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	<title>Hablando con Eva &#187; coche</title>
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	<description>Conversaciones de un adolescente de treinta y tantos con su costilla flotante</description>
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		<title>Fruta prohibida</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Jul 2008 23:59:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Me desperté con las sabanas pegadas al cuerpo. Por más que hubiera dormido desnudo, la compañía de Susana en la cama y el calor sofocante del mes de Julio habían hecho imposible mantener los ojos cerrados durante más de una &#8230; <a href="http://hablandoconeva.com/2008/07/fruta-prohibida/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me desperté con las sabanas pegadas al cuerpo. Por más que hubiera dormido desnudo, la compañía de Susana en la cama y el calor sofocante del mes de Julio habían hecho imposible mantener los ojos cerrados durante más de una hora seguida. La noche anterior nos habíamos quedado en casa viendo unas películas, un plan ideal para un sábado noche si no fuera porque ese plan también incluía a mi novia. Después de una velada apasionante, nos acostamos a eso de las 3 y tardé un buen rato en dormirme. A eso de las 5 llegó su hermana y me desperté con el ruido de la puerta. Desde entonces estuve abriendo y cerrando los ojos, dándole vueltas a mi situación.</p>
<p>Hacía tres meses que la cosa con Susana iba de mal en peor. La verdad es que en los ocho meses que llevamos juntos no nos hemos llegado a llevar bien, pero desde Mayo todo se había complicado bastante. A mi habitual apatía hacía las normas y convenciones sociales de la pareja se sumaba que Susana estaba en estado de quasi-histeria por culpa de las oposiciones. Ciertos días estaba realmente intratable y yo, harto de tanto nerviosismo, terminaba por no hacerle caso, lo que le hacía ponerse más nerviosa todavía. Ahora ella estaba ya de vacaciones, esperando los resultados, pero nuestra relación no había mejorado lo más mínimo. Sinceramente, no creía que pudiera aguantar 15 días más con ella.<br />
<span id="more-43"></span><br />
A eso de las 11 me desperté finalmente, completamente pegado a las sabanas, y decidí irme directamente a la ducha. El agua fría me calmó un poco el dolor de cabeza que tenía por culpa del calor. Me puse algo encima y me senté en el sofá con los pies encima de la mesa. Mientras me comía un bol de una cosa marrón que parecía ser sucedáneo de muesli, puesto que no había cereales normales en aquel apartamento, encendí la tele. Después de zapear un rato me quedé meditando que programa debía ser más aburrido, si la repetición de una cosa llamada &#8220;Tu si que vales&#8221; donde la gente salía a humillarse en público, o la ración semanal de &#8220;Pueblo de Dios&#8221;.</p>
<p>A las doce y pico, inmerso yo en mi dilema para elegir un canal de televisión y poderle prender fuego al mando, apareció Marta, la hermana de mi novia. Hasta entonces sólo la había visto 3 ó 4 veces, creo recordar que una vez vino al cine con nosotros. Marta entró en el salón con cara de sueño y los ojos casi cerrados. Llevaba puesta una camiseta blanca de tirantes que apenas tapaba lo que tenía que tapar. Sin mirarme, murmuró algo parecido a &#8220;Buenos días&#8221; y se dirigió al aseo.</p>
<p>La verdad es que nunca me había fijado en Marta hasta aquel momento. Físicamente era bastante diferente a Susana, y si no fuera por algunos rasgos faciales, nadie diría que eran hermanas. Susana era bastante alta y delgada. Estaba orgullosa de su figura esbelta y seca. A mi, en cambio, me estaba empezando a dar un poco de grima. Tenia un pecho de tamaño normal, puntiagudo, el culo muy pequeño y unas caderas muy estrechas. Tenia el pelo moreno y corto. Cuando la miraba, me agradaba pensar que no se había empezado a estropear a pesar de estar a punto de hacer los 28. Era relativamente guapa y los años no habían empezado a hacer mella en su cara todavía.</p>
