De vez en cuando me gusta darme una vuelta por mi barrio. No lo suelo hacer muy a menudo porque, a pesar de que no vivo demasiado lejos del centro, mi vida suele implicar coger el coche para casi todo. Hace años me gustaba mucho pasear, pero es algo que dejé de hacer.
Hoy he ido a comprar unas cosas por el centro después de trabajar. La tarde se ha convertido en noche ya. La calidez del sol deja paso al frío del invierno. Me alejo del centro y me acerco a mi barrio en lugar de volver directamente a casa por el camino más corto. No se porqué lo hago, porque el frío que hace no invita a pasear. O quizá sea eso, que necesito enfriar las ideas. A medida que voy caminando me voy acercando a los lugares que me resultan familiares. La esquina en la que nos comíamos los bocadillos de tortilla de patata de la cantina del instituto. El local que era una droguería (¿existen todavía las droguerías?) y ahora no es más que una persiana metálica oxidada. El bar de la esquina donde el conserje del instituto se tomaba los carajillos. La acera junto al colegio donde mi abuelo esperaba a que yo le viera, porque él no me podía distinguir entre la marabunta de niños por las cataratas que tenía. El kiosco de la esquina que cerró siendo yo pequeño y ahora vuelve a estar abierto. El patio de mi colegio, con ese manchurrón de hormigón en el medio que recuerda que una vez chicos y chicas tenían patios separados. El semáforo que crucé por primera vez sólo para volver a casa un día que mi madre llegó tarde a recogerme. El jardín, ahora hormigón, en el que jugaba de pequeño a las canicas. El hogar del que una vez me fui y que, ahora mismo, no se si es mi pasado o mi futuro. El árbol bajo el cual le dí el último beso.
Por un tiempo quise huir de todo esto. Nunca he pensado que me sintiera atado a nada de aquí. Y cuando más cerca he estado de abandonarlo, he descubierto lo mucho que lo hubiera echado en falta. No sé porqué. Supongo que toda mi vida la he pasado aquí, así que en cierta forma, parte de mi vida es este lugar. O quizá no.