#8221;.<br />
—¿Y por donde para eso?<br />
—Está para allá&#8230;— dijo, señalando la dirección en la que yo iba.<br />
—Gracias, señor, por estos platos que vamos a tomar.— Pensé, dudando de si además lo había dicho en voz alta.<br />
—¿Qué?<br />
—Que si os fiáis de mi&#8230; Venga, subid.<br />
La autoestopista &#8220;jefa&#8221; dudó por un segundo. Mientras tanto, una de sus amigas ya se estaba dirigiendo a la puerta del acompañante. La jefa le siguió. La tercera se quedó parada, visiblemente sorprendida, pero sin poder evitar reírse.<br />
—¡Pero tía&#8230;!— Dijo mirando a las otras dos.<br />
—Venga, Rosa, tía, yo paso de ir andando.— Le contestó la segunda, que ya estaba abriendo la puerta.<br />
—Venga, vamos.— Le insistió la que me había hablado.<br />
La tercera chica se subió al coche riéndose, mientras no dejaba de mirarme de reojo. La jefa echó el asiento para atrás (desventajas de tener un tres puertas) y se subió delante.<br />
—¡Vámonos!— Dije en voz alta, para acallar los temores de no saber muy bien dónde estaba yendo, ni con quien.</p>
<p><img src="http://hablandoconeva.com/wp-content/uploads/2009/08/n.jpg" alt="Panorámica de la playa de Benicassim (Castellón) de noche" title="Playa de Benicassim de noche" width="480" height="360" class="aligncenter size-full wp-image-1234" /></p>
<p>Las chicas me fueron dirigiendo por la avenida. La primera en bajarse fue Rosa, la más cortadita. La dejé en la puerta de su villa, donde sus padres supuestamente la estaban esperando.<br />
—Ahora gira por aquí, y ya vamos recto a mi villa.— Me dijo Isabel, que así se llamaba la portavoz de las autoestopistas.<br />
Unas manzanas más y llegamos al destino. Paré delante de la puerta y charlamos un poco. Isabel no parecía tener muchas ganas de irse a casa. Supuse que querían acompañar a Rosa a casa, puesto que parecía la más pequeña y sus padres debían haberle dado el toque de queda.<br />
—Es que cierran muy pronto, apenas son las tres y ya está todo cerrado.— Me contaba Sara asomando la cabeza entre los dos asientos de delante.<br />
—Bueno, teniendo una coctelera y bebida no hacen falta garitos abiertos.— Dije sin pensar.<br />
—¡Eh, mis padres tienen una en casa!— Me dijo Isabel.<br />
—¿En serio? ¿Y la sabes usar?<br />
—¡Noooo! ¿Tú sabes?<br />
—Bueno, se hacer, por ejemplo, margaritas.<br />
No es nada del otro mundo y no tiene ninguna dificultad, pero para una chiquilla que vivía la marcha a base de chupitos, copas de Peché y algún cubata ocasional, aquello le debió parecer bebida de dioses.<br />
—¡Joeee, yo quiero probar uno!— Dijo Sara poniendo morritos.<br />
—Bueno, si me conseguís tequila blanco, Cointreau, limas y hielo, os preparo uno.<br />
—Creo que mis padres si que tienen tequila y Cointreau. Lo que no hay en casa son limas. ¿Servirían limones?<br />
—¡Da lo mismo, tía!— Le replicó Sara. Estaba claro que ella tampoco tenía ganas de terminar la fiesta.<br />
— Bueno, le echamos un poquito de azúcar para quitarle la acidez y listo.— Al fin y al cabo, si nunca han probado uno les podría echar agua del grifo y tampoco lo sabrían distinguir.<br />
—Siií, va, vente y nos preparas uno.— Presionó Sara.<br />
Isabel se lo pensó un poco, al fin y al cabo era la casa de sus padres.<br />
—Si, venga.— Me dijo al final.<br />
—¿Ahora?— Me hice un poco el loco. —¿Y tus padres que?<br />
—Noooo, ellos todavía están en Castellón, nos quedamos Sara y yo a dormir aquí.<br />
Dudé un poco, como si me turbara la invitación.<br />
—Vengaaaa, vaaaa.— Dijeron las dos casi al unísono.<br />
—Mmm vale, aparco ahí delante.</p>