<p>Marta era completamente diferente a su hermana. Era bastante más bajita y un poco más rellenita. No estaba gorda, ni mucho menos, pero comparada con su hermana tenía mucha más chicha. Tenia unas caderas anchas y generosas, lo que le había tener un buen culete. Los muslos morenos y jugosos asomaban por debajo de la camiseta que apenas acertaba a cubrirle las cachas del culo. Sus pechos eran más grandes que los de su hermana, y a gracias a la camiseta se apreciaban redondos y firmes, como no podía ser de otra manera en una persona de 19 años. Tenia el pelo rubio al que le empezaba a asomar el castaño natural por las raíces. Tenia la cara más redonda que Susana, quizá porque no estaba tan delgada. En cualquier caso, era bastante guapa.</p>
<p>Noté una vibración a la altura de los gallumbos, pero me había dejado el móvil en la habitación así que no le dí más importancia. Hice una última ráfaga de zapping para confirmar que muy a mi pesar ya no echaban Bricomanía —imperdonable— y me dirigí a la habitación para despertar a Susana, que seguía durmiendo.</p>
<p>Después de preparar un arroz con verduras, comimos los tres en el apartamento. Sus padres se habían ido a Madrid el viernes a una reunión de negocios —desventajas de tener tu propia empresa, supongo— y habían aprovechado para pasar el fin de semana allí, así que estábamos los tres solos en casa. Susana estaba sentada a mi izquierda, en el mismo lado de la mesa, ambos de cara a la tele. Marta estaba a mi derecha, sentada hacia nosotros pero con la cabeza girada mirando la tele. Quizá porque Susana no me dirigió la palabra en toda la comida, o quizá no, empecé a sentirme incomodo sentado en la mesa. Me encontré mirando a Marta cada vez más, ya que buena parte de su pecho se veía entre el hueco que por el lado dejaba la camiseta de tirantes. Si la hubiera llevado mi novia no le habría pasado eso pero, con el tamaño del pecho de Marta, la camiseta no podía más que enseñar carne a diestro y siniestro. Para rematarlo, cuando había acabado su plato, terminó de girar la silla hacia la tele, sacando las piernas de debajo de la mesa y cruzándolas. Y ahí apareció ante mi ese muslo, morenito, redondo, tierno, que parecía interminable, a pesar de ser ella paticorta como casi todas las mujeres de la región. Y yo no podía dejar de mirarlo.</p>
<p>Me giré y miré a Susana que seguía con cara de palo mirando la tele y sin dirigirme palabra. Le eché una mirada de arriba a abajo haciendo una inconsciente comparación con lo que acababa de ver y decidí recoger los platos e irme a fregar. Al levantarme de la silla me acerqué de forma accidental a Marta, que estaba recostada en su silla, y la fragancia de su cabello me acarició la nariz. Usaba sin duda el mismo champú que Susana pero, por algún inexplicable motivo, al olérselo a ella un escalofrío recorrió mi cuerpo de la cabeza a los pies. Cuando se lo olía a Susana, ni fu ni fa. Algo no estaba yendo bien.</p>
<p>Después de la sobremesa de rigor con el cafetito y los odiosos telefilmes de la tarde, Marta se marchó a arreglarse porque había quedado con unas amigas. Media hora después volvió con el cabello húmedo, unas sandalias casi invisibles y un precioso vestido amarillo. Tenía mucho vuelo, un escote en V y dos finos tirantes que lo sujetaban en su sitio. El vestido, bastante ceñido, le presionaba el pecho que, sin ningún sostén que lo dirigiera, se acumulaba en el centro marcando un suculento canalillo. Susana estaba tumbada de lado en el sofá con la cabeza apoyada en mi abdomen. Marta se acercó para hablar con su hermana y se interpuso entre la tele y nosotros. Y ahí estaban otra vez, esas caderas perfectas. Intenté hacer como que miraba al infinito mientras recorría con la vista la silueta de su culo centímetro a centímetro. Gracias a dios el peso de Susana sobre mi impidió que se me despertara el <em>instinto</em>. Después de intercambiar unas cuantas frases con su hermana, Marta se marchó, abandonándonos en nuestro monótono silencio anterior.</p>
