Septiembre llega a su fin con una calidez que sorprende. Salgo a pasear para disfrutar de los últimos ratos de sol con el frescor de la tarde. El parque está más tranquilo, se nota que las vacaciones ya han terminado. A pesar de ello, grupos de gente pasean en todas direcciones intentando aprovechar las últimas horas de luz. Las tardes se aprecian mucho más cortas ya, parece que era ayer cuando a las diez todavía se vislumbraba el cielo enrojecido por los últimos suspiros del sol. Ahora sólo son las cinco de la tarde y el sol ya se esconde entre los árboles que separan el parque de la calle.
Salgo por una de las angostas entradas que parecen sacadas de una película de época y enfilo la calle hacía Blackheath Hill. Una chica con una raqueta de tenis en su funda se sube en uno de los coches que hay aparcados junto al sendero. Llego hasta el cruce y decido tomar una de las calles por las que no he pasado todavía para volver a casa. La calle tiene una pronunciada pendiente descendente, en línea con la pendiente del parque. En la esquina, un majestuosa residencia de aspecto romántico abre paso a una hilera de enormes y antiguas viviendas adosadas que acompañan el sinuoso recorrido de la calle hasta donde la vista abarca. Varios árboles hacen sombra a las viviendas, compitiendo por superarlas en altura y majestuosidad. Uno de ellos es un manzano que inunda la acera con pequeñas manzanas maduras, mordisqueadas por la fauna local.
Giro uno de los recodos de la calle. Las enormes viviendas de mi derecha, casi todas ellas pintadas de blanco, disponen de semisótanos con unos afortunadamente enormes ventanales. Las casas están separadas tres o cuatro metros de la acera, por lo que los semisótanos no sólo están muy bien iluminados, sino que además es posible ver lo que sucede en el interior. En la primera casa se puede ver una estancia con algunos caballetes y lienzos. En la siguiente casa se aprecia una sala de estar con butacas y cojines. En la tercera…
En la tercera casa la escena resulta tan hipnotizante que por un momento casi cedo a la tentación de pararme en seco a estudiarla. Una extensa habitación, bien iluminada, parece hacer el papel de sala de lectura o estudio. Una amplia mesa de madera está ocupada por algunas libretas, lápices y un ábaco de madera. De espaldas a la ventana un niño parece garabatear algo en un cuaderno siguiendo las indicaciones de su padre que está sentado, sonriente, junto a él.
Sigo caminando por la acera, dudando si me he llegado a parar delante de la ventana y si, de ser así, los habitantes de la casa se habrán dado cuenta. Giro la esquina y, con la imagen aún retumbando en mi memoria, una lágrima asoma por el borde del párpado y, tras un dubitativo tambaleo, cae mejilla abajo.
Algunas personas me preguntan que por qué me he venido, por qué estoy aquí.
Estoy aquí para algún día poder estar en mi casa a las cinco y media de la tarde enseñándole a mi hijo a multiplicar, en lugar de estar todavía encerrado en un trabajo de mierda esperando a que pasen rápido las tres horas que todavía me quedan para terminar y poder volver a casa.
Por eso estoy aquí.