Bah.
No puedo más. No me quedan más fuerzas para seguir. ¿Cuantas veces he dicho eso y ha sido mentira? Bueno, da igual…
No puedo seguir haciendo como si no pasara nada. ¿Es que no puedo hacerme a la idea de que se ha acabado? No, no es eso. Podría hacerme a la idea de una ruptura. Pero esto no es una ruptura. Es un abandono. Como aquel que baja a comprar tabaco y no vuelve nunca. Una huida, una escapada, una salida por patas, sin un triste adiós o un hasta luego. Sin motivos. Sin justificaciones. Sin explicaciones. Sin excusas.
Se me hace imposible estar ahí, viéndote la cara de “felicidad” (permítame las comillas, señorita), de una felicidad que no es la mía, habida cuanta de las veces que me has demostrado que aparentabas ser feliz cuando no lo eras. Sin un perdón. Sin una disculpa. Sin un sólo comentario. Solamente una estricta voluntad de hacer ver que “aquí no ha pasado nada”. Pues lamento informarle de que sí ha pasado. Y sabe usted perfectamente que soy casi siempre partidario de hablar las cosas y no de esconder la cabeza bajo tierra como una avestruz. Hacer como si nada no es solución.
Duele. Duelen tantas cosas… Duele estar sólo, pero la soledad es algo que se aprende a llevar. En ocasiones te agobia, otras veces la echas de menos. Pero tienes que aprender a vivir con ella. Duele ser incomprendido, pero es algo que los raros también aprendemos a llevar. Pero pasar del cariño al odio, pasando por la más absoluta indiferencia, y abonando el jardín de amigos y conocidos con historias rockambolescas de odio y de desprecio, de violencia y de agresión, de llanto, de tragedia, de pasión rota por un ser vil y mezquino, eso duele de una forma que no podía ni imaginar.
Y resulta que para esa gente el ser ruin y mezquino, o peor aun, enfermo, soy yo. Y juegas con la ventaja a sabiendas de que llevo tanto tiempo peleando y me quedan tan pocas fuerzas que no voy a salir a defenderme, porque la defensa es futil ante aquel que envenena las aguas de la razón. Sólo el tiempo las purifica, y a veces ni siquiera eso es suficiente. Así que puedes dar la batalla por ganada. Al final, queda un alma un poco más rota de lo que ya estaba, una dignidad un poco más humillada de lo que ya estaba, y una imagen pública un poco más sucia de lo que ya estaba.
Intentaría seguir luchando por mantener la cordura y la esperanza, pero este juego me harta y me agota. Así que soportaré la carga mientras me sea posible, apartándola poco a poco al fondo del baúl, avanzando a empujones, a trompicones, sin echar la vista atrás, hasta que todo aquello que viví se convierta en una ensoñación, en una fantasía que recordaré, como las anteriores, en los momentos en que necesite sentirme bien. Y cuando así sea pensaré en aquel viaje en autobús, en aquella merienda, en aquella cena con manitas por debajo de la mesa, y lo recordaré como si de una película se tratara, como si nunca me hubiera pasado y solamente hubiera sido un mero espectador. Y volveré a huir, y volveré a dejarlo todo y a todos atrás, porque no sé pelear contra fantasmas, porque estoy harto de perdonar y que no me perdonen, porque es la única forma en que sé continuar adelante. Y maldeciré al dios en el que no creo por no cruzar en mi camino a una mujer que sea capaz de hablar abiertamente y decir con palabras lo que quiere y lo que no, en lugar de inventar un macabro juego de desconocidas reglas en el que la banca siempre gana y el único jugador siempre pierde.
Sigo pensando que cojones habré hecho para merecer este desprecio. Y por más que pienso, no le encuentro explicación. Es uno de los pocos consuelos que me quedan en noches frías como esta, saber que tengo la conciencia limpia y tranquila. Es lo único que me ayuda a descansar.