<p>Hora y media más tarde, el infierno se había abierto en aquella casa. Parecía que Susana estaba esperando a que se marchara Marta para levantar la liebre. Primero sugirió ir a cenar fuera esa noche. A mi no me apetecía gastarme más dinero, le expliqué que la semana siguiente me venía el seguro del coche. A partir de ahí, lo de siempre:<br />
—&ldquo;Nunca hacemos nada de lo que me gusta.&rdquo;<br />
—&ldquo;Pero si siempre tenemos que hacer lo que tu dices.&rdquo;</p>
<p>La conversación fue subiendo de tono. Llegado un punto a Susana se le cruzaron los cables y me insultó. —&#8221;Ya tengo suficiente&#8221;— pensé. Y me marché a la habitación a recoger mis cosas. Susana, lejos de arrepentirse, se vino arriba. Subió de tono los insultos y yo terminé también gritando. Cogí mis cosas lo más rápido que pude y me fui de allí como alma que lleva el diablo. Salí a la callé y cerré el portal detrás de mi. Me apoyé un momento en la pared para tomar aire y tranquilizarme. Hacía mucho tiempo que alguien no me hacía perder la calma de esa manera. Me esperé un minuto pero seguía estando inquieto. Me toqué los bolsillos. Algo no estaba bien. Abrí la mochila: móvil, cartera&#8230; mierda. Con las prisas me había dejado las llaves en su habitación.</p>
<p>Me quedé delante del portal maldiciéndome a mi, a ella y al universo entero. Ahora tendría que subir a pedirle las llaves. No se me ocurría nada más humillante en ese momento. Estuve un rato con cara de imbécil haciendo ochos delante de la puerta. En el momento que estaba casi decidido a llamar al timbre, Marta y una amiga giraron la esquina. Su amiga cruzó para marcharse por la calle transversal mientras Marta le hacía un gesto con la mano. Me esperé hasta que llegó al portal. A ver como cojones se lo explicaba.</p>
<p>—¿Ey, que haces? ¿Te vas ya?<br />
—Si, es que&#8230; bueno, es que hemos discutido un poco.<br />
—No me extraña, con la mala leche que tiene Susana. ¿Y que haces aquí esperando?<br />
—Ehmm&#8230; resulta que he salido a la calle y me he dado cuenta de que me he dejado las llaves arriba.<br />
—Ah, ¿y estás esperando a que las baje?<br />
—No, es que me he dado cuenta ahora y&#8230; bueno, que me daba un poco de palo decírselo.<br />
—Ah, espera, yo te las bajo. ¿Donde están?<br />
—Deben estar en el cajón de la mesita de tu hermana. Tenía ahí la cartera también pero las llaves deben haberse quedado debajo.<br />
Sin tiempo a decirle nada más, salió corriendo escaleras arriba. Me quedé abajo esperando. Me sentía humillado por haberme olvidado las llaves y me sentía humillado por haber enviado a su hermana a por ellas. Susana iba a descojonarse de mi por ser tan valiente.</p>
<p>Dos minutos después bajó Marta un poco seria.<br />
—No se que pasa, no las he encontrado.<br />
—Me cago en la mar, igual las ha encontrado tu hermana y las tiene ella.<br />
—¡Que nooooo! —Sacó el manojo de llaves mientras sonreía de oreja a oreja— ¡Que era broma!<br />
Respiré aliviado por un momento.<br />
—¿Y tu hermana? ¿Qué ha dicho?<br />
—Nada, no se ha enterado, estaba mirando la tele y hablando por el móvil.<br />
—Seguro que le estaba contando lo que ha pasado a su amiga Cris. La mala puta siempre se entera ella de nuestros problemas antes que yo.<br />
Me callé de golpe creyendo que había metido la pata. No sabía que pensaba Marta de Cris.<br />
—¡Ja, ja, ja! Esa tía es una petarda, me cae como el culo.<br />
Verla reírse me alegró un poco, pero no me podía quitar la cara de palo de encima. Ella se dio cuenta.<br />
—Pero a ver, ¿que ha pasado?<br />
—Bueh, es un poco complicado.<br />
—Pues me invitas a un helado y me lo cuentas.<br />
