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	<title>Hablando con Eva &#187; relato</title>
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	<description>Conversaciones de un adolescente de treinta y tantos con su costilla flotante</description>
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		<title>¿Que por qué estoy aquí?</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Oct 2011 22:35:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Septiembre llega a su fin con una calidez que sorprende. Salgo a pasear para disfrutar de los últimos ratos de sol con el frescor de la tarde. El parque está más tranquilo, se nota que las vacaciones ya han terminado. A pesar de ello, grupos de gente pasean en todas direcciones intentando aprovechar las últimas horas de luz. Las tardes se aprecian mucho más cortas ya, parece que era ayer cuando a las diez todavía se vislumbraba el cielo enrojecido por los últimos suspiros del sol. Ahora sólo son las cinco de la tarde y el sol ya se esconde entre los árboles que separan el parque de la calle.</p>
<p>Salgo por una de las angostas entradas que parecen sacadas de una película de época y enfilo la calle hacía Blackheath Hill. Una chica con una raqueta de tenis en su funda se sube en uno de los coches que hay aparcados junto al sendero. Llego hasta el cruce y decido tomar una de las calles por las que no he pasado todavía para volver a casa. La calle tiene una pronunciada pendiente descendente, en línea con la pendiente del parque. En la esquina, un majestuosa residencia de aspecto romántico abre paso a una hilera de enormes y antiguas viviendas adosadas que acompañan el sinuoso recorrido de la calle hasta donde la vista abarca. Varios árboles hacen sombra a las viviendas, compitiendo por superarlas en altura y majestuosidad. Uno de ellos es un manzano que inunda la acera con pequeñas manzanas maduras, mordisqueadas por la fauna local.</p>
<p>Giro uno de los recodos de la calle. Las enormes viviendas de mi derecha, casi todas ellas pintadas de blanco, disponen de semisótanos con unos afortunadamente enormes ventanales. Las casas están separadas tres o cuatro metros de la acera, por lo que los semisótanos no sólo están muy bien iluminados, sino que además es posible ver lo que sucede en el interior. En la primera casa se puede ver una estancia con algunos caballetes y lienzos. En la siguiente casa se aprecia una sala de estar con butacas y cojines. En la tercera&#8230;</p>
<p>En la tercera casa la escena resulta tan hipnotizante que por un momento casi cedo a la tentación de pararme en seco a estudiarla. Una extensa habitación, bien iluminada, parece hacer el papel de sala de lectura o estudio. Una amplia mesa de madera está ocupada por algunas libretas, lápices y un ábaco de madera. De espaldas a la ventana un niño parece garabatear algo en un cuaderno siguiendo las indicaciones de su padre que está sentado, sonriente, junto a él.</p>
<p>Sigo caminando por la acera, dudando si me he llegado a parar delante de la ventana y si, de ser así, los habitantes de la casa se habrán dado cuenta. Giro la esquina y, con la imagen aún retumbando en mi memoria, una lágrima asoma por el borde del párpado y, tras un dubitativo tambaleo, cae mejilla abajo.</p>
<p>Algunas personas me preguntan que por qué me he venido, por qué estoy aquí.</p>
<p>Estoy aquí para algún día poder estar en mi casa a las cinco y media de la tarde enseñándole a mi hijo a multiplicar, en lugar de estar todavía encerrado en un trabajo de mierda esperando a que pasen rápido las tres horas que todavía me quedan para terminar y poder volver a casa.</p>
<p>Por eso estoy aquí.</p>
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		<title>Atemporalidad</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Jul 2011 10:31:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pajas mentales]]></category>
		<category><![CDATA[Jazz]]></category>
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		<category><![CDATA[soledad]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>No sé qué día es. Ni del mes, ni de la semana. No sé cuanto tiempo llevo aquí. No sé cuanto tiempo me queda. No sé lo que hice ayer. Y no sé lo que haré mañana. Por los cutres altavoces del escritorio suena el &#8216;A Kind of Blue&#8217; de Miles Davis tan acartonado como siempre. El cielo encapotado, el viento meciendo las ramas de los árboles, la lluvia que cae de costado ensuciando el cristal de la ventana no hacen más que acrecentar esa sensación de atemporalidad. Las estaciones se suceden una tras otra a toda velocidad. No hay un hito, un mal punto de referencia al que agarrarse.</p>
<p>En ciertos aspectos parece que haya pasado una eternidad desde entonces. Pero sigue doliendo como si hubiera sido ayer mismo. El dolor. <em>The rage</em>. <em>La haine</em>. Esa mezcla de olor inconfundible que me acompaña desde que dejó de pasar <em>nada</em> entre nosotros. Y me gusta. Lo bebo. Me baño en él. Lo acaricio. Lo disfruto. Y lo mejor de todo, me impulsa hacia delante: es mi combustible. Mi energía. Mi enfermedad. El motivo de ser quien soy y de estar donde estoy.</p>
<p>Resulta divertido pensar que después de todo tenías razón. Y lo mejor de todo es que al haberme dado cuenta de eso he comprendido lo equivocada que estabas realmente.</p>
<p>Llaman. Creo que debe ser tu sustituta.</p>
<p>Por favor, cierra la puerta al salir.</p>
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		<title>Las autoestopistas</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Aug 2009 11:39:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[autoestopistas]]></category>
		<category><![CDATA[Benicassim]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>
		<category><![CDATA[sexo]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Era la última semana de junio. Compañeros de trabajo, algunos amigos, un restaurante chino, una cena, charlas, bebida, risas. La noche pintaba bien, pero no demasiado. La vida aprieta y a las dos de la noche todo el mundo había desaparecido. Me senté en el coche junto a la puerta del chino y reflexione por un segundo. No sabía que hacer, pero lo que sí sabía es que no quería volver a casa. No a las dos de la madrugada de una espléndida noche de junio. En ese momento eché de menos que no estuvieras en el asiento del acompañante, a ti seguro que se te habría ocurrido algo.</p>
<p>Arranqué y me puse en marcha en dirección a Benicassim. A pesar del paso de los años y de la decadencia que las normativas municipales habían producido en la vida nocturna de la población, Benicassim seguía teniendo algo especial. Todavía quedaba un regusto a las noches de la sala Bohio de los 70, con la Jet-Set viendo a Julio Iglesias actuar; a las noches de juerga en K&#8217;Sim en los 80, con el olor de los árboles que le rodean; a esas cenas de sobaquillo con botellón incluido en el Torreón; a las fiestas de la espuma de finales de los 90; a los fines de semana abarrotados de FIBers en la última década. Seguía sin saber que hacer, pero para mí la juerga más cercana estaba allí.</p>
<p>Mientras me dirigía a Benicassim, Roger Daltrey berreaba por los altavoces del coche.</p>
<blockquote><p>Pick up my guitar and play<br />
Just like yesterday<br />
Then I&#8217;ll get on my knees and pray<br />
We don&#8217;t get fooled again</p></blockquote>
<p>El Hammond hacía piruetas arriba y abajo mientras entraba en la población. La verdad es que no recordaba ni cuando era la última vez que salí de marcha por allí. La ciudad estaba medio desierta. Algunas parejas caminaban por la calle. Los locales de siempre parecían haber desaparecido. Escasos grupos de personas ocupaban algunas de las mesas de las innumerables terrazas que ocupaban parte de la acera. Cuando estaba llegando al final del pueblo, dispuesto a volver a casa con el rabo entre las piernas, las vi. Eran tres chicas, jóvenes, vestidas para matar. Estaban en medio de la calle hablando, bailando, dando vueltas. Tres ángeles como caídos del cielo. Reduje la velocidad, entre otras cosas, porque no tenía intención de atropellarlas. Cuando me vieron llegar se apartaron al carril contrario y una de ellas se puso a hacer la universal señal del autoestopista mientras las otras dos se miraban y se reían a carcajadas. La autoestopista tenía el pelo moreno, ondulado y una carita preciosa de no más de 20 años. Vestía una blusa blanca con mucho vuelo y un pantaloncito corto. Al ver que reducía la velocidad casi por completo se acercó con decisión a la ventanilla.<br />
—¡Eh! ¿Nos llevas?<br />