<p>Entré por la cancela de la villa caminando con solemnidad, como alguien que sabe que su destino está por cumplirse. —Ave César. Los que van a morir te saludan.— Pensaba para mí. —De esta me corono, o me fusilan.<br />
Entramos en la casa y Sara de inmediato se quitó los zapatos y sentó en una silla. Isabel fue al aseo y al volver se sentó a mi lado. Estuvimos charlando un poco. Su mirada tenía algo especial, inusual para su edad. Su edad. ¿Cual era su edad?<br />
—¿Cuantos años tienes?<br />
—Veintiuno.<br />
—¿Seguro? Yo diría que tienes diecinueve como mucho.<br />
Se puso roja.— Bueno sí, cumplo diecinueve el mes que viene.<br />
—¿Y tu Sara, cuantos tienes?<br />
—Diecinueve y medio.<br />
No pude evitar sonreír cuando recordé que a esas edades los medios años todavía parecen tener importancia. El caso es que Isabel parecía mayor que Sara. Su cara era ligeramente más adulta, su postura más madura, más serena. Observándola me había dado cuenta de que comenzaba a dominar el lenguaje de la seducción. Estaba sustituyendo la encantadora ingenuidad de la adolescencia por algo más profundo, más elaborado, más sexual. En cualquier caso, lo importante es que las dos eran mayores de edad. Mi culo estaba salvado.<br />
—¿Bueno, nos ponemos con esos margaritas o que?<br />
—Siiiiiiiiiiiiiií.<br />
—Bueno, pues necesito una coctelera, hielo <em>a punta pala</em>, Cointreau, tequila blanco, los limones y un poco de azúcar.<br />
Se metieron en la cocina a buscar los trastos mientras yo asaltaba el mueble bar donde Isabel me había indicado que estaban las bebidas. Allí estaba todo lo necesario.<br />
Las puse a exprimir limones mientras yo rompía el hielo y echaba los licores.<br />
—Su margarita, señoritas.<br />
—¡Graciaaas!<br />
Tres vasos, con su sal en el borde, llenos de margarita hasta arriba. Pensé que me había pasado con la cantidad. Estas dos lo iban a flipar.</p>
<p>Les encantó, como no podía ser de otra manera. Isabel había puesto la MTV en la tele y cinco minutos después, Sara ya estaba de pie saltando encima del sofá, con sólo medio margarita restante en el vaso. Yo me quedé hablando con Isabel. Sus ojos me embriagaban. Tenía un sex-appeal que no correspondía a su edad. No sabría definir muy bien lo que era, una especie de elegancia en su forma de expresarse que la hacía parecer más madura y atractiva de lo que le correspondería por su edad. Después de un rato en las sillas nos sentamos en el sofá. Sara, a su bola, bailaba por la habitación mientras apuraba el resto de su margarita. Yo me encontré sentado junto a Isabel sin poder retirar la vista de sus ojos. Tenía una sonrisa sincera, dulce. La conversación se fue haciendo poco a poco más lenta, más suave, más relajada. Cada vez se acercaba más a un murmullo. Yo seguía sin poder quitar mis ojos de los suyos. Cuando me quise dar cuenta, nuestras cabezas estaban tan cerca que nuestras narices casi se chocaban. No pude aguantar más. La besé. Fue un beso corto, directo a los labios, apenas más largo que un pico. Isabel se puso roja, pero no se inmutó. Lo volví a repetir. Isabel inclinó un poco la cabeza. Para mí fue una invitación a continuar. La comencé a besar, suavemente. Mi mano subió por su pierna hasta su cintura, acariciándola con la yema de los dedos. Inconscientemente se acercó más hacia mi.</p>
<p>—¿Eh, y yo qué?<br />
Estoy convencido de que Sara no lo dijo porque quisiera participar, sino porque se sentía apartada. Esta chica era guerrera y en ese momento no era la protagonista de la historia.<br />
—¡Ja, ja, ja! ¿Te ha gustado el margarita?— Su copa estaba completamente vacía.<br />
—Siiií, me encanta.<br />