—Mejor te invito a un helado y punto, no me apetece amargarte con chorradas.<br />
—Hecho. —Y me extendió la mano poniendo cara seria.— Pero pagas tu.<br />
Joder con Marta. No es poco lista ni nada.</p>
<p>Cogimos el coche y nos fuimos al centro del pueblo. Había muchas heladerías cerca del apartamento de Susana pero no me apetecía que a ella se le ocurriera bajar a dar una vuelta por el paseo marítimo y nos viera. Yo me decanté por el clásico &#8220;vainilla con nueces de macadamia caramelizadas&#8221; y Marta eligió uno de nombre inpronunciable. Parece que era una de las novedades de este verano. Paseamos un poco por las calles del centro, charlando alegremente, y no hablamos de Susana en todo el rato. Yo no podía dejar de mirarla a los ojos, y cada vez que lo hacía, algo rugía en mi interior. Se giró a mirar un escaparate, dándome la espalda. Yo me paré detrás de ella y no pude evitar darle un repaso de arriba a abajo. Tenia unos hombros preciosos, morenos y bien torneados. Estaba excelentemente proporcionada, no como su hermana que parecía un palo de escoba. Detrás de su fina cintura, esas caderas que estaban empezando a volverme loco, y esos muslos redondos, suaves. Contuve las ganas de cogerla por la cintura. Levanté la mirada y allí estaba ella, mirándome a través del reflejo en el cristal del escaparate. Me había visto observándola de arriba a abajo, aunque yo de eso no me dí cuenta hasta más tarde.</p>
<p>La conversación se volvío cada vez más ligera y terminamos diciendo tonterías y riendo a carcajadas. Caminamos un rato más y nos fuimos al coche, que estaba aparcado en un descampado que hacía las veces de parking hasta que la especulación inmobiliaria lo convirtiera en módicos adosados a 500.000 euros cada uno. Me senté en el asiento sin muchas ganas de irme: la compañía de Marta me estaba resultando muy agradable. Ella tampoco parecía querer irse. El sol se acababa de poner por detrás de las montañas y el cielo se iba oscureciendo dejando reflejos anaranjados en las pequeñas nubes que vagaban por el cielo. Me giré hacia ella mientras seguíamos diciendo chorradas, no tenía ninguna intención de arrancar. De broma, se metió conmigo. Me hice el ofendido y le pinché con el dedo en el costado. Pegó un salto sobre el asiento.<br />
—¡Ajá! ¡Así que tienes cosquillas!<br />
—¡Sí, muchas!— dijo tapándose los costados con los brazos instintivamente.<br />
Le pinché tres o cuatro veces más con el dedo. Ella soltó un agudo gritito, retorciéndose en el asiento intentando esquivar mis manos. No lo consiguió. La asalté haciéndole cosquillas con todos los dedos. Empezó a reírse a carcajadas y finalmente, contraatacó echándose encima de mi para hacerme cosquillas. Como yo tampoco ando corto de cosquillas, terminamos los dos partiéndonos de risa. Ella encima de mi, su pelo cayendo sobre mi cara, su aroma era embriagador. Hundí mi cara en su pelo y algo comenzó a despertarse dentro de mi pantalón. No sabía lo que estaba pasando. Mis brazos se movieron solos de su cintura hasta su espalda. Ella subió sus manos para apoyarse sobre mi pecho. Me acerqué a su mejilla y la rocé con mis labios. Estaba perdiendo el control. Con mis labios apenas rozando sus mejillas redondas y sonrosadas me acerqué lentamente a su boca. Ella ladeó la cabeza para ponérmelo más fácil. Su respiración, que se aceleraba por momentos, caía cálida sobre mi cara. Vi sus ojos mirando fijamente los míos y enloquecí. La besé como si se fuera a escapar. Una ola de calor me recorrió de pies a cabeza. Había perdido el control por completo.</p>