<span id="more-689"></span><br />
Sus dos amigas me miraban riéndose. Estaba claro que todavía les duraba la fiesta en el cuerpo.<br />
—¿Llevaros, yo? ¿Adonde?<br />
—¡A casa! Nos vamos a casa.— Respondió la autoestopista &#8220;jefa&#8221;.<br />
—¿Y por donde para eso?<br />
—Está para allá&#8230;— dijo, señalando la dirección en la que yo iba.<br />
—Gracias, señor, por estos platos que vamos a tomar.— Pensé, dudando de si además lo había dicho en voz alta.<br />
—¿Qué?<br />
—Que si os fiáis de mi&#8230; Venga, subid.<br />
La autoestopista &#8220;jefa&#8221; dudó por un segundo. Mientras tanto, una de sus amigas ya se estaba dirigiendo a la puerta del acompañante. La jefa le siguió. La tercera se quedó parada, visiblemente sorprendida, pero sin poder evitar reírse.<br />
—¡Pero tía&#8230;!— Dijo mirando a las otras dos.<br />
—Venga, Rosa, tía, yo paso de ir andando.— Le contestó la segunda, que ya estaba abriendo la puerta.<br />
—Venga, vamos.— Le insistió la que me había hablado.<br />
La tercera chica se subió al coche riéndose, mientras no dejaba de mirarme de reojo. La jefa echó el asiento para atrás (desventajas de tener un tres puertas) y se subió delante.<br />
—¡Vámonos!— Dije en voz alta, para acallar los temores de no saber muy bien dónde estaba yendo, ni con quien.</p>
<p><img src="http://hablandoconeva.com/wp-content/uploads/2009/08/n.jpg" alt="Panorámica de la playa de Benicassim (Castellón) de noche" title="Playa de Benicassim de noche" width="480" height="360" class="aligncenter size-full wp-image-1234" /></p>
<p>Las chicas me fueron dirigiendo por la avenida. La primera en bajarse fue Rosa, la más cortadita. La dejé en la puerta de su villa, donde sus padres supuestamente la estaban esperando.<br />
—Ahora gira por aquí, y ya vamos recto a mi villa.— Me dijo Isabel, que así se llamaba la portavoz de las autoestopistas.<br />
Unas manzanas más y llegamos al destino. Paré delante de la puerta y charlamos un poco. Isabel no parecía tener muchas ganas de irse a casa. Supuse que querían acompañar a Rosa a casa, puesto que parecía la más pequeña y sus padres debían haberle dado el toque de queda.<br />
—Es que cierran muy pronto, apenas son las tres y ya está todo cerrado.— Me contaba Sara asomando la cabeza entre los dos asientos de delante.<br />
—Bueno, teniendo una coctelera y bebida no hacen falta garitos abiertos.— Dije sin pensar.<br />
—¡Eh, mis padres tienen una en casa!— Me dijo Isabel.<br />
—¿En serio? ¿Y la sabes usar?<br />
—¡Noooo! ¿Tú sabes?<br />
—Bueno, se hacer, por ejemplo, margaritas.<br />
No es nada del otro mundo y no tiene ninguna dificultad, pero para una chiquilla que vivía la marcha a base de chupitos, copas de Peché y algún cubata ocasional, aquello le debió parecer bebida de dioses.<br />
—¡Joeee, yo quiero probar uno!— Dijo Sara poniendo morritos.<br />
—Bueno, si me conseguís tequila blanco, Cointreau, limas y hielo, os preparo uno.<br />
—Creo que mis padres si que tienen tequila y Cointreau. Lo que no hay en casa son limas. ¿Servirían limones?<br />
—¡Da lo mismo, tía!— Le replicó Sara. Estaba claro que ella tampoco tenía ganas de terminar la fiesta.<br />
— Bueno, le echamos un poquito de azúcar para quitarle la acidez y listo.— Al fin y al cabo, si nunca han probado uno les podría echar agua del grifo y tampoco lo sabrían distinguir.<br />
—Siií, va, vente y nos preparas uno.— Presionó Sara.<br />
Isabel se lo pensó un poco, al fin y al cabo era la casa de sus padres.<br />
—Si, venga.— Me dijo al final.<br />
—¿Ahora?— Me hice un poco el loco. —¿Y tus padres que?<br />
—Noooo, ellos todavía están en Castellón, nos quedamos Sara y yo a dormir aquí.<br />
Dudé un poco, como si me turbara la invitación.<br />
—Vengaaaa, vaaaa.— Dijeron las dos casi al unísono.<br />
—Mmm vale, aparco ahí delante.</p>
<p>Entré por la cancela de la villa caminando con solemnidad, como alguien que sabe que su destino está por cumplirse. —Ave César. Los que van a morir te saludan.— Pensaba para mí. —De esta me corono, o me fusilan.<br />
Entramos en la casa y Sara de inmediato se quitó los zapatos y sentó en una silla. Isabel fue al aseo y al volver se sentó a mi lado. Estuvimos charlando un poco. Su mirada tenía algo especial, inusual para su edad. Su edad. ¿Cual era su edad?<br />
—¿Cuantos años tienes?<br />
—Veintiuno.<br />
—¿Seguro? Yo diría que tienes diecinueve como mucho.<br />
Se puso roja.— Bueno sí, cumplo diecinueve el mes que viene.<br />
—¿Y tu Sara, cuantos tienes?<br />
—Diecinueve y medio.<br />
No pude evitar sonreír cuando recordé que a esas edades los medios años todavía parecen tener importancia. El caso es que Isabel parecía mayor que Sara. Su cara era ligeramente más adulta, su postura más madura, más serena. Observándola me había dado cuenta de que comenzaba a dominar el lenguaje de la seducción. Estaba sustituyendo la encantadora ingenuidad de la adolescencia por algo más profundo, más elaborado, más sexual. En cualquier caso, lo importante es que las dos eran mayores de edad. Mi culo estaba salvado.<br />
—¿Bueno, nos ponemos con esos margaritas o que?<br />
—Siiiiiiiiiiiiiií.<br />
—Bueno, pues necesito una coctelera, hielo <em>a punta pala</em>, Cointreau, tequila blanco, los limones y un poco de azúcar.<br />
Se metieron en la cocina a buscar los trastos mientras yo asaltaba el mueble bar donde Isabel me había indicado que estaban las bebidas. Allí estaba todo lo necesario.<br />
Las puse a exprimir limones mientras yo rompía el hielo y echaba los licores.<br />
—Su margarita, señoritas.<br />
—¡Graciaaas!<br />
Tres vasos, con su sal en el borde, llenos de margarita hasta arriba. Pensé que me había pasado con la cantidad. Estas dos lo iban a flipar.</p>
<p>Les encantó, como no podía ser de otra manera. Isabel había puesto la MTV en la tele y cinco minutos después, Sara ya estaba de pie saltando encima del sofá, con sólo medio margarita restante en el vaso. Yo me quedé hablando con Isabel. Sus ojos me embriagaban. Tenía un sex-appeal que no correspondía a su edad. No sabría definir muy bien lo que era, una especie de elegancia en su forma de expresarse que la hacía parecer más madura y atractiva de lo que le correspondería por su edad. Después de un rato en las sillas nos sentamos en el sofá. Sara, a su bola, bailaba por la habitación mientras apuraba el resto de su margarita. Yo me encontré sentado junto a Isabel sin poder retirar la vista de sus ojos. Tenía una sonrisa sincera, dulce. La conversación se fue haciendo poco a poco más lenta, más suave, más relajada. Cada vez se acercaba más a un murmullo. Yo seguía sin poder quitar mis ojos de los suyos. Cuando me quise dar cuenta, nuestras cabezas estaban tan cerca que nuestras narices casi se chocaban. No pude aguantar más. La besé. Fue un beso corto, directo a los labios, apenas más largo que un pico. Isabel se puso roja, pero no se inmutó. Lo volví a repetir. Isabel inclinó un poco la cabeza. Para mí fue una invitación a continuar. La comencé a besar, suavemente. Mi mano subió por su pierna hasta su cintura, acariciándola con la yema de los dedos. Inconscientemente se acercó más hacia mi.</p>
<p>—¿Eh, y yo qué?<br />
Estoy convencido de que Sara no lo dijo porque quisiera participar, sino porque se sentía apartada. Esta chica era guerrera y en ese momento no era la protagonista de la historia.<br />
—¡Ja, ja, ja! ¿Te ha gustado el margarita?— Su copa estaba completamente vacía.<br />
—Siiií, me encanta.<br />
—Venga, ven aquí.— Le dije echándome hacia atrás y golpeando con la palma el escaso espacio entre las piernas de Isabel y las mías.<br />
—No, que molesto.<br />
—No seas capulla, ven aquí, pero a la de &#8220;ya&#8221;.<br />
Vino corriendo y se tiró de golpe en el sofá, con sus piernas por encima de las nuestras, riéndose. Esta chica nunca dejaba de reírse. Reanudamos la conversación banal, pero mi fuego estaba encendido, e Isabel no dejaba de mirarme. Pasé mi mano derecha por encima del muslo de Sara, inocentemente. Poco a poco la empecé a acariciar. Con mi mano izquierda, que estaba apoyada en el respaldo del sofá, comencé a jugar con el pelo de alrededor de su oreja. La atropellada palabrería de Sara, que no dejaba de reír y de hablar, fue menguando hasta quedarse en algunas frases sueltas. La mano izquierda de Isabel estaba encima del otro muslo de Sara.</p>
<p>Y yo no podía más.</p>
<p>Me apoyé más sobre el respaldo, acercándome a Sara. Parecía que se estaba poniendo roja por momentos. Isabel no dejaba de mirarme, y yo a ella.</p>
<p>No podía más.</p>