—Venga, ven aquí.— Le dije echándome hacia atrás y golpeando con la palma el escaso espacio entre las piernas de Isabel y las mías.<br />
—No, que molesto.<br />
—No seas capulla, ven aquí, pero a la de &#8220;ya&#8221;.<br />
Vino corriendo y se tiró de golpe en el sofá, con sus piernas por encima de las nuestras, riéndose. Esta chica nunca dejaba de reírse. Reanudamos la conversación banal, pero mi fuego estaba encendido, e Isabel no dejaba de mirarme. Pasé mi mano derecha por encima del muslo de Sara, inocentemente. Poco a poco la empecé a acariciar. Con mi mano izquierda, que estaba apoyada en el respaldo del sofá, comencé a jugar con el pelo de alrededor de su oreja. La atropellada palabrería de Sara, que no dejaba de reír y de hablar, fue menguando hasta quedarse en algunas frases sueltas. La mano izquierda de Isabel estaba encima del otro muslo de Sara.</p>
<p>Y yo no podía más.</p>
<p>Me apoyé más sobre el respaldo, acercándome a Sara. Parecía que se estaba poniendo roja por momentos. Isabel no dejaba de mirarme, y yo a ella.</p>
<p>No podía más.</p>
<p>Lentamente cerré el espacio que quedaba entre Sara y yo. Le di un beso en la mejilla, cerca de los labios. Un beso suave, dulce. Sara, tan decidida como parecía anteriormente, tenía cara de no saber que hacer. Sus ojos mezclaban una pizca de asombro mezclada con la bendita inocencia de aquel que está desinhibido por el alcohol. Isabel seguía mirándome igual que antes y decidió entrar en el juego. Le dio un pico, en la mejilla contraria. Continué con el juego y volví a besar a Sara, esta vez tocando parte de los labios. Tanto mi mano como la de Isabel estaban acariciando sus muslos. Sara giró un poco la cabeza hacia mi, sin atreverse a mirarme, lo justo para que la pudiera besar en los labios. Fue un beso sencillo, pero no por ello menos interesante. Después vino otro. Y otro. Los ojos de Sara se entrecerraron. La fiesta había comenzado.</p>
<p>Isabel comenzó a darle besitos en la mejilla, uno tras otro. La boca de Sara se abrió ligeramente y mi lengua comenzó a rozar sus labios. Mis besos comenzaron a bajar hacía el cuello, obligando a Sara a girar la cabeza hacia Isabel. Mi mano derecha ahora estaba en la cintura de Isabel, instintivamente obligándola a acercarse más. Mi mano izquierda estaba acariciando la nuca de Sara. Por el rabillo del ojo vi como Isabel y Sara comenzaban a darse picos, que iban aumentando de intensidad y duración. Pero era mi turno. Me acerqué a Isabel y ella a mi, y comenzamos a besarnos. Sara comenzó a jugar con mi cuello, copiando los movimientos que yo había hecho antes en el suyo. Mis manos empezaron a moverse hacia partes más sensibles. Nuestras lenguas volaban. Parecía que los tres habíamos perdido el miedo ya.</p>
<p>Continuamos así durante unos minutos hasta que decidí apretar un poco. Cogí a Sara de la nuca y, con delicadeza, la fui obligando a pasar de mi cuello al de Isabel, que seguía comiéndome la boca. Seguí besándola y, después de un rato, me separé de ella. La escena era ideal. Isabel estaba con los ojillos cerrados, con su brazo por encima del hombro de Sara. Evidentemente lo que ésta le estaba haciendo en el cuello le estaba gustando, así que decidí que era hora de premiar a Sara por su trabajo. La observé detenidamente, puesto que no había tenido oportunidad de hacerlo antes. Sus tetas asomaban por encima de su top. Eran más bien pequeñas, pero parecía que se hubiera puesto un sujetador de la A con relleno en unas tetas de la B. El resultado es que aquello rebosaba como si fuera a punto de estallar. La vista de sus pechos pequeños, prietos, redondos, duros, me calentó aun más. Esa chica no necesitaba ningún sujetador para mantenerlas en el sitio.</p>
