Atemporalidad

No sé qué día es. Ni del mes, ni de la semana. No sé cuanto tiempo llevo aquí. No sé cuanto tiempo me queda. No sé lo que hice ayer. Y no sé lo que haré mañana. Por los cutres altavoces del escritorio suena el ‘A Kind of Blue’ de Miles Davis tan acartonado como siempre. El cielo encapotado, el viento meciendo las ramas de los árboles, la lluvia que cae de costado ensuciando el cristal de la ventana no hacen más que acrecentar esa sensación de atemporalidad. Las estaciones se suceden una tras otra a toda velocidad. No hay un hito, un mal punto de referencia al que agarrarse.

En ciertos aspectos parece que haya pasado una eternidad desde entonces. Pero sigue doliendo como si hubiera sido ayer mismo. El dolor. The rage. La haine. Esa mezcla de olor inconfundible que me acompaña desde que dejó de pasar nada entre nosotros. Y me gusta. Lo bebo. Me baño en él. Lo acaricio. Lo disfruto. Y lo mejor de todo, me impulsa hacia delante: es mi combustible. Mi energía. Mi enfermedad. El motivo de ser quien soy y de estar donde estoy.

Resulta divertido pensar que después de todo tenías razón. Y lo mejor de todo es que al haberme dado cuenta de eso he comprendido lo equivocada que estabas realmente.

Llaman. Creo que debe ser tu sustituta.

Por favor, cierra la puerta al salir.

Como gato buscando el calor del sol

Antes de ir a trabajar he bajado a comprar algo para comer al Mercadona. Es un día fresco, aunque tampoco hace excesivo frío, lo habitual en estas fechas. La gente camina tapada hasta las orejas con bufandas y pañuelos, pero creo que exageran. Yo voy con un jersey y la americana y no tengo frío. Al salir del súper giro la esquina y la luz del sol me golpea en la cara. El sol está muy bajo y la luz me molesta en los ojos. Pero no me importa. El calor del sol me acaricia. Me mece. Me arropa. Me gusta el calor.

De camino a casa paso por el lado de un parque. La luz del sol se cuela entre los árboles formando una silueta sobre un trozo de hierba de unos cuatro metros cuadrados. En él, una docena de palomas están sentadas, quietas, adormiladas, recibiendo el calor del sol. Les gusta el calor.

Llego a casa y veo a Iris subida en la repisa de la ventana. Le gusta subirse ahí porque esa ventana da al sur y pega el sol durante todo el día. El sol le hace entrecerrar los ojos. Me acerco y la acaricio. Su piel es suave y cálida. A Iris le gusta el calor.

Mi gata Iris, mirando por la ventana Continue reading

Siete años de soledad

“Caigo hundido, sin fuerzas. Los cantos afilados de las piedras me cortan las manos y me marcan las rodillas. Sigo recibiendo golpes, uno tras otro. Cada vez que el dolor del anterior empieza a remitir, recibo otro golpe más fuerte que el anterior. Cuando el dolor es tan intenso que ya no puedo soportarlo, cuando pienso que todo ha terminado, recibo otra patada más. Los brazos son incapaces de sostenerme. Caigo al suelo. Todo a mi alrededor se desvanece mientras pierdo el conocimiento y el último sonido que recuerdo son unas risas lejanas.”

Extraído del libro “Siete años de soledad”. José Luis, 2008.