<p>Lentamente cerré el espacio que quedaba entre Sara y yo. Le di un beso en la mejilla, cerca de los labios. Un beso suave, dulce. Sara, tan decidida como parecía anteriormente, tenía cara de no saber que hacer. Sus ojos mezclaban una pizca de asombro mezclada con la bendita inocencia de aquel que está desinhibido por el alcohol. Isabel seguía mirándome igual que antes y decidió entrar en el juego. Le dio un pico, en la mejilla contraria. Continué con el juego y volví a besar a Sara, esta vez tocando parte de los labios. Tanto mi mano como la de Isabel estaban acariciando sus muslos. Sara giró un poco la cabeza hacia mi, sin atreverse a mirarme, lo justo para que la pudiera besar en los labios. Fue un beso sencillo, pero no por ello menos interesante. Después vino otro. Y otro. Los ojos de Sara se entrecerraron. La fiesta había comenzado.</p>
<p>Isabel comenzó a darle besitos en la mejilla, uno tras otro. La boca de Sara se abrió ligeramente y mi lengua comenzó a rozar sus labios. Mis besos comenzaron a bajar hacía el cuello, obligando a Sara a girar la cabeza hacia Isabel. Mi mano derecha ahora estaba en la cintura de Isabel, instintivamente obligándola a acercarse más. Mi mano izquierda estaba acariciando la nuca de Sara. Por el rabillo del ojo vi como Isabel y Sara comenzaban a darse picos, que iban aumentando de intensidad y duración. Pero era mi turno. Me acerqué a Isabel y ella a mi, y comenzamos a besarnos. Sara comenzó a jugar con mi cuello, copiando los movimientos que yo había hecho antes en el suyo. Mis manos empezaron a moverse hacia partes más sensibles. Nuestras lenguas volaban. Parecía que los tres habíamos perdido el miedo ya.</p>
<p>Continuamos así durante unos minutos hasta que decidí apretar un poco. Cogí a Sara de la nuca y, con delicadeza, la fui obligando a pasar de mi cuello al de Isabel, que seguía comiéndome la boca. Seguí besándola y, después de un rato, me separé de ella. La escena era ideal. Isabel estaba con los ojillos cerrados, con su brazo por encima del hombro de Sara. Evidentemente lo que ésta le estaba haciendo en el cuello le estaba gustando, así que decidí que era hora de premiar a Sara por su trabajo. La observé detenidamente, puesto que no había tenido oportunidad de hacerlo antes. Sus tetas asomaban por encima de su top. Eran más bien pequeñas, pero parecía que se hubiera puesto un sujetador de la A con relleno en unas tetas de la B. El resultado es que aquello rebosaba como si fuera a punto de estallar. La vista de sus pechos pequeños, prietos, redondos, duros, me calentó aun más. Esa chica no necesitaba ningún sujetador para mantenerlas en el sitio.</p>
<p>Comencé a besarle el cuello, mientras ella hacía lo mismo con el de Isabel, y fui bajando poco a poco por sus hombros hasta que pude pellizcar con los labios la parte del pecho que desbordaba su minúscula ropa. Mientras, con la otra mano atraía a Isabel, no quería que se sintiera aislada de la fiesta. Con mi mano izquierda fui apartando poco a poco el top de Sara, un centímetro aquí, un milímetro allá, para que no se sintiera incomoda, mientras que ahora eran mis dientes los que mordisqueaban su pecho. Sara estaba pasándolo en grande, Isabel se había cansado de que jugara con su cuello y se estaban comiendo la boca las dos sin ningún reparo.</p>
<p>¿He dicho ya que no podía más?</p>
<p>—¡Que calor!— Dije. Y me quité la camisa. En realidad mi camisa me daba igual, pero necesitaba ver las tetas de Sara ya, o me iba a dar algo. Tiré la camisa y poco a poco fui subiendo su top. En ningún momento hizo amago de impedirlo. Isabel apenas se despegó de ella el segundo necesario para terminar de quitarle el top, y siguió comiéndole la boca como si quisiera empacharse de ella. Mi objetivo estaba más cerca. Comencé a acariciar la teta izquierda de Sara con mi mano derecha, mientras mi boca mordisqueaba su teta derecha y mi mano izquierda intentaba desabrochar el sujetador por detrás de su espalda. Con un poco de esfuerzo lo conseguí. Sara se tapó con los brazos.<br />
—Me da vergüenza.<br />
—Joder, no tienes que tener vergüenza, tienes unas tetas preciosas.<br />
Isabel las miraba sin saber que decir, mientras acariciaba el cabello de Sara.</p>
<p>Le aparté los brazos y comencé a besarle suavemente los pezones, para pasar a recorrer sus tetas por completo con la lengua. Su vello, transparente, se erizó. Echó la cabeza hacia atrás recostándose sobre el respaldo del sofá, arqueando la espalda, dándonos a probar esas preciosas tetas. Estaba entregada. Yo aproveché la oportunidad para seguir comiéndole las tetas mientras le acariciaba la barriga. Isabel se cebó con cuello, que iba alternando con su boca. Ahora que Sara estaba completamente involucrada tocaba ir a por Isabel que, al fin y al cabo, era el objetivo principal.</p>
<p>Me acerqué a Isabel y comencé a besarle el cuello, mientras ella seguía besando a Sara. Cogí a Isabel por la cintura y, con la ayuda de Sara, fui subiendo el blusón semitransparente que llevaba hasta sacárselo por encima de la cabeza. El cuerpo de Isabel era impresionante. La cabellera morena, ligeramente ondulada, le caía sobre los hombros. Su piel morena delataba que había pasado más tiempo en los últimos días en la playa que estudiando. Mi excitación iba en aumento, si es que acaso podía aumentar más. La de Sara parecía que también, miraba a Isabel mientras yo le quitaba el sujetador pero su mano alcanzó mi paquete, delatando que quería algo más. Las manos volaban. Los labios se movían de un sitio a otro. A partir de aquí todo empezó a volverse confuso.</p>
<p>Miré a Isabel a los ojos y luego bajé la vista hacia mi entrepierna. Isabel entendió el mensaje y me comenzó a desabrochar el pantalón. Sara nos acariciaba y besaba a los dos. Cogí los pantalones y los lancé lo más lejos posible, en un acto de liberación. Isabel me acarició el bulto que los boxers ajustados que llevaba no podían contener. Los estiró hacia abajo y yo me los terminé de quitar y los lancé volando al otro lado del salón. Comenzó a acariciarme los muslos y la barriga, parecía que le diera reparo seguir. Yo le miré, suplicante, con ojitos de cordero degollado. Al ver mi cara Isabel comenzó a acariciarlo con una mano, muy suave y delicadamente. No se atrevía ni a pajearme. Aguanté un poco así, mientras mis manos y mis labios intentaban compensar a Sara, pero no podía esperar mucho más.<br />
—Parece que le tengas miedo.— Le dije a Isabel, riéndome.<br />
—Es que las que he visto no eran así.<br />
—Así, ¿cómo?<br />
—Así grande.— Dudó un momento antes de contestar.<br />
Me quede unos segundos mirándola, disfrutando de esa inocencia que sólo la inexperiencia de la juventud proporcionaba.<br />
—Venga, que seguro que puedes con ella.— Le dije, volviéndome a reír.<br />
El voto de confianza parece que surgió efecto y comenzó a machacármela arriba y abajo. No estaba mal, pero en ese momento yo necesitaba ya algo más. Le hice un gesto con la cabeza. Isabel me miró, dubitativa.<br />
—Chúpala.— Le dije en un susurro tan imperceptible que si ella lo entendió fue porque me debió de leer los labios.<br />
Y allí que fue. Se acercó a ella y, muy despacito, comenzó a chuparla. Yo ya estaba en otro mundo para aquel entonces. Comencé a soltar gemiditos y monosílabos de aprobación, y eso le hizo venirse arriba. Comenzó a chuparla con más intensidad, e incluso se atrevió a sacársela de la boca y repasarle la lengua de arriba a abajo varias veces.<br />
—¡Eh, yo también quiero!— Se quejó Sara, mirando el trabajo que Isabel estaba haciendo. Isabel se rió. Yo también, pensando que nunca más en la vida iba a oír esa frase en ese contexto.<br />
—¡Pues venga, a que esperas!— Le animé sin poder aguantarme la risa. Y para facilitarles el trabajo me puse de rodillas sobre el sofá. Sara cogió aquello con una mano y se lo quedó mirando.<br />
—¿Qué pasa?— Le dije.<br />
—¡No se que hacer!— Me dijo, medio riéndose.<br />
—¡¿Cómo que no sabes que hacer?!— Me empezaba a doler la barriga de tanto reírme. —¿No la has chupado nunca?<br />
—¡Siiiií!<br />
—¡Pues venga, coño!<br />
Sara lo cogió con ganas. Posiblemente, si hubiera estado ella sola habría sido mucho más cortada, pero creo que el hecho de que Isabel le hubiera servido de ejemplo le hizo atreverse mucho más. Se defendía bien, pero me permití ir dándole algunas indicaciones que seguramente le servirían ahora y más adelante en el futuro.</p>