<p>Comencé a besarle el cuello, mientras ella hacía lo mismo con el de Isabel, y fui bajando poco a poco por sus hombros hasta que pude pellizcar con los labios la parte del pecho que desbordaba su minúscula ropa. Mientras, con la otra mano atraía a Isabel, no quería que se sintiera aislada de la fiesta. Con mi mano izquierda fui apartando poco a poco el top de Sara, un centímetro aquí, un milímetro allá, para que no se sintiera incomoda, mientras que ahora eran mis dientes los que mordisqueaban su pecho. Sara estaba pasándolo en grande, Isabel se había cansado de que jugara con su cuello y se estaban comiendo la boca las dos sin ningún reparo.</p>
<p>¿He dicho ya que no podía más?</p>
<p>—¡Que calor!— Dije. Y me quité la camisa. En realidad mi camisa me daba igual, pero necesitaba ver las tetas de Sara ya, o me iba a dar algo. Tiré la camisa y poco a poco fui subiendo su top. En ningún momento hizo amago de impedirlo. Isabel apenas se despegó de ella el segundo necesario para terminar de quitarle el top, y siguió comiéndole la boca como si quisiera empacharse de ella. Mi objetivo estaba más cerca. Comencé a acariciar la teta izquierda de Sara con mi mano derecha, mientras mi boca mordisqueaba su teta derecha y mi mano izquierda intentaba desabrochar el sujetador por detrás de su espalda. Con un poco de esfuerzo lo conseguí. Sara se tapó con los brazos.<br />
—Me da vergüenza.<br />
—Joder, no tienes que tener vergüenza, tienes unas tetas preciosas.<br />
Isabel las miraba sin saber que decir, mientras acariciaba el cabello de Sara.</p>
<p>Le aparté los brazos y comencé a besarle suavemente los pezones, para pasar a recorrer sus tetas por completo con la lengua. Su vello, transparente, se erizó. Echó la cabeza hacia atrás recostándose sobre el respaldo del sofá, arqueando la espalda, dándonos a probar esas preciosas tetas. Estaba entregada. Yo aproveché la oportunidad para seguir comiéndole las tetas mientras le acariciaba la barriga. Isabel se cebó con cuello, que iba alternando con su boca. Ahora que Sara estaba completamente involucrada tocaba ir a por Isabel que, al fin y al cabo, era el objetivo principal.</p>
<p>Me acerqué a Isabel y comencé a besarle el cuello, mientras ella seguía besando a Sara. Cogí a Isabel por la cintura y, con la ayuda de Sara, fui subiendo el blusón semitransparente que llevaba hasta sacárselo por encima de la cabeza. El cuerpo de Isabel era impresionante. La cabellera morena, ligeramente ondulada, le caía sobre los hombros. Su piel morena delataba que había pasado más tiempo en los últimos días en la playa que estudiando. Mi excitación iba en aumento, si es que acaso podía aumentar más. La de Sara parecía que también, miraba a Isabel mientras yo le quitaba el sujetador pero su mano alcanzó mi paquete, delatando que quería algo más. Las manos volaban. Los labios se movían de un sitio a otro. A partir de aquí todo empezó a volverse confuso.</p>
<p>Miré a Isabel a los ojos y luego bajé la vista hacia mi entrepierna. Isabel entendió el mensaje y me comenzó a desabrochar el pantalón. Sara nos acariciaba y besaba a los dos. Cogí los pantalones y los lancé lo más lejos posible, en un acto de liberación. Isabel me acarició el bulto que los boxers ajustados que llevaba no podían contener. Los estiró hacia abajo y yo me los terminé de quitar y los lancé volando al otro lado del salón. Comenzó a acariciarme los muslos y la barriga, parecía que le diera reparo seguir. Yo le miré, suplicante, con ojitos de cordero degollado. Al ver mi cara Isabel comenzó a acariciarlo con una mano, muy suave y delicadamente. No se atrevía ni a pajearme. Aguanté un poco así, mientras mis manos y mis labios intentaban compensar a Sara, pero no podía esperar mucho más.<br />
