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	<title>Hablando con Eva &#187; relación</title>
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	<description>Conversaciones de un adolescente de treinta y tantos con su costilla flotante</description>
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		<title>La historia de Roberto y Marta</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Sep 2009 22:15:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis</dc:creator>
				<category><![CDATA[Hablando con Eva]]></category>
		<category><![CDATA[Eva]]></category>
		<category><![CDATA[piso]]></category>
		<category><![CDATA[relación]]></category>
		<category><![CDATA[vida]]></category>

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		<description><![CDATA[—Hace tiempo que no hablamos en serio, Eva. —La verdad es que sí. —Estaba pensando en hablarte de Roberto. Es una historia un poco larga, así que te la voy a resumir. &#8220;Roberto y Marta nacieron y vivían en la &#8230; <a href="http://hablandoconeva.com/2009/09/la-historia-de-roberto-y-marta/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>—Hace tiempo que no hablamos en serio, Eva.<br />
—La verdad es que sí.<br />
—Estaba pensando en hablarte de Roberto. Es una historia un poco larga, así que te la voy a resumir.</p>
<p><em>&#8220;Roberto y Marta nacieron y vivían en la misma población, una de esas que vive casi exclusivamente del azulejo y la naranja. Se conocieron en una de las fiestas, cuando tenían 17 más y menos, y al poco empezaron a salir. Estuvieron unos diez años <em>festeando</em> y decidieron casarse.</p>
<p>Sus amigos llenaron la localidad de carteles con sus caras. &#8220;Roberto y Marta se casan dentro de 2 semanas.&#8221; Roberto se esperaba algo así. Marta también, pero no le hizo tanta gracia. ¿Y si lo veían sus padres? El pisito estaba casi terminado de amueblar. Limpio. Impoluto. Un piso nuevo, completamente amueblado, virgen, sin que nadie hubiera dormido ni una vez en él. Lo reservaban para irse a vivir después de haberse casado.<br />
<span id="more-801"></span><br />
La boda fue muy bonita, como tiene que ser. Aunque a Marta los preparativos casi le provocaran una úlcera. Roberto no era capaz de seguir su ritmo, se le olvidaban las cosa, y aunque quería hacer feliz a Marta, no entendía la necesidad de hacer todo ese gasto. Él quería casarse, o eso pensaba, pero ¿era necesario tanto&#8230; de todo? Roberto veía que su sueldo en la azulejera era insuficiente para pagar todo eso, así que le pidió ayuda a sus padres. Marta, en cambio, daba la ayuda de sus padres por segura: al fin y al cabo, siempre se lo habían pagado todo. Aunque la empresa de su padre no iba tan bien como antes, él era de los que &#8220;no escatiman gastos&#8221; y se propuso darle a su hija el bodorrio más grande de toda la localidad.</p>
<p>Un año y medio después, la situación era muy complicada. Roberto sentía que su relación se había consumido como una vela. No se sentía demasiado atraído por Marta, a pesar de que sabía que debía hacerlo. A Roberto le interesaban otras mujeres, pero no se atrevía a ponerle los cuernos a Marta. Marta seguía tontamente enamorada de Roberto, pero su incomodidad aumentaba día a día. Casi todas esas pequeñas cosas que había querido cambiar de Roberto seguían ahí. Y cuanto más empeño ponía en hacerle cambiar, parecía que más empeño ponía Roberto en hacer esas cosas. La situación económica no era demasiado buena, la hipoteca se había puesto por las nubes, y Roberto tenía mucha suerte de que no le hubieran echado de la fábrica ya. Marta conservaba su trabajo, pero seguía cobrando el irrisorio sueldo de negocio familiar, y los gastos de la casa ya no le permitían los lujos que se tomaba antes de estar casada.</p>
<p>Roberto nunca había expresado sus dudas, siempre intentaba poner buena cara delante de sus amigos, principalmente porque sus amigos eran también los de Marta. Sólo alguna vez, en reunión, cuando las chicas se habían alejado, se atrevía a arrugar la nariz cuando alguien comentaba algo al respecto. Pero nunca se atrevía a contarle sus sentimientos a nadie. De hecho nunca se los había contado tampoco a Marta, y lo peor es que Roberto ni siquiera era consciente de ello.</p>