<p>Isabel comenzó a tomar conciencia de lo que estaba pasando. Mientras besaba a Sara en los hombros y la espalda comenzó a desabrocharse el pantaloncito que llevaba sin dejar de mirarme ni por un segundo. Le hice un gesto con la cabeza señalando a Sara. Isabel me entendió y comenzó a quitarle a Sara la ropa que le quedaba puesta, mientras ella continuaba chupándomela sin parar ni por un segundo.</p>
<p>Las cartas ya estaban sobre la mesa y yo estaba completamente lanzado. Cogí a Sara y la tumbé en el sofá, me puse sobre ella y comencé a recorrer todo su cuerpo con mi boca y mis manos. Poco a poco fui descendiendo hacia su entrepierna mientras Isabel comenzó a besarle en la boca y en las tetas. Sara se retorcía a un lado y a otro, como si estuviera atrapada, pero sin intención de escapar. Tenía las piernas juntas, plegadas hacia un lado. Aprovechando que Isabel la estaba distrayendo por arriba comencé a besarle los muslos con intención de acceder a su premio lo antes posible. Tras un poco de resistencia pasiva y una buena tanda de caricias y besos por mi parte, Sara comenzó a ceder y dejó que yo tomara el control de sus muslos. Fui abriendo con delicadeza y aumentando la intensidad con la que mi boca lamía, mordía y succionaba, mientras me acercaba a su sexo.</p>
<p>Me situé frente a él, echándole el aliento cálido de mi respiración, acariciando sus muslos arriba y abajo. Sara me miraba, mostrando entre sorpresa y curiosidad por lo que yo iba a hacer, con los ojillos entrecerrados mientras Isabel le mordisqueaba el cuello. Le acaricié suavemente, con la yema de los dedos y mis labios sobre los suyos. Sara me seguía mirando y comprendí que lo que me había parecido curiosidad era en realidad puro morbo. Mi lengua se puso en acción y así dejó de mirarme, más concentrada en arquear la espalda y disfrutar de lo que le estaba pasando. Traje a Isabel para mí, para que pudiera ver lo que estaba pasando. Se puso a observar mis movimientos sin dejar de acariciar y besar los muslos de Sara. Acerqué mi mano a la boca de Isabel para que chupara mis dedos y lo hizo cogiéndome la mano, sujetándola y mirándome con una fuerza que me encendía. Le introduje los dedos a Sara, primero uno, luego dos. Me puso una pierna encima, estirando las manos como si intentara atraernos hacia ella. Su respiración era intensa.</p>
<p>Era hora de avanzar las líneas. Rebusqué por lo que quedaba a mano de mi ropa algún condón que ponerme y mientras le acerqué mi miembro a Isabel, que lo lamió con fruición. Me puse la gomita y miré a los ojos a Sara. Todavía quedaba en sus ojos el pequeño brillo de la incertidumbre, de lo desconocido.<br />
—Fóllatela ya.— Me susurro Isabel, mientras la acariciaba. Sara la miró con una pizca de sorpresa, seguramente las amigas nunca habían imaginado verse en esta situación.<br />
—A tus órdenes.— Dije. Me puse sobre Sara y cuidadosamente apunté a la diana. Sus ojos me miraban muy abiertos, expectantes. Comencé a empujar e inmediatamente arqueó la espalda, torciendo la cabeza hacia un lado, abandonándose a las sensaciones y al placer. Isabel me besaba, me acariciaba la espalda y el pecho mirando de vez en cuando el cuerpo tendido de Sara que se retorcía bajo mis envites. Levanté la pierna derecha de Sara y le mordisqueé el gemelo y el pie.</p>
<p>—Date la vuelta.— Le ordené a Sara después de un rato en aquella postura. Le ayudé a girarse cogiéndola de las caderas. Tenía el culito delgado, prieto. El cabello le caía sobre la espalda. Le introduje el pene sin ningún miramiento, cogiéndola con fuerza de las caderas, como si la quisiera atravesar de parte a parte. El calor me cubría todo el cuerpo, dos gotas de sudor caían por mis sienes. Isabel besaba la espalda de Sara, su cuello, su boca. Vi por el rabillo del ojo que se estaba acariciando ella misma. Eso me encendió más todavía. Acaricié su espalda mientras ella intentaba alcanzar con al boca los pechos de Sara que saltaban adelante y atrás con mis golpes. El culo de Isabel era más generoso. Sus caderas más anchas, su piel más morena. Acaricié sus nalgas, puse mi mano sobre su sexo. Necesitaba hacer mio ese culo.</p>
<p>Hice un sprint hasta que Sara se retorció y cayó de lado sobre el sofá, visiblemente agotada. Me levanté, cogí a Isabel y llevé su cara contra la pared.<br />
—Ahora te toca a ti— Le susurré al oído, mientras tanteaba su trasero con mi mano. Apenas un susurro salió de sus labios, pero lo entendí como una luz verde. Estiré sus caderas hacia atrás, tanteé buscando el bote del sorteo de esa semana, y acerté hasta el número complementario. Sara nos miraba desde el sofá, completamente tirada, acariciándose con dejadez. Yo agarraba a Isabel fuertemente por las caderas, mi pecho contra su espalda, mientras le chupaba el cuello. Ella tenía la cabeza de lado, con la mejilla apoyada contra la pared, sus dos manos buscando un inexistente punto al que agarrarse en aquella superficie plana y lisa. Hundí la cabeza en su cabello. Su aroma me volvió más loco todavía. La saqué, sofocado, y me volví al sofá a buscar algo más de comodidad. Me senté e Isabel se subió encima de mi. Nos miramos fijamente a los ojos mientras, sujetándola por la cintura, le ayudé a introducir mi pene en su vagina. Isabel comenzó a cabalgar arriba y abajo con ganas. Yo aprovechaba para acariciar a Sara y ella puso su mano sobre Isabel, intentando ayudarle a empujar, sorprendida por la intensidad de sus movimientos. Cogí a Isabel por la espalda para acercarme a ella y poder lamer sus tetas. Ella me cogió la cabeza y me empujó hacia ella, como su quisiera que la devorara entera. Después estiré de Sara para acercarla a nosotros y que también le chupara las tetas a Isabel.</p>
<p>No se cuando rato estuvimos así, porque perdí la noción del tiempo. En aquel punto, Isabel estaba completamente entregada, con los ojos cerrados. Se echó hacia atrás, mientras yo la sujetaba por la espalda, arqueándose, abriendo los brazos en un gesto involuntario de entrega total. En un momento dado se incorporó hacia delante, me abrazó con las piernas y los brazos, sujetándome como si me fuera a escapar. Su respiración jadeante, intensa y acelerada, se convirtió en un largo y suave gemido que se fue apagando hasta detenerse por completo. Sus uñas se clavaron en mi espalda. Noté en mi miembro la presión de sus músculos vaginales contrayéndose, lo cual me acercó al punto sin retorno. Sostuve su cuerpo, medio inerte, fuertemente con los brazos hasta que abrió los ojos y la hice a un lado, dejándose caer casi a plomo sobre el sofá. El apretón que me había dado sobre mi miembro me había dejado a punto de caramelo. Me quité el condón y agarré a Sara por la nuca. Me chupó el miembro enérgicamente, contagiada por el éxtasis del momento. Pensé que hacerlo dentro de su boca sería demasiado para el primer día, así que la saqué de ahí.<br />
—Por lo que más quieras, ni se te ocurra parar hasta que te lo diga.— Le dije, acomodándome para que mi rabo quedara a la altura de sus prietos pechos. Sara me masturbó con una mano mientras con la otra me acariciaba las pelotas y, casi de inmediato, eyaculé como hacía años que no lo hacía. Llené a la pobre Sara de semen que le chorreaba desde el cuello hasta el ombligo. Ella me miraba alucinada. Completamente rendido, caí sobre el torso sudado de Isabel, que todavía tenia la respiración acelerada. Sara, que o bien se había quedado con ganas, o bien había recuperado sus fuerzas, continuó chupándome la polla y casi de inmediato el sueño me venció.</p>
<p><img src="http://hablandoconeva.com/wp-content/uploads/2009/08/a.jpg" alt="El sol amaneciendo entre unas palmeras en la playa del Torreón en Benicassim (Castellón)" title="Amanecer en Benicassim" width="480" height="360" class="aligncenter size-full wp-image-1235" /></p>
<p>Me desperté unas dos horas después cuando el sol se abría paso por el gran ventanal del salón. Recogí mi ropa, me acondicioné un poco en el baño y me vestí. Las dos pequeñas diosas yacían en el sofá. Isabel, con el pelo completamente deshecho, durmiendo plácidamente con la cabeza apoyada sobre el brazo del sofá. Sara tenía la cabeza apoyada sobre el muslo de Isabel y las heridas de guerra todavía en el pecho. El sol directo de la ventana iluminaba sus cuerpos con tonos anaranjados, remarcando sus curvas, como en un perfecto bodegón humano. Las observé durante unos segundos más y, resistiendo la tentación de darles un último beso, una última caricia, para no despertarlas, salí por la puerta.</p>
<p>Sentí que algo se había quedado a medias con Isabel, y eso me dejó en aquel momento un mal sabor de boca. Pero no pasa nada. Aquella no fue la última vez que las volví a ver.</p>