—Parece que le tengas miedo.— Le dije a Isabel, riéndome.<br />
—Es que las que he visto no eran así.<br />
—Así, ¿cómo?<br />
—Así grande.— Dudó un momento antes de contestar.<br />
Me quede unos segundos mirándola, disfrutando de esa inocencia que sólo la inexperiencia de la juventud proporcionaba.<br />
—Venga, que seguro que puedes con ella.— Le dije, volviéndome a reír.<br />
El voto de confianza parece que surgió efecto y comenzó a machacármela arriba y abajo. No estaba mal, pero en ese momento yo necesitaba ya algo más. Le hice un gesto con la cabeza. Isabel me miró, dubitativa.<br />
—Chúpala.— Le dije en un susurro tan imperceptible que si ella lo entendió fue porque me debió de leer los labios.<br />
Y allí que fue. Se acercó a ella y, muy despacito, comenzó a chuparla. Yo ya estaba en otro mundo para aquel entonces. Comencé a soltar gemiditos y monosílabos de aprobación, y eso le hizo venirse arriba. Comenzó a chuparla con más intensidad, e incluso se atrevió a sacársela de la boca y repasarle la lengua de arriba a abajo varias veces.<br />
—¡Eh, yo también quiero!— Se quejó Sara, mirando el trabajo que Isabel estaba haciendo. Isabel se rió. Yo también, pensando que nunca más en la vida iba a oír esa frase en ese contexto.<br />
—¡Pues venga, a que esperas!— Le animé sin poder aguantarme la risa. Y para facilitarles el trabajo me puse de rodillas sobre el sofá. Sara cogió aquello con una mano y se lo quedó mirando.<br />
—¿Qué pasa?— Le dije.<br />
—¡No se que hacer!— Me dijo, medio riéndose.<br />
—¡¿Cómo que no sabes que hacer?!— Me empezaba a doler la barriga de tanto reírme. —¿No la has chupado nunca?<br />
—¡Siiiií!<br />
—¡Pues venga, coño!<br />
Sara lo cogió con ganas. Posiblemente, si hubiera estado ella sola habría sido mucho más cortada, pero creo que el hecho de que Isabel le hubiera servido de ejemplo le hizo atreverse mucho más. Se defendía bien, pero me permití ir dándole algunas indicaciones que seguramente le servirían ahora y más adelante en el futuro.</p>
<p>Isabel comenzó a tomar conciencia de lo que estaba pasando. Mientras besaba a Sara en los hombros y la espalda comenzó a desabrocharse el pantaloncito que llevaba sin dejar de mirarme ni por un segundo. Le hice un gesto con la cabeza señalando a Sara. Isabel me entendió y comenzó a quitarle a Sara la ropa que le quedaba puesta, mientras ella continuaba chupándomela sin parar ni por un segundo.</p>
<p>Las cartas ya estaban sobre la mesa y yo estaba completamente lanzado. Cogí a Sara y la tumbé en el sofá, me puse sobre ella y comencé a recorrer todo su cuerpo con mi boca y mis manos. Poco a poco fui descendiendo hacia su entrepierna mientras Isabel comenzó a besarle en la boca y en las tetas. Sara se retorcía a un lado y a otro, como si estuviera atrapada, pero sin intención de escapar. Tenía las piernas juntas, plegadas hacia un lado. Aprovechando que Isabel la estaba distrayendo por arriba comencé a besarle los muslos con intención de acceder a su premio lo antes posible. Tras un poco de resistencia pasiva y una buena tanda de caricias y besos por mi parte, Sara comenzó a ceder y dejó que yo tomara el control de sus muslos. Fui abriendo con delicadeza y aumentando la intensidad con la que mi boca lamía, mordía y succionaba, mientras me acercaba a su sexo.</p>
