Atemporalidad

No sé qué día es. Ni del mes, ni de la semana. No sé cuanto tiempo llevo aquí. No sé cuanto tiempo me queda. No sé lo que hice ayer. Y no sé lo que haré mañana. Por los cutres altavoces del escritorio suena el ‘A Kind of Blue’ de Miles Davis tan acartonado como siempre. El cielo encapotado, el viento meciendo las ramas de los árboles, la lluvia que cae de costado ensuciando el cristal de la ventana no hacen más que acrecentar esa sensación de atemporalidad. Las estaciones se suceden una tras otra a toda velocidad. No hay un hito, un mal punto de referencia al que agarrarse.

En ciertos aspectos parece que haya pasado una eternidad desde entonces. Pero sigue doliendo como si hubiera sido ayer mismo. El dolor. The rage. La haine. Esa mezcla de olor inconfundible que me acompaña desde que dejó de pasar nada entre nosotros. Y me gusta. Lo bebo. Me baño en él. Lo acaricio. Lo disfruto. Y lo mejor de todo, me impulsa hacia delante: es mi combustible. Mi energía. Mi enfermedad. El motivo de ser quien soy y de estar donde estoy.

Resulta divertido pensar que después de todo tenías razón. Y lo mejor de todo es que al haberme dado cuenta de eso he comprendido lo equivocada que estabas realmente.

Llaman. Creo que debe ser tu sustituta.

Por favor, cierra la puerta al salir.