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		<title>Microrelato 2</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Aug 2009 18:14:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Sí. —Me dijo. Y sonreí.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sí. —Me dijo. Y sonreí.</p>
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		<title>De vuelta a la uni (Some fast love, is all that I&#039;ve got on my mind)</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Jan 2009 20:47:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis</dc:creator>
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		<category><![CDATA[George Michael]]></category>
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		<description><![CDATA[Banda sonora del post: Fastlove, de George Michael. Bajé del coche con un cosquilleo extraño. Tras haber subido esa rampa innumerables veces corriendo porque llegaba tarde a clase, se me hacía raro no tener ninguna prisa. Todo a mi alrededor &#8230; <a href="http://hablandoconeva.com/2009/01/de-vuelta-a-la-uni-some-fast-love-is-all-that-ive-got-on-my-mind/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Banda sonora del post: <strong>Fastlove, de George Michael</strong>.</em></p>
<p><object width="353" height="132"><embed src="http://www.goear.com/files/external.swf?file=3729f6f" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" quality="high" width="353" height="132"></embed></object></p>
<p>Bajé del coche con un cosquilleo extraño. Tras haber subido esa rampa innumerables veces corriendo porque llegaba tarde a clase, se me hacía raro no tener ninguna prisa. Todo a mi alrededor estaba más o menos igual, los árboles un poco más grandes, los setos un poco más secos, los coches igual de mal aparcados. El sol todavía pegaba a pesar de ser rondando las cuatro de la tarde, pero el fresco de primeros de febrero contrarrestaba su calor.</p>
<p>Subí la rampa con tranquilidad, observándolo todo como si fuera la primera vez. Giré, atravesando la entrada, y me detuve esperando a que mis ojos se acostumbraran a la luz del interior. El interior permanecía inmutable, tal y como yo lo recordaba. Poco había cambiado de cuatro años a esta parte. Avancé pausadamente observando los pasillos, las caras desconocidas. Giré un recodo y algo llamó mi atención. Allí estaba Raquel, en medio del pasillo. Igual que siempre. O diferente. Hacía cuatro años que no la veía, muy poco tiempo para olvidar. Durante mucho tiempo fuimos compañeros de clase, amigos, confesores. Por aquella época, ella tenía problemas con su pareja, con la que llevaba un año y medio saliendo. Estuvimos una buena temporada haciéndonos de psicólogos, contándonos nuestros problemas, buscando consejo y comprensión. Luego llegó el verano, las vacaciones. Después la universidad se terminó y nuestros caminos se separaron. El contacto se perdió y sólo tuve noticias de ella por terceras personas.<br />
<span id="more-387"></span><br />
Y allí estaba ella, en el mismo lugar de siempre, como si nada hubiera cambiado. Me quedé observándola mientras ella seguía charlando con la gente. Raquel era unos diez centímetros más bajita que yo, con el pelo moreno, ondulado, que le caía hasta los hombros. Tenía un cuerpo muy bien proporcionado, un pecho generoso, delgada, pero no demasiado. Mirándole la cintura estaba seguro de que le podría dar un buen pellizco en la chicha. Las gafas la hacían parecer un poco más mayor. Bueno, realmente era más mayor, ahora debía tener unos veintiocho. Cuando la vi no pude evitar pensar que seguía conservando la frescura de siempre. Se despidió de las personas con las que estaba hablando y se giró para marcharse, y ahí nos encontramos de cara. Por un instante pensé que no me reconocería, más mayor, más delgado, más maltratado por la vida. Pero no fue así.<br />
—¡Eh! ¿Qué haces tu por aquí? ¿Te has perdido?<br />
Le contesté la primera tontería que se me ocurrió. Se rió como si le hubiera contado el mejor chiste del mundo. Si, definitivamente conservaba la misma frescura de siempre. Sólo unas ligeras arruguitas alrededor de los ojos evidenciaban que habían pasado varios años. Nos fuimos a tomar un café en la cantina. Casi había olvidado lo repugnante que era el café que servían allí. Charlamos alegremente. Reímos. Y cuando me dí cuenta, habíamos quedado para el día siguiente.</p>
<p>Al día siguiente quedamos por la noche. Era martes y la calle estaba prácticamente desierta. A pesar de que el día había sido cálido, con la caída de la noche la temperatura había bajado y no apetecía estar vagando por ahí. Acudí al encuentro confiado, pero un poco alterado por la experiencia del día anterior. Con todo lo que nos habíamos dicho cuando habíamos sido confesores años atrás, el encuentro del día anterior había sido como si fuéramos dos personas completamente diferentes. Supongo que muchas cosas habían cambiado en los últimos años. Cuando llegó la vi diferente, confirmándome la impresión que tenía del día anterior. Era como si algo hubiera cambiado. En mi. En ella. En los dos. Como si en lugar de estar viéndola a ella, estuviera viendo a una hipotética hermana gemela suya. Tan parecida, y a la vez tan diferente. Raquel venía cubierta por un anorak blanco, largo. Debajo de él una blusa roja con un escote cruzado y pantalones negros. Un cosquilleo me recorrió la barriga.</p>
<p>Entramos en la cervecería y nos sentamos en un rincón solitario. Nos tomamos una Kwak. Y luego otra. Luego llegó una Chimay Azul. Reímos un montón. Hablamos de mil cosas. Nos contamos mutuamente peripecias ocurridas en los últimos años, que obviamente desconocíamos. A cada minuto que pasaba me iba perdiendo más y más en sus grandes ojos verdes. Cuando nos dimos cuenta habían pasado 3 horas y el local estaba a punto de cerrar. Y nosotros estábamos sólos y demasiado animados.</p>
<p>Salimos a la calle arrimados uno al otro. Un viento muy suave enfriaba un poco el ambiente. Nos arrimamos un poco más. El alcohol nos hacía seguir riéndonos de las tonterías que habíamos dicho horas antes. Paseamos por la avenida en dirección a casa. Los frondosos árboles que cubrían la acera parecían querer darnos un poco de intimidad. Llegamos al cruce donde debíamos despedirnos y nos paramos debajo del último árbol de la acera. Era evidente que ninguno de los dos queríamos irnos a casa. Se giró y me miró, con los ojos brillantes.<br />
—¿Bueno, y ahora que hacemos?— Me dijo con su voz dulce, permanentemente bajita.<br />
Algo dentro de mi se encendió al ver esos ojos.<br />
—Se me ocurren unas cuantas cosas.— le dije, con un descaro totalmente impropio en mí.<br />
Me acerqué a ella, lentamente, rodeándola con mis brazos, en un intento de abrazo. Acerqué mi mejilla a la suya de forma que sintiera mi respiración cálida en su cuello. Se rió un poco, no se si porque le hacía cosquillas, porque le gustaba o por el alcohol. Quise suponer que un poco por todo. Su risa fue señal de que no se iba a apartar. Me sentí aliviado, lo más difícil ya había pasado. Acerqué mis labios a su cuello, rozándolo ligeramente con ellos mientras iba subiendo hacia su boca. Raquel no pudo esperar a que terminara, se giró y me besó. Una ola de calor me subía por el torso. Cogí la cremallera de su anorak y lo abrí. Mis manos entraron dentro de él hasta llegar a su cintura. La empujé con delicadeza hacia atrás para que se apoyara en el árbol que nos daba el anonimato, y me arrimé a ella para cerrar el hueco que dejaba abierto el anorak. Mis manos se fundieron con su cuerpo y las suyas con el mio. No podía aguantar más. Me acerqué y le susurré al oído:<br />
—Ven a mi casa.<br />