<p>Me situé frente a él, echándole el aliento cálido de mi respiración, acariciando sus muslos arriba y abajo. Sara me miraba, mostrando entre sorpresa y curiosidad por lo que yo iba a hacer, con los ojillos entrecerrados mientras Isabel le mordisqueaba el cuello. Le acaricié suavemente, con la yema de los dedos y mis labios sobre los suyos. Sara me seguía mirando y comprendí que lo que me había parecido curiosidad era en realidad puro morbo. Mi lengua se puso en acción y así dejó de mirarme, más concentrada en arquear la espalda y disfrutar de lo que le estaba pasando. Traje a Isabel para mí, para que pudiera ver lo que estaba pasando. Se puso a observar mis movimientos sin dejar de acariciar y besar los muslos de Sara. Acerqué mi mano a la boca de Isabel para que chupara mis dedos y lo hizo cogiéndome la mano, sujetándola y mirándome con una fuerza que me encendía. Le introduje los dedos a Sara, primero uno, luego dos. Me puso una pierna encima, estirando las manos como si intentara atraernos hacia ella. Su respiración era intensa.</p>
<p>Era hora de avanzar las líneas. Rebusqué por lo que quedaba a mano de mi ropa algún condón que ponerme y mientras le acerqué mi miembro a Isabel, que lo lamió con fruición. Me puse la gomita y miré a los ojos a Sara. Todavía quedaba en sus ojos el pequeño brillo de la incertidumbre, de lo desconocido.<br />
—Fóllatela ya.— Me susurro Isabel, mientras la acariciaba. Sara la miró con una pizca de sorpresa, seguramente las amigas nunca habían imaginado verse en esta situación.<br />
—A tus órdenes.— Dije. Me puse sobre Sara y cuidadosamente apunté a la diana. Sus ojos me miraban muy abiertos, expectantes. Comencé a empujar e inmediatamente arqueó la espalda, torciendo la cabeza hacia un lado, abandonándose a las sensaciones y al placer. Isabel me besaba, me acariciaba la espalda y el pecho mirando de vez en cuando el cuerpo tendido de Sara que se retorcía bajo mis envites. Levanté la pierna derecha de Sara y le mordisqueé el gemelo y el pie.</p>
<p>—Date la vuelta.— Le ordené a Sara después de un rato en aquella postura. Le ayudé a girarse cogiéndola de las caderas. Tenía el culito delgado, prieto. El cabello le caía sobre la espalda. Le introduje el pene sin ningún miramiento, cogiéndola con fuerza de las caderas, como si la quisiera atravesar de parte a parte. El calor me cubría todo el cuerpo, dos gotas de sudor caían por mis sienes. Isabel besaba la espalda de Sara, su cuello, su boca. Vi por el rabillo del ojo que se estaba acariciando ella misma. Eso me encendió más todavía. Acaricié su espalda mientras ella intentaba alcanzar con al boca los pechos de Sara que saltaban adelante y atrás con mis golpes. El culo de Isabel era más generoso. Sus caderas más anchas, su piel más morena. Acaricié sus nalgas, puse mi mano sobre su sexo. Necesitaba hacer mio ese culo.</p>
<p>Hice un sprint hasta que Sara se retorció y cayó de lado sobre el sofá, visiblemente agotada. Me levanté, cogí a Isabel y llevé su cara contra la pared.<br />
—Ahora te toca a ti— Le susurré al oído, mientras tanteaba su trasero con mi mano. Apenas un susurro salió de sus labios, pero lo entendí como una luz verde. Estiré sus caderas hacia atrás, tanteé buscando el bote del sorteo de esa semana, y acerté hasta el número complementario. Sara nos miraba desde el sofá, completamente tirada, acariciándose con dejadez. Yo agarraba a Isabel fuertemente por las caderas, mi pecho contra su espalda, mientras le chupaba el cuello. Ella tenía la cabeza de lado, con la mejilla apoyada contra la pared, sus dos manos buscando un inexistente punto al que agarrarse en aquella superficie plana y lisa. Hundí la cabeza en su cabello. Su aroma me volvió más loco todavía. La saqué, sofocado, y me volví al sofá a buscar algo más de comodidad. Me senté e Isabel