Día 28 de febrero de 2010.
Me despierto con la cabeza revuelta. La habitación está en penumbra. No soy capaz de discernir que hora del día es. Tampoco me importa. Me siento en el borde del colchón. Me duelen todas las articulaciones. Oigo a Catherine moverse en la cama junto a mí. Siseante, se acerca por la espalda. Pasa su cabeza por encima de mi pierna y baja hasta el suelo. El roce de su piel, fría y escamosa, me estremece. La observo mientras su cola llega al suelo, serpenteante. ¿Cuanto debe de medir ya, tres, cuatro metros? Me incorporo lentamente. Avanzo hacia lo que queda de aseo con paso torpe. Palpo la pared hasta encontrar el interruptor y enciendo la insignificante bombilla de 40W que da luz a la estancia, la única que me atrevo a encender, de vez en cuando. Me planto frente al espejo partido en dos. Abro el grifo del agua fría mientras una cucaracha rodea el lavabo huyendo de lo que me queda de humanidad. Cojo un poco de agua y me la lanzo sobre la cara. Me quedo mirando las manos, huesudas, arrugadas, esqueléticas. Como el resto de mi cuerpo. Miro hacia abajo y veo esa broma que una vez fue un cuerpo humano. Las costillas se marcan de forma brutal. El abdomen, hundido hacia dentro, da muestras de la falta de alimentación. El pene arrugado es una sombra de lo que fue. Las piernas, que no son más que un pedazo de músculo que apenas rodea al fémur, me sostienen, temblorosas. Mis pies han perdido toda sensibilidad por el contacto con el frío suelo. Tampoco siento las gotas de agua que caen desde mi cara directamente sobre el empeine del pie. Levanto la cabeza y me miro en lo que queda de espejo. A duras penas acierto a reconocerme. Los ojos, hundidos sobre las cuencas, han perdido su brillo. La mandíbula marca el contorno de una cara triste, demacrada. Unos cuantos mechones de pelo asoman sobre mi cabeza. Me toco los vacíos en la barba, restos del stress del pasado.
Vuelvo hacia la habitación con paso dubitativo, apoyándome en las paredes. El sonido de la televisión del apartamento de al lado rompe el silencio. Una sirena de policía lejana le acompaña desde la ventana de la calle. Me acerco a la ventana y aparto ligeramente la raída cortina. Parece que justo acaba de anochecer. Desde la ventana de mi apartamento en la Calle 143 puedo ver el cruce con Broadway y el tráfico intenso que circula por ella. Suelto la cortina, disgustado por este breve contacto con la humanidad. Oigo a Catherine sisear detrás de mí. Me giro y la veo reptando por el suelo, acercándose a mis piernas. Pasa por en medio de ellias y se gira, retorciéndose sobre mi tobillo. La aparto y me siento sobre la cama otra vez. Estoy cansado. Muy cansado. Creo que necesito…
Estoy tumbado en la cama. Siento una opresión en el pecho, un peso que me aplasta, una mano invisible que me retiene. Intento agitarme, liberarme, soltarme, pero no tengo fuerzas. Poco a poco la opresión se marcha. Intento centrarme. Apoyo mis manos para incorporarme y tocan algo frío y húmedo. Estoy en el suelo. Me pongo en pie confuso, perdido. Miro alrededor. Me encuentro en un pasillo estrecho, angosto, que se extiende en dos direcciones y del cual no puedo ver el final. Una extraña luz, tenue, que parece proceder de ningún sitio, ilumina débilmente el suelo. Siento que me falta la respiración, agobiado todavía por la opresión que sentía antes. El lugar tiene un olor intenso, amargo, ocre. Me acerco a la pared para sostenerme. Mis manos se apoyan sobre una sustancia fría, húmeda, viscosa. Su contacto hace que un escalofrío recorra mi espina dorsal. Me miro las manos bajo la escasa luz. Están manchadas. De sangre. Un trago de bilis amarga me sube por el esófago. Avanzo por el pasillo buscando una salida, arrastrando los pies sobre el húmedo suelo. Al avanzar me doy cuenta que las pareces no son rectas, si no que tienen un relieve extraño, casi orgánico. Sigo avanzando intentando ignorar el hedor que cada vez se hace más fuerte. Un sonido grave, débil, casi como un rumor, llega hasta mis oídos. Me acerco a la pared intentado buscar el origen. Entre la penumbra veo como parece rezumar algún tipo de liquido de la pared. Sigo avanzando. Los pies pisan cada vez más líquido. Las paredes se vuelven más irregulares. Por un instante parece que se mueven, que palpitan. Sigo avanzando. La vista se me nubla. Sigo avanzando. Me cuesta respirar. Sigo…