Hoy parecía que era otro el que hablaba por mí, el que me dictaba las palabras, como un Cyrano del siglo XXI. Raquel no me dijo nada. En ese momento supe que iba a pasar algo. La cogí de la mano y nos fuimos a mi casa, que estaba sólo a dos manzanas. Hicimos todo el camino agarrados de la cintura, intentando evitar el frío que nos daba en la cara y disimular el andar torpe del alcohol. Entramos en el portal y subimos al ascensor, que estaba esperándonos en la planta baja. Tal y como se cerraron las puertas, me encendí. La apoyé contra el espejo y empecé a besarla apasionadamente mientras mis manos recorrían todas las curvas de su cuerpo. Su respiración se empezó a acelerar. Abrí la puerta de casa haciendo el mismo ruido que un barco pirata desembarcando en la taberna del puerto. Cerré la puerta y el pestillo detrás de mí. El tiempo se detuvo. La cogí por la cintura, mirándola a los ojos. Me acerqué a ella, obligándola a apoyar la espalda contra la puerta que acababa de cerrar. Nos besamos durante un momento que pareció una eternidad. Poco a poco fui abriendo más y más el edredón que llevaba por chaqueta, mientras acompañaba el movimiento con suaves besos en el cuello. Destapé sus hombros de forma que el abrigo no le dejaba mover los brazos. Mis besos fueron subiendo en intensidad mientras mis dedos recorrían su piel desde su mejilla hasta el borde de su escote. Jugué con los bordes de su blusa acariciando el canalillo. La respiración de Raquel era cada vez más fuerte. Se deshizo del anorak como pudo y acercó sus caderas hacía mí, arqueando la espalda, atrayéndome con su mano derecha. Con su mano izquierda cogió mi mano, que seguía jugando con su escote, y la llevó hasta su pecho. Sus ojos brillaban de deseo. La cogí en brazos levantándola en el aire y, sin dejar de besarnos, la llevé hasta la habitación. La dejé sobre la cama y torpemente nos quitamos los zapatos. Nos quedamos los dos allí, de rodillas sobre la cama, uno enfrente del otro, mirándonos a los ojos, yo cogiéndola por las caderas y ella con una mano sobre mi pecho, con ganas de decir algo pero sin ocurrírsenos nada. Al final fue ella la que rompió el silencio.<br />
—No sabes cuanto tiempo llevaba esperando esto.<br />
Me fundí como un helado de chocolate dejado a pleno sol en el mes de agosto. Durante un instante no supe reaccionar. Me reí, lleno de una oleada de felicidad que me inundaba desde el interior. Ella vio en mis ojos el brillo del deseo, y se quitó la blusa sin siquiera pedírselo. El sujetador voló por la habitación, pero no cayó encima de ninguna lámpara de mesita, como en la tele. Inconvenientes de no tener una, supongo. Yo me quité la camisa por encima de la cabeza para no tener que desabrocharla. Empezamos a acariciarnos como si nunca hubiéramos tocado piel ajena. Comencé a mordisquearle los hombros. La empujé con mi cuerpo para obligarla a tumbarse. Poco a poco fui bajando por su piel en dirección a su pecho, centímetro a centímetro, tan despacio que parecía que quisiera hacerla sufrir. La acaricié con las yemas de los dedos mientras mi lengua rodeaba el contorno de sus pechos. Raquel me acariciaba la nuca queriendo traerme hacia mi. Jugué un rato más con sus pechos hasta el punto en que sus caderas no dejaban de moverse. Me desabroché el pantalón, que se me había quedado pequeño hacer rato, pero sin quitármelo. Mis besos fueron bajando hasta llegar a su ombligo mientras con las manos acariciaba sus caderas y sus muslos. Subí mis manos por el interior de sus muslos y comencé a desabrochar los botones que me separaban del paraíso. Raquel levantó las caderas facilitándome el trabajo. Sus pantalones se deslizaron suavemente dejando aparecer a esos muslos tiernos, carnosos. Me eché sobre ellos acariciándolos, besándolos, rozándolos con todo mi cuerpo. Mis manos subían y bajaban desde las rodillas hasta el pecho. Poco a poco me fui abriendo paso a besos hasta el tesoro&#8230;</p>
<p>Dos días después me desperté y, como todos los días, preparé mi rutina habitual antes de ir a trabajar. Café, el correo y las noticias. La noche turbulenta, llena de pesadillas, me había dejado como regalo un intenso dolor de cabeza que ni el café, ni una ducha, ni un analgésico, iban a poder mitigar. Las últimas palabras de Raquel todavía resonaban en mi mente como una pegadiza canción del verano que no puedes dejar de tararear:<br />
—Cuando aprendas a comer un coño, me llamas.<br />
Mientras abría las diversas pestañas del navegador, busqué la noticia en la sección de sucesos del diario local. <strong>&#8220;Joven aparece sin vida en el Parque Sur.&#8221;</strong> <em>&#8220;El cuerpo sin vida de Raquel G. S., de 28 años y nacionalidad española, fue encontrado ayer tarde en el parque por&#8230;&#8221;</em></p>
<p>Tomé un trago saboreando el intenso sabor del café importado de Etiopía.</p>
<p>Y sonreí.</p>
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		<title>Siete años de soledad</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Nov 2008 00:13:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#8220;Caigo hundido, sin fuerzas. Los cantos afilados de las piedras me cortan las manos y me marcan las rodillas. Sigo recibiendo golpes, uno tras otro. Cada vez que el dolor del anterior empieza a remitir, recibo otro golpe más fuerte &#8230; <a href="http://hablandoconeva.com/2008/11/siete-anos-de-soledad/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#8220;Caigo hundido, sin fuerzas. Los cantos afilados de las piedras me cortan las manos y me marcan las rodillas. Sigo recibiendo golpes, uno tras otro. Cada vez que el dolor del anterior empieza a remitir, recibo otro golpe más fuerte que el anterior. Cuando el dolor es tan intenso que ya no puedo soportarlo, cuando pienso que todo ha terminado, recibo otra patada más. Los brazos son incapaces de sostenerme. Caigo al suelo. Todo a mi alrededor se desvanece mientras pierdo el conocimiento y el último sonido que recuerdo son unas risas lejanas.&#8221;</p>
<p><em>Extraído del libro &#8220;Siete años de soledad&#8221;. José Luis, 2008.</em></p>
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		<title>Agosto</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Aug 2008 21:02:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tarde de domingo. Agosto. Paella y Coca-Cola para comer. Salgo a la terraza del apartamento. El sol ilumina la playa con una intensidad casi cegante. Algunas personas dormitan debajo de sus sombrillas. El estómago me pesa. Los párpados también. La &#8230; <a href="http://hablandoconeva.com/2008/08/agosto/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tarde de domingo. Agosto. Paella y Coca-Cola para comer. Salgo a la terraza del apartamento. El sol ilumina la playa con una intensidad casi cegante. Algunas personas dormitan debajo de sus sombrillas. El estómago me pesa. Los párpados también. La brisa del mar me rodea y me refresca. Me relajo. Apenas se oyen ruidos, voces unas terrazas más allá, un coche que gira a lo lejos. Miro el mar azul, intenso. Una sensación plácida me invade. Es la tarde perfecta. El momento perfecto. Pero&#8230;</p>
<p>Algo me falta a mi lado.</p>
<p>Me faltas tú.</p>
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		<title>Fruta prohibida</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Jul 2008 23:59:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Me desperté con las sabanas pegadas al cuerpo. Por más que hubiera dormido desnudo, la compañía de Susana en la cama y el calor sofocante del mes de Julio habían hecho imposible mantener los ojos cerrados durante más de una &#8230; <a href="http://hablandoconeva.com/2008/07/fruta-prohibida/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me desperté con las sabanas pegadas al cuerpo. Por más que hubiera dormido desnudo, la compañía de Susana en la cama y el calor sofocante del mes de Julio habían hecho imposible mantener los ojos cerrados durante más de una hora seguida. La noche anterior nos habíamos quedado en casa viendo unas películas, un plan ideal para un sábado noche si no fuera porque ese plan también incluía a mi novia. Después de una velada apasionante, nos acostamos a eso de las 3 y tardé un buen rato en dormirme. A eso de las 5 llegó su hermana y me desperté con el ruido de la puerta. Desde entonces estuve abriendo y cerrando los ojos, dándole vueltas a mi situación.</p>
<p>Hacía tres meses que la cosa con Susana iba de mal en peor. La verdad es que en los ocho meses que llevamos juntos no nos hemos llegado a llevar bien, pero desde Mayo todo se había complicado bastante. A mi habitual apatía hacía las normas y convenciones sociales de la pareja se sumaba que Susana estaba en estado de quasi-histeria por culpa de las oposiciones. Ciertos días estaba realmente intratable y yo, harto de tanto nerviosismo, terminaba por no hacerle caso, lo que le hacía ponerse más nerviosa todavía. Ahora ella estaba ya de vacaciones, esperando los resultados, pero nuestra relación no había mejorado lo más mínimo. Sinceramente, no creía que pudiera aguantar 15 días más con ella.<br />
<span id="more-43"></span><br />
A eso de las 11 me desperté finalmente, completamente pegado a las sabanas, y decidí irme directamente a la ducha. El agua fría me calmó un poco el dolor de cabeza que tenía por culpa del calor. Me puse algo encima y me senté en el sofá con los pies encima de la mesa. Mientras me comía un bol de una cosa marrón que parecía ser sucedáneo de muesli, puesto que no había cereales normales en aquel apartamento, encendí la tele. Después de zapear un rato me quedé meditando que programa debía ser más aburrido, si la repetición de una cosa llamada &#8220;Tu si que vales&#8221; donde la gente salía a humillarse en público, o la ración semanal de &#8220;Pueblo de Dios&#8221;.</p>