<p>La besé hasta que pensé que nos íbamos a quedar sin saliva. Mis manos recorrieron toda su espalda y, mientras la mano izquierda la sujetaba por la nuca, la derecha bajó de la cintura hasta su culo. Sentí un arrebato de fe divina mientras agradecía a Dios por haber permitido al hombre inventar el tanga. Me preguntó si podía reclinar el asiento. Lo hice e intenté recobrar la compostura. Ella se sentó sobre mi, evidentemente no era la primera vez que se encontraba en esta situación. Yo no podía tener nada más duro de lo que ya lo tenía. Siguió besándome mientras yo hice caer los tirantes de su vestido. Mi boca comenzó a rodear su cuello y a bajar despacio hasta sus pechos. Allí estaban, las tetas más prietas que había visto en mi vida. Continué besándola por todo el torso sin querer llegar a los pezones, por miedo a que ella se arrepintiera y se echara atrás. Se reclinó hacia atrás, dejándose hacer, apoyándose sobre volante. Tocó el cláxon sin querer y nos echamos a reir. No pude más que recordar a Los Inhumanos —&#8230;ese no es el pito que debes tocar&#8230;—. En ningún momento llegó a apartar la mirada de mis ojos. Yo no podía más, mi instinto animal me exigía perpetuar la especie. Deslicé la mano por debajo de los pliegues de su vestido para acariciarle el sexo. Entonces si, echó la cabeza hacia atrás mientras cerraba los ojos. La piel de su cuello era fina y suave, me lancé sobre él y empecé a recorrerlo con la boca dejando que mi aliento cálido lo cubriera por completo. Con sus manos me cogía la cabeza y me empujaba hacía ella. Me aleje un poco y la miré. Marta estaba totalmente entregada. Estaba convencido de que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que le propusiera.</p>
<p>Ese pensamiento me hizo empezar a sentirme mal. No porque me arrepintiera de estar haciendo aquello, sino por una cuestión ética. No quería sentirme mañana culpable pensando que cuando aún no había dejado oficialmente a Susana estaba tirándome a su hermana. Mierda de conciencia. Marta seguía retorciéndose entre mis caricias, ajena a mis pensamientos. Su tanga no podía ocultar lo mojada que estaba. Me apartó la mano de sus genitales, se echó sobre mí mientras me abrazaba por la cintura y empezó a mover sus caderas adelante y atrás rítmicamente, rozando lo que su tanga era incapaz de ocultar por mi entrepierna. La cogí entre las caderas y las cachas del culo para poder empujarla hacia mí. Sus pechos se movían a juego con sus caderas, temblando como un postre de gelatina. Comenzó a chuparme en la parte del cuello justo debajo de las orejas. Eso hizo que se me nublara la mente por completo y estuve a punto de arrancarle el tanga y hacérselo allí mismo. Tras unos segundos de indecisión en que casi me abandoné y lo dí todo por perdido, dejé de acariciarla. Marta poco a poco se fue relajando y se recostó sobre mi. Con todo el dolor de mi pantalón le dije: &#8220;son las 11 y media, será cuestión de que nos vayamos&#8221;. Marta me dio la razón, se recompuso el vestido ocultando sus maravillosos pechos y se sentó en el asiento de acompañante. Mis boxers debían estar ya para tirarlos a la lavadora. Teníamos la ropa pegada, estábamos completamente sudados de arriba a abajo. Mierda de coche, no tenía aire acondicionado.</p>
<p>Llevé a Marta a su apartamento y la dejé en la esquina, no quise pasar por delante no fuera que Susana estuviera asomada a la terraza. Marta salió del coche no sin antes soltarme un beso apasionado en los morros. Esperé hasta que la vi desaparecer por el portal y salí de allí quemando rueda. Llegué a casa y terminé el trabajo que Marta había empezado. Me acosté en la cama, mirando el techo con la mirada perdida. Estaba más confuso que nunca. La noche era bochornosa, pero conseguí dormir del tirón.</p>
<p>Al día siguiente llamé a Susana y le dije que lo dejábamos, que la bronca del día anterior era inaceptable. No puso mucha objeción, posiblemente porque tenía a Pablo, su compi de oposición, en la recámara. Llevaba detrás de ella desde hacía meses. La verdad es que tampoco me importó. No volví a ver a Susana en la vida. A Marta en cambio&#8230;</p>
<p>Bueno, lo de Marta mejor lo cuento otro día&#8230;</p>
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