se subió encima de mi. Nos miramos fijamente a los ojos mientras, sujetándola por la cintura, le ayudé a introducir mi pene en su vagina. Isabel comenzó a cabalgar arriba y abajo con ganas. Yo aprovechaba para acariciar a Sara y ella puso su mano sobre Isabel, intentando ayudarle a empujar, sorprendida por la intensidad de sus movimientos. Cogí a Isabel por la espalda para acercarme a ella y poder lamer sus tetas. Ella me cogió la cabeza y me empujó hacia ella, como su quisiera que la devorara entera. Después estiré de Sara para acercarla a nosotros y que también le chupara las tetas a Isabel.</p>
<p>No se cuando rato estuvimos así, porque perdí la noción del tiempo. En aquel punto, Isabel estaba completamente entregada, con los ojos cerrados. Se echó hacia atrás, mientras yo la sujetaba por la espalda, arqueándose, abriendo los brazos en un gesto involuntario de entrega total. En un momento dado se incorporó hacia delante, me abrazó con las piernas y los brazos, sujetándome como si me fuera a escapar. Su respiración jadeante, intensa y acelerada, se convirtió en un largo y suave gemido que se fue apagando hasta detenerse por completo. Sus uñas se clavaron en mi espalda. Noté en mi miembro la presión de sus músculos vaginales contrayéndose, lo cual me acercó al punto sin retorno. Sostuve su cuerpo, medio inerte, fuertemente con los brazos hasta que abrió los ojos y la hice a un lado, dejándose caer casi a plomo sobre el sofá. El apretón que me había dado sobre mi miembro me había dejado a punto de caramelo. Me quité el condón y agarré a Sara por la nuca. Me chupó el miembro enérgicamente, contagiada por el éxtasis del momento. Pensé que hacerlo dentro de su boca sería demasiado para el primer día, así que la saqué de ahí.<br />
—Por lo que más quieras, ni se te ocurra parar hasta que te lo diga.— Le dije, acomodándome para que mi rabo quedara a la altura de sus prietos pechos. Sara me masturbó con una mano mientras con la otra me acariciaba las pelotas y, casi de inmediato, eyaculé como hacía años que no lo hacía. Llené a la pobre Sara de semen que le chorreaba desde el cuello hasta el ombligo. Ella me miraba alucinada. Completamente rendido, caí sobre el torso sudado de Isabel, que todavía tenia la respiración acelerada. Sara, que o bien se había quedado con ganas, o bien había recuperado sus fuerzas, continuó chupándome la polla y casi de inmediato el sueño me venció.</p>
<p><img src="http://hablandoconeva.com/wp-content/uploads/2009/08/a.jpg" alt="El sol amaneciendo entre unas palmeras en la playa del Torreón en Benicassim (Castellón)" title="Amanecer en Benicassim" width="480" height="360" class="aligncenter size-full wp-image-1235" /></p>
<p>Me desperté unas dos horas después cuando el sol se abría paso por el gran ventanal del salón. Recogí mi ropa, me acondicioné un poco en el baño y me vestí. Las dos pequeñas diosas yacían en el sofá. Isabel, con el pelo completamente deshecho, durmiendo plácidamente con la cabeza apoyada sobre el brazo del sofá. Sara tenía la cabeza apoyada sobre el muslo de Isabel y las heridas de guerra todavía en el pecho. El sol directo de la ventana iluminaba sus cuerpos con tonos anaranjados, remarcando sus curvas, como en un perfecto bodegón humano. Las observé durante unos segundos más y, resistiendo la tentación de darles un último beso, una última caricia, para no despertarlas, salí por la puerta.</p>
<p>Sentí que algo se había quedado a medias con Isabel, y eso me dejó en aquel momento un mal sabor de boca. Pero no pasa nada. Aquella no fue la última vez que las volví a ver.</p>
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