<p>A las doce y pico, inmerso yo en mi dilema para elegir un canal de televisión y poderle prender fuego al mando, apareció Marta, la hermana de mi novia. Hasta entonces sólo la había visto 3 ó 4 veces, creo recordar que una vez vino al cine con nosotros. Marta entró en el salón con cara de sueño y los ojos casi cerrados. Llevaba puesta una camiseta blanca de tirantes que apenas tapaba lo que tenía que tapar. Sin mirarme, murmuró algo parecido a &#8220;Buenos días&#8221; y se dirigió al aseo.</p>
<p>La verdad es que nunca me había fijado en Marta hasta aquel momento. Físicamente era bastante diferente a Susana, y si no fuera por algunos rasgos faciales, nadie diría que eran hermanas. Susana era bastante alta y delgada. Estaba orgullosa de su figura esbelta y seca. A mi, en cambio, me estaba empezando a dar un poco de grima. Tenia un pecho de tamaño normal, puntiagudo, el culo muy pequeño y unas caderas muy estrechas. Tenia el pelo moreno y corto. Cuando la miraba, me agradaba pensar que no se había empezado a estropear a pesar de estar a punto de hacer los 28. Era relativamente guapa y los años no habían empezado a hacer mella en su cara todavía.</p>
<p>Marta era completamente diferente a su hermana. Era bastante más bajita y un poco más rellenita. No estaba gorda, ni mucho menos, pero comparada con su hermana tenía mucha más chicha. Tenia unas caderas anchas y generosas, lo que le había tener un buen culete. Los muslos morenos y jugosos asomaban por debajo de la camiseta que apenas acertaba a cubrirle las cachas del culo. Sus pechos eran más grandes que los de su hermana, y a gracias a la camiseta se apreciaban redondos y firmes, como no podía ser de otra manera en una persona de 19 años. Tenia el pelo rubio al que le empezaba a asomar el castaño natural por las raíces. Tenia la cara más redonda que Susana, quizá porque no estaba tan delgada. En cualquier caso, era bastante guapa.</p>
<p>Noté una vibración a la altura de los gallumbos, pero me había dejado el móvil en la habitación así que no le dí más importancia. Hice una última ráfaga de zapping para confirmar que muy a mi pesar ya no echaban Bricomanía —imperdonable— y me dirigí a la habitación para despertar a Susana, que seguía durmiendo.</p>
<p>Después de preparar un arroz con verduras, comimos los tres en el apartamento. Sus padres se habían ido a Madrid el viernes a una reunión de negocios —desventajas de tener tu propia empresa, supongo— y habían aprovechado para pasar el fin de semana allí, así que estábamos los tres solos en casa. Susana estaba sentada a mi izquierda, en el mismo lado de la mesa, ambos de cara a la tele. Marta estaba a mi derecha, sentada hacia nosotros pero con la cabeza girada mirando la tele. Quizá porque Susana no me dirigió la palabra en toda la comida, o quizá no, empecé a sentirme incomodo sentado en la mesa. Me encontré mirando a Marta cada vez más, ya que buena parte de su pecho se veía entre el hueco que por el lado dejaba la camiseta de tirantes. Si la hubiera llevado mi novia no le habría pasado eso pero, con el tamaño del pecho de Marta, la camiseta no podía más que enseñar carne a diestro y siniestro. Para rematarlo, cuando había acabado su plato, terminó de girar la silla hacia la tele, sacando las piernas de debajo de la mesa y cruzándolas. Y ahí apareció ante mi ese muslo, morenito, redondo, tierno, que parecía interminable, a pesar de ser ella paticorta como casi todas las mujeres de la región. Y yo no podía dejar de mirarlo.</p>
<p>Me giré y miré a Susana que seguía con cara de palo mirando la tele y sin dirigirme palabra. Le eché una mirada de arriba a abajo haciendo una inconsciente comparación con lo que acababa de ver y decidí recoger los platos e irme a fregar. Al levantarme de la silla me acerqué de forma accidental a Marta, que estaba recostada en su silla, y la fragancia de su cabello me acarició la nariz. Usaba sin duda el mismo champú que Susana pero, por algún inexplicable motivo, al olérselo a ella un escalofrío recorrió mi cuerpo de la cabeza a los pies. Cuando se lo olía a Susana, ni fu ni fa. Algo no estaba yendo bien.</p>
<p>Después de la sobremesa de rigor con el cafetito y los odiosos telefilmes de la tarde, Marta se marchó a arreglarse porque había quedado con unas amigas. Media hora después volvió con el cabello húmedo, unas sandalias casi invisibles y un precioso vestido amarillo. Tenía mucho vuelo, un escote en V y dos finos tirantes que lo sujetaban en su sitio. El vestido, bastante ceñido, le presionaba el pecho que, sin ningún sostén que lo dirigiera, se acumulaba en el centro marcando un suculento canalillo. Susana estaba tumbada de lado en el sofá con la cabeza apoyada en mi abdomen. Marta se acercó para hablar con su hermana y se interpuso entre la tele y nosotros. Y ahí estaban otra vez, esas caderas perfectas. Intenté hacer como que miraba al infinito mientras recorría con la vista la silueta de su culo centímetro a centímetro. Gracias a dios el peso de Susana sobre mi impidió que se me despertara el <em>instinto</em>. Después de intercambiar unas cuantas frases con su hermana, Marta se marchó, abandonándonos en nuestro monótono silencio anterior.</p>
<p>Hora y media más tarde, el infierno se había abierto en aquella casa. Parecía que Susana estaba esperando a que se marchara Marta para levantar la liebre. Primero sugirió ir a cenar fuera esa noche. A mi no me apetecía gastarme más dinero, le expliqué que la semana siguiente me venía el seguro del coche. A partir de ahí, lo de siempre:<br />
—&ldquo;Nunca hacemos nada de lo que me gusta.&rdquo;<br />
—&ldquo;Pero si siempre tenemos que hacer lo que tu dices.&rdquo;</p>
<p>La conversación fue subiendo de tono. Llegado un punto a Susana se le cruzaron los cables y me insultó. —&#8221;Ya tengo suficiente&#8221;— pensé. Y me marché a la habitación a recoger mis cosas. Susana, lejos de arrepentirse, se vino arriba. Subió de tono los insultos y yo terminé también gritando. Cogí mis cosas lo más rápido que pude y me fui de allí como alma que lleva el diablo. Salí a la callé y cerré el portal detrás de mi. Me apoyé un momento en la pared para tomar aire y tranquilizarme. Hacía mucho tiempo que alguien no me hacía perder la calma de esa manera. Me esperé un minuto pero seguía estando inquieto. Me toqué los bolsillos. Algo no estaba bien. Abrí la mochila: móvil, cartera&#8230; mierda. Con las prisas me había dejado las llaves en su habitación.</p>
<p>Me quedé delante del portal maldiciéndome a mi, a ella y al universo entero. Ahora tendría que subir a pedirle las llaves. No se me ocurría nada más humillante en ese momento. Estuve un rato con cara de imbécil haciendo ochos delante de la puerta. En el momento que estaba casi decidido a llamar al timbre, Marta y una amiga giraron la esquina. Su amiga cruzó para marcharse por la calle transversal mientras Marta le hacía un gesto con la mano. Me esperé hasta que llegó al portal. A ver como cojones se lo explicaba.</p>
<p>—¿Ey, que haces? ¿Te vas ya?<br />
—Si, es que&#8230; bueno, es que hemos discutido un poco.<br />
—No me extraña, con la mala leche que tiene Susana. ¿Y que haces aquí esperando?<br />
—Ehmm&#8230; resulta que he salido a la calle y me he dado cuenta de que me he dejado las llaves arriba.<br />
—Ah, ¿y estás esperando a que las baje?<br />
—No, es que me he dado cuenta ahora y&#8230; bueno, que me daba un poco de palo decírselo.<br />
—Ah, espera, yo te las bajo. ¿Donde están?<br />
—Deben estar en el cajón de la mesita de tu hermana. Tenía ahí la cartera también pero las llaves deben haberse quedado debajo.<br />
Sin tiempo a decirle nada más, salió corriendo escaleras arriba. Me quedé abajo esperando. Me sentía humillado por haberme olvidado las llaves y me sentía humillado por haber enviado a su hermana a por ellas. Susana iba a descojonarse de mi por ser tan valiente.</p>
<p>Dos minutos después bajó Marta un poco seria.<br />
—No se que pasa, no las he encontrado.<br />
—Me cago en la mar, igual las ha encontrado tu hermana y las tiene ella.<br />
—¡Que nooooo! —Sacó el manojo de llaves mientras sonreía de oreja a oreja— ¡Que era broma!<br />
Respiré aliviado por un momento.<br />
—¿Y tu hermana? ¿Qué ha dicho?<br />
—Nada, no se ha enterado, estaba mirando la tele y hablando por el móvil.<br />
