Hoy es domingo. Hace frío. Estoy resfriado. Así que he decidido aprovechar mi nueva faceta de escamoteador de lo ajeno para aprovechar una de las cosas que aprendí de la última niña con la que estuve, hacer chocolate a la taza. Pero como uno está en fase expansiva creativa, no podía más que meterle mano a la receta y darle un toque personal. Así que le he añadido una cucharadita de miel. ¿Está más bueno así? Ni puta idea, oiga, porque como tengo la lengua de alpargata de esparto, no lo distingo. Pero mi irritada garganta dice que sí, y ella es la que manda. Qué tarde de domingo más ideal para acompañarla de un batín, una estufa o gatofactor, una peli y un tazón de chocolate caliente.
Hablando de lo cual… viendo la película de esta tarde, llena de personajes dubitativos entre el deber y el honor me ha venido a la mente una reflexión. ¿Cuales son los mecanismos cerebrales que nos hacen elegir entre diferentes opciones? ¿Cómo distinguimos entre una opción buena o mala? O más allá aún, ¿cómo elegimos entre el bien y el mal?
El problema es que el bien, como aquello de las opiniones y los culos, es un concepto diferente para cada persona. Creo que todos tenemos, o hemos tenido, gente a nuestro alrededor que consideramos malas, ahora mismo me vienen algunas a la mente. Pero estoy absolutamente convencido de que si le preguntara a ellas su opinión, responderían que son buenas personas, y que no hacen mal per se, más allá de cometer alguna equivocación puntual. Sin embargo, todos asumimos que tras ciertas acciones hay una voluntad expresa de hacer daño y, por tanto, de cometer el mal. Cómo se conjuga, por tanto, una cosa con la otra, queda fuera de mi comprensión.
Siempre he sido de carácter pasivo-reactivo, hasta el momento en que me vi reflejado en ojos ajenos: hay personas que no son capaces de aceptar las opiniones ajenas. Aún en cuanto ellas ni siquiera les afecten o influyan. Esto, es un serio problema de aceptación de la realidad tal y como es, y soy consciente de que hasta cierto momento del pasado, mi cabeza funcionaba así. Bendita psicología, uno descubre el maravilloso mundo de la asertividad y se da cuenta de que puede decir lo que opina y quedarse tan a gusto, oye. Y en esas estamos, aceptando el mundo tal y como es y esperando que el mundo sea capaz de reaccionar de forma asertiva y aceptarme como soy. Y si no, creo que le pueden ir dando por culo. ¿He dicho ya que me encanta la asertividad?
También me he dado cuenta durante los últimos meses que hay mucha gente que no es capaz de comprender el funcionamiento de las relaciones personales o, más bien, de la ley universal que rige todas ellas, la Ley del Karma. Vamos, que el mundo está lleno de Earls. Y uno reflexiona si, siendo tan universal dicha ley y los principios de acción y reacción que la gobiernan, la gente es tan zoquete que no es capaz de vivir de acuerdo a dichos principios. Una y otra vez me encuentro con gente con intensas deficiencias a nivel emocional, incapaces de controlar sus alteraciones de carácter, y con una pasmosa facilidad para, cuanto menos intentar, producir daño y dolor a aquellos que les rodean. Y, dejando de lado neurosis aparte, la persona que produce, por voluntad expresa o por omisión, daño a su alrededor merece ser llamada mala persona. Y punto.
Yo, personalmente, voy a seguir como el primer día, intentando dejar el mundo un poco mejor de tal y como me lo encontré, karma mediante. Por ello, a la próxima persona con la que entable contacto no le voy a hacer pagar el precio, o el desprecio, de todas mis parejas anteriores, como siempre he intentado que sea con todas las personas a las que he conocido hasta hoy. Confío en que ella será suficientemente madura para comprender tal verdad y librarme de las imperfecciones, delitos y faltas de sus amistades anteriores. Sé que va a ser así. ¿A que mola?