<p>Marta no se encerró en su vida marital y empezó a frecuentar otros ambientes. Además de las horas de gimnasio habituales, se apuntó a clases de Reiki, que le habían dicho que le irían muy bien para equilibrar su&#8230; su algo, no sabía el que. Se había perdido ese día de clase. La visita quincenal a la peluquería comenzó a ser semanal. Marta no sentía nada cuando miraba otros hombres, para ella sólo existía Roberto. Pero cuando en el gimnasio veía de reojo a aquel chico que se le acercó un día, Alberto, uff. Marta giraba la cabeza y seguía a lo suyo. Sabía que no debía pensar esas cosas.</p>
<p>Una amiga suya le recomendó libros de Jorge Bucay. Marta comenzó a leer sin interés, pero poco a poco los libros le iban revelando la solución a sus problemas. Era demasiado condescendiente con Roberto. ¿Condescendiente? ¡Era tonta! Su vida estaba dominada por él, siempre tenían que hacer lo que él decía. Aquel libro le iluminó: debía ser egoísta. Debía vivir su vida. Que los demás apechugaran con la suya.</p>
<p>Aquella tarde-noche Roberto quedó con sus amigos. Juanan había vuelto de viaje, llevaba dos años viviendo en Brest. Roberto nunca había querido estudiar, decía que era tontería. Siempre se había burlado de Juanan por ello. Pensaba que era un vago, que no quería trabajar. Juanan terminó una carrera de 3 años, el último de los cuales lo pasó de Erasmus. Se quedó allí. Y luego otro lugar. Y otro. Ahora vivía en Brest, con una francesita un poco perroflauta, pelirroja y con el pelo corto. Roberto pensaba que eso era mala vida, que era cosa de dos días. Cuando Juanan le explicó que ganaba el doble de lo que Roberto había ganado en la fábrica, en sus mejores tiempos y haciendo horas, se le revolvieron las tripas. Se excusó como pudo y se marchó a casa, con la cabeza turbia, no sabía si por la cerveza o no.</p>
<p>Llegó a casa y oyó ruidos en la habitación. Se asomó con ciudado para descubir a Marta y Alberto en la cama. En condiciones normales Roberto, que era un tío con sangre, se habría puesto hecho una furia. Esta vez se quedó blanco. Su pequeño y patético mundo se le vino abajo. Bajó al garaje, cogió el coche y empezó a conducir sin rumbo. Salió a la carretera. Una curva mal peraltada, una copa de más, y Roberto rodó fuera de la carretera.</p>
<p>La absurda muerte de Roberto no hizo sino reforzar la idea de Marta de que éste era un perdedor. Y posiblemente era cierto. Pero lo que Marta no era capaz de darse cuenta, es que ella era tan perdedora como él.&#8221;</em></p>
<p>—¿Por qué me cuentas esto?— Me dijo Eva con los ojos muy abiertos.<br />
—Porque representa el tipo de vida del que siempre he intentado huir.<br />
—¿Cómo?<br />
—Desde que tengo consciencia de la vida adulta, desde que iba al instituto, tenía claro que no quería terminar casado con la primera que pasara. Que no podía decidir que alguien era <em>&#8220;el amor de mi vida&#8221;</em> habiendo conocido sólo una o dos mujeres antes. Que quería ver y disfrutar y que, sólo entonces, la verdad vendría a mi cabeza como una maceta caída de un balcón, y que sólo así sabría si realmente quiero pasar el resto de mi vida con <em>&#8220;esa persona especial&#8221;</em>, si la hay. Ése es el tipo de vida de la que he estado toda la vida huyendo. Y sin embargo, han pasado los años, y ha resultado que mi vida no ha sido sustancialmente mejor por no haber seguido ese camino, y en algunas cosas ha sido sustancialmente peor. Y me pregunto si vale la pena. Si no valdría más haber tenido una vida simple y anodina como ésa, haber estado de viaje de novios en Nueva York y tener un piso prestado por el banco intentando hacer oídos sordos a los problemas de la vida, disfrutando de las birras y del fútbol con los amigos, y de las compras con la parienta el sábado por la tarde en el Carrefour, y de saber a ciencia cierta lo que va a pasar mañana, sin ninguna preocupación.<br />
—¿En serio es esa la persona que quieres ser?<br />
—Ese es el problema, Eva.<br />
—¿Cuál?<br />
—Que no se quién soy ahora, ni tampoco sé quién quiero ser.</p>
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