—Seguro que le estaba contando lo que ha pasado a su amiga Cris. La mala puta siempre se entera ella de nuestros problemas antes que yo.<br />
Me callé de golpe creyendo que había metido la pata. No sabía que pensaba Marta de Cris.<br />
—¡Ja, ja, ja! Esa tía es una petarda, me cae como el culo.<br />
Verla reírse me alegró un poco, pero no me podía quitar la cara de palo de encima. Ella se dio cuenta.<br />
—Pero a ver, ¿que ha pasado?<br />
—Bueh, es un poco complicado.<br />
—Pues me invitas a un helado y me lo cuentas.<br />
—Mejor te invito a un helado y punto, no me apetece amargarte con chorradas.<br />
—Hecho. —Y me extendió la mano poniendo cara seria.— Pero pagas tu.<br />
Joder con Marta. No es poco lista ni nada.</p>
<p>Cogimos el coche y nos fuimos al centro del pueblo. Había muchas heladerías cerca del apartamento de Susana pero no me apetecía que a ella se le ocurriera bajar a dar una vuelta por el paseo marítimo y nos viera. Yo me decanté por el clásico &#8220;vainilla con nueces de macadamia caramelizadas&#8221; y Marta eligió uno de nombre inpronunciable. Parece que era una de las novedades de este verano. Paseamos un poco por las calles del centro, charlando alegremente, y no hablamos de Susana en todo el rato. Yo no podía dejar de mirarla a los ojos, y cada vez que lo hacía, algo rugía en mi interior. Se giró a mirar un escaparate, dándome la espalda. Yo me paré detrás de ella y no pude evitar darle un repaso de arriba a abajo. Tenia unos hombros preciosos, morenos y bien torneados. Estaba excelentemente proporcionada, no como su hermana que parecía un palo de escoba. Detrás de su fina cintura, esas caderas que estaban empezando a volverme loco, y esos muslos redondos, suaves. Contuve las ganas de cogerla por la cintura. Levanté la mirada y allí estaba ella, mirándome a través del reflejo en el cristal del escaparate. Me había visto observándola de arriba a abajo, aunque yo de eso no me dí cuenta hasta más tarde.</p>
<p>La conversación se volvío cada vez más ligera y terminamos diciendo tonterías y riendo a carcajadas. Caminamos un rato más y nos fuimos al coche, que estaba aparcado en un descampado que hacía las veces de parking hasta que la especulación inmobiliaria lo convirtiera en módicos adosados a 500.000 euros cada uno. Me senté en el asiento sin muchas ganas de irme: la compañía de Marta me estaba resultando muy agradable. Ella tampoco parecía querer irse. El sol se acababa de poner por detrás de las montañas y el cielo se iba oscureciendo dejando reflejos anaranjados en las pequeñas nubes que vagaban por el cielo. Me giré hacia ella mientras seguíamos diciendo chorradas, no tenía ninguna intención de arrancar. De broma, se metió conmigo. Me hice el ofendido y le pinché con el dedo en el costado. Pegó un salto sobre el asiento.<br />
—¡Ajá! ¡Así que tienes cosquillas!<br />
—¡Sí, muchas!— dijo tapándose los costados con los brazos instintivamente.<br />
Le pinché tres o cuatro veces más con el dedo. Ella soltó un agudo gritito, retorciéndose en el asiento intentando esquivar mis manos. No lo consiguió. La asalté haciéndole cosquillas con todos los dedos. Empezó a reírse a carcajadas y finalmente, contraatacó echándose encima de mi para hacerme cosquillas. Como yo tampoco ando corto de cosquillas, terminamos los dos partiéndonos de risa. Ella encima de mi, su pelo cayendo sobre mi cara, su aroma era embriagador. Hundí mi cara en su pelo y algo comenzó a despertarse dentro de mi pantalón. No sabía lo que estaba pasando. Mis brazos se movieron solos de su cintura hasta su espalda. Ella subió sus manos para apoyarse sobre mi pecho. Me acerqué a su mejilla y la rocé con mis labios. Estaba perdiendo el control. Con mis labios apenas rozando sus mejillas redondas y sonrosadas me acerqué lentamente a su boca. Ella ladeó la cabeza para ponérmelo más fácil. Su respiración, que se aceleraba por momentos, caía cálida sobre mi cara. Vi sus ojos mirando fijamente los míos y enloquecí. La besé como si se fuera a escapar. Una ola de calor me recorrió de pies a cabeza. Había perdido el control por completo.</p>
<p>La besé hasta que pensé que nos íbamos a quedar sin saliva. Mis manos recorrieron toda su espalda y, mientras la mano izquierda la sujetaba por la nuca, la derecha bajó de la cintura hasta su culo. Sentí un arrebato de fe divina mientras agradecía a Dios por haber permitido al hombre inventar el tanga. Me preguntó si podía reclinar el asiento. Lo hice e intenté recobrar la compostura. Ella se sentó sobre mi, evidentemente no era la primera vez que se encontraba en esta situación. Yo no podía tener nada más duro de lo que ya lo tenía. Siguió besándome mientras yo hice caer los tirantes de su vestido. Mi boca comenzó a rodear su cuello y a bajar despacio hasta sus pechos. Allí estaban, las tetas más prietas que había visto en mi vida. Continué besándola por todo el torso sin querer llegar a los pezones, por miedo a que ella se arrepintiera y se echara atrás. Se reclinó hacia atrás, dejándose hacer, apoyándose sobre volante. Tocó el cláxon sin querer y nos echamos a reir. No pude más que recordar a Los Inhumanos —&#8230;ese no es el pito que debes tocar&#8230;—. En ningún momento llegó a apartar la mirada de mis ojos. Yo no podía más, mi instinto animal me exigía perpetuar la especie. Deslicé la mano por debajo de los pliegues de su vestido para acariciarle el sexo. Entonces si, echó la cabeza hacia atrás mientras cerraba los ojos. La piel de su cuello era fina y suave, me lancé sobre él y empecé a recorrerlo con la boca dejando que mi aliento cálido lo cubriera por completo. Con sus manos me cogía la cabeza y me empujaba hacía ella. Me aleje un poco y la miré. Marta estaba totalmente entregada. Estaba convencido de que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que le propusiera.</p>
<p>Ese pensamiento me hizo empezar a sentirme mal. No porque me arrepintiera de estar haciendo aquello, sino por una cuestión ética. No quería sentirme mañana culpable pensando que cuando aún no había dejado oficialmente a Susana estaba tirándome a su hermana. Mierda de conciencia. Marta seguía retorciéndose entre mis caricias, ajena a mis pensamientos. Su tanga no podía ocultar lo mojada que estaba. Me apartó la mano de sus genitales, se echó sobre mí mientras me abrazaba por la cintura y empezó a mover sus caderas adelante y atrás rítmicamente, rozando lo que su tanga era incapaz de ocultar por mi entrepierna. La cogí entre las caderas y las cachas del culo para poder empujarla hacia mí. Sus pechos se movían a juego con sus caderas, temblando como un postre de gelatina. Comenzó a chuparme en la parte del cuello justo debajo de las orejas. Eso hizo que se me nublara la mente por completo y estuve a punto de arrancarle el tanga y hacérselo allí mismo. Tras unos segundos de indecisión en que casi me abandoné y lo dí todo por perdido, dejé de acariciarla. Marta poco a poco se fue relajando y se recostó sobre mi. Con todo el dolor de mi pantalón le dije: &#8220;son las 11 y media, será cuestión de que nos vayamos&#8221;. Marta me dio la razón, se recompuso el vestido ocultando sus maravillosos pechos y se sentó en el asiento de acompañante. Mis boxers debían estar ya para tirarlos a la lavadora. Teníamos la ropa pegada, estábamos completamente sudados de arriba a abajo. Mierda de coche, no tenía aire acondicionado.</p>
<p>Llevé a Marta a su apartamento y la dejé en la esquina, no quise pasar por delante no fuera que Susana estuviera asomada a la terraza. Marta salió del coche no sin antes soltarme un beso apasionado en los morros. Esperé hasta que la vi desaparecer por el portal y salí de allí quemando rueda. Llegué a casa y terminé el trabajo que Marta había empezado. Me acosté en la cama, mirando el techo con la mirada perdida. Estaba más confuso que nunca. La noche era bochornosa, pero conseguí dormir del tirón.</p>
<p>Al día siguiente llamé a Susana y le dije que lo dejábamos, que la bronca del día anterior era inaceptable. No puso mucha objeción, posiblemente porque tenía a Pablo, su compi de oposición, en la recámara. Llevaba detrás de ella desde hacía meses. La verdad es que tampoco me importó. No volví a ver a Susana en la vida. A Marta en cambio&#8230;</p>
<p>Bueno, lo de Marta mejor lo cuento otro día&#8230;</p>
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		<title>Microrelato 1</title>
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		<pubDate>Sun, 25 May 2008 11:15:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis</dc:creator>
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