Tarde de domingo. Agosto. Paella y Coca-Cola para comer. Salgo a la terraza del apartamento. El sol ilumina la playa con una intensidad casi cegante. Algunas personas dormitan debajo de sus sombrillas. El estómago me pesa. Los párpados también. La brisa del mar me rodea y me refresca. Me relajo. Apenas se oyen ruidos, voces unas terrazas más allá, un coche que gira a lo lejos. Miro el mar azul, intenso. Una sensación plácida me invade. Es la tarde perfecta. El momento perfecto. Pero…

Algo me falta a mi lado.

Me faltas tú.

Me desperté con las sabanas pegadas al cuerpo. Por más que hubiera dormido desnudo, la compañía de Susana en la cama y el calor sofocante del mes de Julio habían hecho imposible mantener los ojos cerrados durante más de una hora seguida. La noche anterior nos habíamos quedado en casa viendo unas películas, un plan ideal para un sábado noche si no fuera porque ese plan también incluía a mi novia. Después de una velada apasionante, nos acostamos a eso de las 3 y tardé un buen rato en dormirme. A eso de las 5 llegó su hermana y me desperté con el ruido de la puerta. Desde entonces estuve abriendo y cerrando los ojos, dándole vueltas a mi situación.

Hacía tres meses que la cosa con Susana iba de mal en peor. La verdad es que en los ocho meses que llevamos juntos no nos hemos llegado a llevar bien, pero desde Mayo todo se había complicado bastante. A mi habitual apatía hacía las normas y convenciones sociales de la pareja se sumaba que Susana estaba en estado de quasi-histeria por culpa de las oposiciones. Ciertos días estaba realmente intratable y yo, harto de tanto nerviosismo, terminaba por no hacerle caso, lo que le hacía ponerse más nerviosa todavía. Ahora ella estaba ya de vacaciones, esperando los resultados, pero nuestra relación no había mejorado lo más mínimo. Sinceramente, no creía que pudiera aguantar 15 días más con ella.
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“Llueve”